El cambio anunciado por la presidenta Claudia Sheinbaum en la dirección general de Pemex confirma una realidad que dentro de la petrolera se conocía desde hace meses. Víctor Rodríguez Padilla nunca mandó realmente en la empresa. Cuesta creer la versión oficial de que su salida obedecía a un acuerdo previamente pactado con la Presidenta para permanecer apenas un año y medio y luego volver a la academia. Un gobierno no construye un plan sexenal para su empresa más estratégica con un director temporal. Reuters publicó esta semana que Rodríguez había presentado su renuncia a Sheinbaum por lo menos en un par de ocasiones, en medio del deterioro operativo y financiero de Pemex, pero la realidad es que fueron cuatro intentos de dejar el cargo.

Padilla no se sentía cómodo por varias razones, pero la principal era una. Nunca tuvo control real sobre Pemex. Lo tripularon desde todos lados. Desde la Secretaría de Energía, desde Hacienda, desde el grupo que terminó de destrozar a la empresa el sexenio pasado —el de Octavio Romero y Marcos Herrería—, y también desde los grupos políticos más duros vinculados al círculo de la Ciudad de México, y más puntualmente de la Central de Abasto.

En una conversación privada de septiembre me lo reconoció sin ambigüedad. “Yo soy solamente un operador”. La frase explicaba con crudeza el nuevo modelo de poder en Pemex. La autoridad real, dijo, estaba en la Presidenta, en Hacienda y en Energía. Pemex dejó de ser una empresa dirigida por su director general para convertirse en una operación colegiada donde el responsable visible ejecutaba decisiones ajenas.

Rodríguez llegó con prestigio académico y conocimiento técnico del sector energético, pero sin poder de decisión. Sabía técnicamente qué hacer, pero no tenía libertad para hacerlo. Eso explica buena parte de su desgaste.

La conversación de septiembre retrataba a un funcionario frustrado por la falta de recursos y por las limitaciones estructurales de la empresa. Hablaba de un Pemex obligado a cumplir metas políticas imposibles con poco dinero, refinación en números rojos y una estructura financieramente agotada. Su diagnóstico de fondo era demoledor. Admitía que no había yacimientos nuevos de relevancia, que no se habían renovado reservas y que México podría enfrentar un problema serio de suministro energético en menos de una década. Era, en esencia, una crítica directa al legado petrolero de López Obrador.

También chocó con el dogma ideológico. Rodríguez entendía que Pemex requería asociaciones con privados para acelerar inversión, compartir riesgos y elevar producción. Hablaba de proyectos listos bajo esquemas donde Pemex mantuviera control mayoritario. Pero incluso esas fórmulas toparon con resistencias políticas. La racionalidad económica apuntaba hacia una apertura parcial y ordenada. Pero la narrativa oficial seguía atrapada en el rechazo a cualquier modelo que pudiera etiquetarse como privatización.

Sus confesiones desmontaban además varios discursos oficiales. Admitía la dependencia crítica del gas importado desde Estados Unidos, reconocía reservas estratégicas mínimas y hablaba de un huachicol masivo. No de robo marginal, sino de pérdidas relevantes de crudo y combustibles. También describía un fenómeno más sofisticado, con robo industrial, falta de trazabilidad y participación de estructuras criminales que ya operaban con otra escala.

Por eso el nombramiento de Juan Carlos Carpio Fragoso como nuevo director general no sorprende. Llega el financiero de la casa, lo que revela la prioridad real del gobierno, que no es rescatar la producción ni reposicionar la exploración, sino administrar la crisis de caja.

Carpio conoce el corazón financiero de Pemex. Desde la Dirección Corporativa de Finanzas controló pagos, el flujo de caja, la deuda y la relación con acreedores. Es un hombre cercano al grupo político de la Ciudad de México, particularmente al entorno de Luz Elena González, actual secretaria de Energía y figura con ascendencia sobre la petrolera.

Pero llega con focos rojos. En septiembre documenté en este espacio una red de intermediarios que ofrecían agilizar pagos a proveedores atrapados en el colapso administrativo de Pemex. El esquema prosperó en medio de una crisis brutal de liquidez.

En ese ecosistema apareció el caso de Ingeniería Aplicada RONU y de gestores con acceso a circuitos internos de pago, incluyendo visualización de trámites y promesas de pago a cambio de comisiones de hasta 15%. Documentos y mensajes citados a los que tuve acceso ubicaban a ese despacho como cercano al área financiera encabezada por Carpio.

