Cada vez que concluyen unos Juegos Centroamericanos y del Caribe, la conversación suele concentrarse en el número de preseas obtenidas, y es natural. El medallero siempre será el parámetro más visible para evaluar una actuación. Sin embargo, en esta ocasión, vale la pena mirar un poco más allá de los números, porque el verdadero resultado de México podría estar en otro lado.

Lo ocurrido en Santo Domingo deja la impresión de que el deporte mexicano empieza a construir bases más sólidas de cara al futuro. Nadie puede asegurar —desde ahora— que esto se traducirá en una actuación histórica en los Juegos Olímpicos Los Ángeles 2028, pero sí existen elementos para pensar que el camino elegido es el correcto.

Los ciclos olímpicos no se ganan en unos cuantos meses, se construyen durante años, con planificación, continuidad, trabajo científico, competencias internacionales y estabilidad para que los atletas puedan concentrarse en entrenar. Cuando esos factores coinciden, los resultados terminan apareciendo de manera natural.

Un ejemplo muy claro lo encontramos en la natación. Durante demasiado tiempo, las noticias estuvieron relacionadas con conflictos administrativos, incertidumbre y problemas que poco tenían que ver con el rendimiento dentro de la alberca. Hoy, la conversación es distinta. México volvió a competir con autoridad, consiguió marcas relevantes y confirmó la aparición de una generación con enorme potencial. No significa que todo esté resuelto, pero sí demuestra que, cuando el deportista encuentra mejores condiciones para trabajar, el talento termina saliendo a flote.

Lo mismo puede decirse de otras disciplinas que aportaron medallas importantes para la delegación nacional. Más allá de celebrar cada podio, lo verdaderamente alentador es observar que existe una mayor sensación de orden y trabajo conjunto entre atletas, entrenadores, equipos multidisciplinarios e instituciones. Ese ambiente no garantiza victorias, pero sí ofrece una plataforma mucho más favorable para competir al máximo nivel.

Ahora viene la parte más complicada, porque los Juegos Centroamericanos representan apenas el primer escalón en el ciclo olímpico. Los Campeonatos Mundiales, los Juegos Panamericanos y los procesos de clasificación, exigirán un nivel mucho más alto. Ahí se sabrá realmente qué tan firme es este proyecto.

Ojalá que el deporte mexicano haya entendido una lección que durante décadas costó demasiado aprender: Las medallas son consecuencia del trabajo, no el punto de partida. Si se mantiene la continuidad, se fortalece el apoyo a los atletas y se evita caer nuevamente en los conflictos que tanto daño hicieron a varias disciplinas, México llegará a Los Ángeles con argumentos para ilusionarse.

El mayor triunfo en Santo Domingo no está en el medallero.

Está en la posibilidad de haber comenzado, por fin, a construir un futuro olímpico con cimientos mucho más sólidos.

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