Esta semana, la presidenta reaccionó a una entrevista que me hizo León Krauze en la que señalé que le tiene miedo a López Obrador. Como ya es costumbre de la 4T, no respondió con argumentos, sino con descalificaciones señalando que miento y que soy misógina. No me interesa convertir esto en una disputa personal. Lo importante no es lo que diga de mí, sino lo que su respuesta revela: una forma de ejercer el poder que evade argumentos incómodos desacreditando a quien los plantea.

Criticar a una mujer con poder no es misoginia. Misoginia sería descalificarla por ser mujer, negarle capacidad por su género o reducir su actuación pública a estereotipos. Exigirle cuentas por sus decisiones y consecuencias es democracia.

Cuando se le cuestiona por la continuidad política de López Obrador, por su falta de acción contra personajes de Morena señalados por vínculos con el crimen organizado, por la ausencia de justicia para las víctimas o por la negación sistemática de la violencia, lo mínimo que debería ofrecer es una respuesta de fondo.

No lo hizo. Prefirió convertir una crítica política en una acusación moral. Habló de mentiras, misoginia, encuestas y “la confianza del pueblo”. Sin embargo, las encuestas no sustituyen la justicia; la popularidad no explica las desapariciones y el aplauso no borra las fosas. “El pueblo” no puede usarse como escudo para eludir cuentas.

Cuando dije que la presidenta le tiene más miedo a López Obrador que a Trump, no hice referencia de un miedo personal ni de una emoción privada. Hablé, como se puede escuchar en la entrevista completa (https://www.youtube.com/watch?v=hcFiR2Nirp8&t=8s), de una dependencia política: de la dificultad para romper con pactos, lealtades e inercias heredadas. Me centré en señalar que este gobierno presume autonomía y valentía, pero evita tocar intereses del régimen porque sabe que esas investigaciones llegarían al expresidente o a su entorno. Ese es el fondo.

¿Dónde está la valentía de un gobierno que no enfrenta las redes político-criminales dentro de su propio partido? ¿Dónde está la valentía de un gobierno que niega la crisis de desapariciones en lugar de escuchar a las madres buscadoras? ¿Dónde está la valentía de una autoridad que habla de justicia, pero se conforma con fiscalías rebasadas, donde cada agente del Ministerio Público atiende en promedio 258 carpetas simultáneas?

La valentía no se decreta en una mañanera, se demuestra enfrentando los problemas, fortaleciendo instituciones civiles, transparentando cifras, rindiendo cuentas y dejando de estigmatizar a quienes critican.

El problema no es que la presidenta se moleste. El problema es que repite que su movimiento “nació del pueblo, camina con el pueblo y gobierna para el pueblo”, mientras hay más de 135 mil personas desaparecidas y no localizadas; más de 72 mil cuerpos y restos humanos sin identificar; cerca de 390 mil personas desplazadas internamente por violencia; fiscalías que acumulan millones de carpetas sin resolver, y más de 36 mil víctimas de homicidio doloso en su gestión, hasta los reportes preliminares de junio. ¿Eso es gobernar para el pueblo?

Frente a esa realidad, la respuesta del poder no puede seguir siendo: “mienten”, “son corruptos”, “son misóginos”, “son adversarios”, “son conservadores”. Esa fórmula la escuchamos cientos de veces de López Obrador; que le sirvió para dividir, descalificar y distraer, pero no para pacificar ni gobernar al país.

México no necesita un gobierno que se ofenda ante la crítica, sino uno que responda por sus actos.

La presidenta puede o no coincidir con la sociedad civil, pero no debe eludir la explicación de por qué no ha roto la complicidad político-criminal, por qué las víctimas siguen solas y por qué se ataca a quienes exigen verdad, justicia y rendición de cuentas.

Eso es lo que el poder no quiere responder, y mientras no lo responda, seguiremos insistiendo.

Presidenta de Causa en Común