Qué bonito, pero qué triste. Así advertimos los acontecimientos recientes en los que México, si bien ha triunfado, su diversión ha excedido de tal modo que hoy varias familias están velando a sus difuntos porque fallecieron como consecuencia del propio festejo que llegó a su límite. Los hechos recientes nos han mostrado qué hermoso y qué difícil puede ser el futbol. México volvió a gritar con el alma, la selección mexicana encendió la ilusión y el país entero se pintó de verde, blanco y rojo. Pero entre la fiesta, los abrazos y los gritos de gol, también apareció una noticia que nos dejó helados: en la Ciudad de México cuatro aficionados mexicanos murieron y más de mil 500 resultaron lesionados en medio de los festejos, recordándonos que la pasión, cuando se desborda, puede convertirse en tragedia.

Al tiempo de la felicidad que nos ha generado la justa mundialista en la que jóvenes y maravillosos deportistas nos han ofrecido los goles tan esperados por millones de mexicanos y que, al ser concedidos, en segundos recorrieron como información divina, todo el territorio nacional, al unísono ¡los gritos no dejaban de escucharse!, y lo confirmamos a veces en nuestro domicilio o nuestros lugares de trabajo.

La actuación de la selección mexicana en la Copa del Mundo ha generado un importante fenómeno social y nuevas formas de celebración colectiva. El triunfo ha provocado una sensación temporal de optimismo y alivio, aminorando momentáneamente la tensión social, y fortaleciendo los sentimientos de pertenencia.

Estas semanas lo hemos constatado: La alegría mexicana no se explica: se canta, se brinca, y también se llora. Así somos los mexicanos. Cada triunfo del Tri mueve plazas, avenidas, casas y corazones. Sin embargo, esta vez el festejo llegó acompañado de un silencio doloroso. Mientras millones celebraban la victoria, varias familias mexicanas enfrentaban la ausencia irreparable de quienes salieron a festejar y ya no volvieron.

Así es el contraste brutal de estos días: por un lado, los goles que hicieron temblar al país, los jóvenes futbolistas que nos regalaron una noche de orgullo y la emoción que corrió como rayo por cada rincón de México; y por el otro, la tristeza de saber que la fiesta dejó luto. El mismo grito que nos unió frente a la pantalla se mezcló, horas después, con la pena de cuatro hogares golpeados por la pérdida.

Esta fiesta futbolera ha unido a los mexicanos como nunca, sin importar ideologías y colores partidistas. Hacemos patria con gran fervor ante las victorias deportivas. No obstante, este entusiasmo también puede desbordarse. En el corazón de la capital, emblemáticos lugares como el Ángel de la Independencia y el Paseo de la Reforma se han transformado en escenarios de fiestas sin control.

Las autoridades deben evaluar lo ocurrido y ajustar las estrategias y protocolos de seguridad que sean necesarios, es urgente hacerlo. Sin embargo, hoy el llamado es también para nosotros, los ciudadanos: cuidar la vida propia y la de los demás, y entender que la verdadera celebración nunca debe poner en riesgo a nadie. No quedemos en deuda en ello.

Celebrar al equipo nacional es parte de nuestra identidad, pero también debe ser una invitación a VIVIR LA PASIÓN CON RESPONSABILIDAD. ¡Qué el goooool se grite fuerte, sí!; ¡Qué la victoria se disfrute con el corazón en la mano, también! Pero que nunca más una fiesta termine en velorio. Porque ningún triunfo, por grande que sea, vale más que la vida de un aficionado. Nuestro país hoy enfrenta una prueba más. El resultado está en tus manos.

Ex Comisionado Nacional de Seguridad y ex Comisionado Nacional Contra las Adicciones