Nadie sensato le pediría que niegue su trayectoria, ni que se desdiga de sus principios, ni que rompa sus ligas de afecto con su mentor. Lo que se le pide es que tome las riendas de su gobierno y resuelva los problemas que están desafiando al país. Se le pide que ponga su tarea de Estado por encima de los intereses de su partido, porque lo que estamos viendo es el principio de una campaña que se desplegará “casa por casa” para afianzar la posición de Morena denostando a sus críticos y al gobierno de Trump, como si fueran lo mismo.
La carta publicada por el presidente López Obrador fue el primer acto de esa campaña anticipada, que vino a marcar el tono rijoso de su contenido con un nutrido (e ingenioso) listado de insultos para “las rémoras” que rodean (eso dice) al presidente Trump “trátese de quien se trate, sean paleros, manipuladores, caciquillos, vividores, ladrones, polizontes, tinterillos, especuladores, filibusteros, potentados, trepadores o malvados”. Admito, sin regateos, que AMLO es un gran comunicador y un magnífico estratega electoral. Pero los problemas del país son otros y la responsabilidad de afrontarlos recae en la presidenta Sheinbaum.
Después de la arenga del domingo y de la carta de AMLO se la veía tan contenta en la conferencia mañanera –incluso eufórica–, que daría la impresión de que está sinceramente feliz por estar volviendo a los tiempos de los mítines, las asambleas y las movilizaciones estudiantiles convocadas en los ochenta contra el régimen opresor. Dado que, hoy, ella misma representa al régimen, la animadversión del presidente Trump le ha venido como anillo al dedo: he ahí al poderoso de ultraderecha (que no es él, pero sí es él) contra quien hay que levantar barricadas, repartir volantes, pegar carteles, tocar a las puertas y organizar mítines. Movilización popular contra ellos y contra cualquiera de la lista escrita por AMLO que se cruce por su camino.
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Me cuesta creer que, frente a esta escalada, el gobierno de Estados Unidos opte por actuar con prudencia para conjurar un nuevo conflicto internacional con su frágil vecino del sur que, a pesar de todo, es su socio más importante y el país con mayor número de migrantes en su territorio. Los gringos (perdonen el vulgarismo) siempre han sido pragmáticos, y dudo que cedan un ápice en nombre del “respeto al derecho ajeno”. Me pregunto, incluso, si lo que se está negociando no es la renovación del tratado de libre comercio sino el control compartido o único de los vínculos con el crimen organizado. No tengo idea. Pero sí sabemos que, a lo largo de la historia, los Estados Unidos siempre han elegido la guerra antes que la renuncia a sus intereses.
Empero, la cuestión más relevante es si el gobierno mexicano tiene algo más que su inflamada retórica para derrotar la ofensiva del norte. ¿Acaso preferirá Claudia Sheinbaum ceder a todas las peticiones que hagan sus contrapartes estadunidenses en materia comercial, energética y financiera a cambio de frenar las acusaciones de su departamento de Justicia? ¿Es eso lo que se está jugando? ¿Entregarles lo que exijan en materia comercial para que dejen en paz a los amigos y aliados de Morena? Y si fuera así, ¿cuál sería el límite, a sabiendas de que la economía mexicana depende casi por completo de la relación con Estados Unidos?
Max Weber –el gran sociólogo alemán– distinguía entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Esta última es la que se espera de un gobernante: la que se hace cargo de las consecuencias de sus decisiones en la vida de los demás. Nadie espera que abandone sus convicciones más íntimas, pero sí que anteponga la responsabilidad para tomar decisiones de Estado. Claudia Sheinbaum decidió algo distinto: primero su causa y después el país.

