El fin de semana pasado, Barcelona fue sede de la “IV Cumbre en Defensa de la Democracia”, un encuentro de líderes progresistas —Sánchez, Lula, Petro, Orsi, Boric, Sheinbaum— que prometía ser una respuesta al clima político global. El resultado fue un diagnóstico correcto y una respuesta timorata. En eso, la cumbre fue un espejo fiel del momento que atraviesa la izquierda.
Pablo Stefanoni lo advirtió hace años en ¿La rebeldía se volvió de derechas?: la derecha radical ha logrado apropiarse del lenguaje de la transgresión, la antipolítica y el hartazgo popular, mientras la izquierda quedó atrapada en el papel de administradora del orden existente. En Barcelona se confirmó esa trampa. Los oradores enlistaron con precisión los problemas del mundo —desigualdad, negacionismo climático, erosión democrática, manipulación digital— pero ofrecieron como respuesta la misma cosa de siempre: más cumbres, más diálogo, más declaraciones de intención.
El contraste con la derecha es devastador, no porque la derecha tenga mejores ideas, sino porque ha entendido algo que la izquierda ignora: en tiempos de crisis institucional, la percepción de acción vale más que la corrección del diagnóstico. Trump, Milei o Bolsonaro no gobiernan mejor; gobiernan con más desparpajo, y eso, en el imaginario de una ciudadanía harta, se lee como energía. La izquierda, mientras tanto, celebra la unidad de haber coincidido en una sala. Ahora sí que: “bravo”.
Pero la pregunta más incómoda no es por qué la derecha gana, sino por qué la izquierda no puede imaginar alternativas reales. Stefanoni ofrece una respuesta que duele precisamente porque es difícil de refutar: durante décadas, la izquierda moderada internalizó los supuestos básicos del neoliberalismo. Aceptó que los mercados son el mecanismo más eficiente de asignación de recursos. Aceptó que el Estado debe ser fiscalmente responsable antes que socialmente ambicioso. Aceptó que la globalización, con todos sus costos, era irreversible y había que administrarla, no cuestionarla. Lo que quedó después de esa capitulación fue lo que algunos llaman neoliberalismo progresista: un proyecto que combina la lógica del mercado con un discurso de inclusión identitaria, diversidad y derechos. Se podía ser ecologista y austeritario. Se podía defender los derechos LGBTQ+ y privatizar servicios públicos. El horizonte de lo posible se encogió, pero el lenguaje de la justicia siguió intacto.
El problema es que ese híbrido resultó políticamente insostenible. Para quienes viven la precariedad económica como experiencia cotidiana —y no como categoría conceptual—, un progresismo que defiende la diversidad, pero no toca la estructura de la desigualdad no es una alternativa: es una burla sofisticada. La derecha radical entendió ese resentimiento antes que nadie y lo convirtió en combustible electoral. Habló de los “olvidados”, de los “normales”, de quienes el sistema del mérito y la corrección política dejó atrás. No importa que sus soluciones sean regresivas o fraudulentas: llenaron un vacío que la izquierda abandonó cuando decidió que gestionar el capitalismo era más responsable que imaginar una alternativa al mismo.
El resultado es una parálisis imaginativa que se disfraza de pragmatismo. Cuando Lula dice que “individualmente no tenemos salida” e insta a reformar la ONU, tiene razón en el diagnóstico, pero se queda corto en la ambición: reformar la ONU es exactamente el tipo de propuesta que suena transformadora y no amenaza ninguna estructura de poder real. Cuando Sánchez habla de regular los algoritmos, toca un problema genuino, pero elude la pregunta de fondo: ¿por qué plataformas con un poder equivalente al de los estados nacionales siguen operando bajo la lógica del máximo beneficio privado? Regular no es lo mismo que democratizar, y la diferencia importa.
Stefanoni señala que la derecha radical ha sabido hablarle a quienes sienten que el sistema les falló, incluidos sectores que históricamente eran territorio de la izquierda. La respuesta progresista a ese desplazamiento no puede ser solo denunciar la manipulación algorítmica o el dinero detrás de los populismos de derecha, aunque ambas cosas sean reales. Eso es explicar la derrota, no revertirla. Mientras la izquierda siga operando dentro de los límites que el neoliberalismo estableció como sentido común —mientras siga creyendo que la única política posible es la que no asusta a los “mercados”—, seguirá llegando tarde a cada crisis y cediendo el terreno de la indignación a quienes no tienen escrúpulos en usarla.
Boric dijo que la democracia es frágil y hay que cultivarla cada día. Tiene razón. Pero cultivarla no puede significar solo reunirse a defenderla en abstracto, ni conformarse con propuestas que quepan dentro de lo que el orden vigente tolera. Significa recuperar la capacidad de imaginar —con audacia y con rigor— transformaciones que le devuelvan credibilidad a la política progresista ante quienes ya no le creen. No porque sea fácil, sino porque la alternativa es seguir perdiendo terreno frente a una derecha que, al menos, tiene la honestidad de no pretender que todo está bien.
Esa imaginación, por ahora, brilla por su ausencia.
Cuenta de X: MartinVivanco
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