Sheinbaum removió a un académico que sabía qué hacer, pero no podía hacerlo, y colocó a un financiero alineado con quienes realmente toman decisiones. Si Pemex quiebra y se desfonda, ¿de quién será la responsabilidad, con tantos mandos gestionándola a su antojo?

Posdata 1

Por cierto que Carlos Slim sigue concentrando poder dentro de Pemex. Esta semana se conoció que CICSA, una de las principales empresas de Grupo Carso, compite por el arrendamiento de una plataforma marina de perforación para un pozo frente a las costas de Tabasco, en un proceso impulsado por Pemex Exploración y Producción. Esto confirma que la relación entre el empresario más poderoso del país y la petrolera del Estado entró en una nueva etapa, ya no limitada a obra e infraestructura, sino cada vez más vinculada al corazón del negocio de exploración y producción.

Slim lleva tiempo construyendo esa posición. Primero adquirió, a través de Grupo Carso, PetroBal Operaciones Upstream, con lo que se quedó con la participación que esa firma tenía en los campos Ichalkil y Pokoch. Después cerró la compra de Fieldwood Energy E&P México, con lo que consolidó el control de esos activos petroleros offshore. A eso se suman contratos con Pemex para perforación, infraestructura y ahora esquemas de colaboración más ambiciosos, como los campos mixtos que el nuevo gobierno abrió a privados. Lo que hace apenas unos años habría sido políticamente impensable, hoy parece parte de la estrategia oficial para apuntalar a una Pemex financieramente exhausta.

BBVA advirtió desde el año pasado que muchas de estas inversiones tardarían en convertirse en negocios realmente rentables por su complejidad técnica y escala financiera. Pero Slim no parece estar jugando al corto plazo. Mientras otros empresarios siguen viendo con cautela el sector energético mexicano, él avanza donde hay activos depreciados, necesidad urgente de capital y un gobierno dispuesto a asociarse con quien pueda aportar ejecución.

Posdata 2

Uno de los primeros mensajes tras el nombramiento de Juan Carlos Carpio al frente de Pemex vino del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana. Su dirigente, Ricardo Aldana, difundió una carta para felicitar al nuevo director general y expresarle disposición para trabajar conjuntamente con su administración “bajo el liderazgo de nuestra presidenta Claudia Sheinbaum”, con el objetivo de fortalecer la soberanía energética y alcanzar las metas estratégicas del gobierno. El gesto confirma una alineación institucional en un momento de relevo para la petrolera.

El respaldo del sindicato cobra relevancia por el momento que atraviesa Pemex. Carpio asume en medio de presiones financieras, adeudos con proveedores, retos operativos y una reconfiguración interna del poder dentro de la empresa. La interlocución con el sindicato será una pieza relevante para la estabilidad operativa, como lo ha sido históricamente en una empresa donde la estructura laboral tiene peso específico en la operación cotidiana, desde producción hasta refinación y logística.

El mensaje de Aldana también se interpreta como una señal de continuidad y gobernabilidad interna en el arranque de la nueva gestión. Más aún cuando la salida de Víctor Rodríguez Padilla ocurrió en medio de versiones sobre diferencias en la conducción de la petrolera. Carpio arranca con el respaldo formal de uno de los actores centrales de Pemex.

Posdata 3

Y en más del sector energético, la promesa del auto eléctrico “mexicano” de Claudia Sheinbaum ya enfrenta contradicciones. Una investigación de EL CEO reveló que el proyecto Olinia tuvo participación directa de empresas chinas en su desarrollo técnico. Documentos oficiales muestran que Julio César Solano Vargas, integrante del equipo, viajó a China entre diciembre de 2025 para fungir como “intermediario técnico de ingeniería” con las firmas Dayang y Henrey en la definición del tren motriz y componentes clave del vehículo. Es decir, el supuesto auto insignia de innovación nacional nació con apoyo tecnológico extranjero en su parte más estratégica.

El hallazgo surge ahora que en México enfrenta crecientes tensiones comerciales con China —a la que ya le impuso aranceles— por la presión de Estados Unidos para cerrar el paso a manufacturas asiáticas, particularmente en el sector automotriz.

El presidente Donald Trump realiza una gira por China acompañado de una delegación de empresarios estadounidenses para negociar comercio e inversiones, mientras el gobierno mexicano también prepara su propia misión comercial a ese país. Esta semana, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, me confirmó que una delegación mexicana viajará próximamente al país asiático para fortalecer la relación.

Olinia exhibe una contradicción de fondo en el gobierno de Sheinbaum. Mientras se intenta vender soberanía industrial y alineamiento estratégico con Norteamérica, el proyecto emblemático del sexenio aparece vinculado a proveedores y desarrollo chino.

@MarioMal

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