Hay un gesto que las comunidades universitarias de Morelos han aprendido a repetir este año: una silla, una fotografía, veladoras y flores puestas en el lugar donde debería estar sentada una compañera. Hace unos días volvió a ocurrir en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), tras el feminicidio de Claudia Tacoronte Aguilera, estudiante española de 21 años que realizaba un intercambio académico y fue asesinada en Cuautla. El cartel decía: “Claudia no se olvida”. No fue la primera vez que ese lenguaje visual apareció en el campus.

Meses antes, tras el feminicidio de Kimberly Ramos, otra silla vacía fue colocada como homenaje. Después llegaron los nombres de Karol Toledo y de Michelle Itzayana Fuentes. Claudia es, de acuerdo con reportes periodísticos, la cuarta estudiante de la UAEM asesinada en lo que va de 2026. Cuatro sillas, cuatro fotografías, cuatro veces que una comunidad ha tenido que inventar, o repetir, una forma de despedirse. En su caso, también fue un tapete de yoga vacío en su salón habitual para esta práctica.

Llama la atención que ese lenguaje del duelo no lo hayan construido las instituciones, sino las propias compañeras y compañeros: quienes deciden qué flor poner, qué frase escribir en un cartel, en qué lugar colocar la silla para que quien pase la vea. Son ellas y ellos quienes sostienen la memoria en el día a día, cuando el nombre de la víctima corre el riesgo de diluirse entre cifras. Y las cifras, en este caso, documentan que Morelos se mantiene entre los estados con mayor incidencia de feminicidios del país, con 21 casos registrados hasta julio de este año, según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.

Pero un dato así, frío, no explica por qué una comunidad decide vestirse de negro, montar una ofrenda o corear una consigna en la plaza pública. Ese gesto responde a otra necesidad, a la de nombrar. Cuando una compañera de Claudia habló de “un vacío imposible de llenar”, no hablaba de estadística, hablaba de una ausencia física y cotidiana: el lugar en el salón, en la banca, en el grupo de mensajes, que ya nadie va a ocupar de la misma manera.

Repetir un símbolo no es solo tristeza acumulada, es también una forma de resistencia. Cada silla vacía es una manera de decir “aquí estuvo, aquí importó”, frente a la tentación de que la violencia convierta los nombres propios en números. Que ese lenguaje ya exista, que las y los estudiantes sepan cómo se monta un altar de este tipo casi sin necesidad de organizarlo, dice algo doloroso sobre lo que han tenido que aprender a hacer demasiado pronto.

Hay algo generacional en ese aprendizaje. Ninguna estudiante debería saber, a los 20 años, cómo se arma una ofrenda para una compañera asesinada. Y sin embargo lo saben, porque la memoria de un campus se construye también así: de duelo en duelo, de silla en silla, hasta volverse casi un idioma compartido entre quienes quedan. No es costumbre ni resignación; es la manera que han encontrado de no dejar que el dolor se quede en privado.

Por eso, esas fotos junto a un pupitre vacío no deberían pensarse solo como luto, sino como una forma de cuidado colectivo: una comunidad que decide, una y otra vez, que ningún nombre se va a perder en la cifra. Mientras haya alguien dispuesto a colocar una flor y decir un nombre en voz alta, ese nombre seguirá existiendo más allá de la ausencia. Y eso también es activismo.

@MaElenaEsparza

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