Una cadena de yerros suscitó el problema, no menor, del proceso de ingreso a las licenciaturas de la UNAM. Se harán las averiguaciones para tratar de entender lo que pasó. No sé hasta dónde llegarán las autoridades en sus pesquisas: me parece increíble que una vez que la empresa contratada entregó los resultados (imagino que fue semanas antes de que se dieran a conocer públicamente), ninguna de las instancias de la universidad que los observó notara el comportamiento irregular que se había generad o. Se ha hablado tanto del tema y sus aristas, que sólo dejo esta pregunta: ¿nadie se dio cuenta? Si se responde afirmativamente es grave, y si fue advertido, y se dejó pasar, lo es tanto o más.

​Trampa. Hicieron trampa. Les ayudó la IA o les vendieron el examen. No todos, algunos sí.

Me interesa retomar la palabra trampa, para hacer una reflexión. Creo que, desde hace muchos años, en cuanto al procedimiento para ingresar a la UNAM — tanto a su nivel medio superior como el superior— hemos caído en una trampa: estamos entrampados.

Dado que hay muchos más aspirantes (180 mil) que lugares disponibles (20 mil), es preciso realizar una selección. No todos caben. Es necesario distinguir a los que saben más para que sean los que ocupen el anhelado pupitre. ¿Cómo? A través de un examen de opción múltiple, con 120 reactivos y en tres horas. El supuesto es que, así, de una manera académica, inobjetable en su equidad pues todas y todos responden el cuestionario con el mismo grado de dificultad, se ordenan de mayor a menor cantidad de aciertos.

Cada quien, a solas con el cuadernillo o la pantalla, obtiene un puntaje que es indicador del mérito individual. Y entonces, eres tú el arquitecto o la diseñadora de tu propio destino. Eso es una trampa: la trampa del mérito.

Colegas muy conocedores han hecho estudios que lo demuestran. Yo entiendo algo cuando puedo hacer una metáfora o alegoría.

En los juegos olímpicos se ha establecido que la prueba reina son los 120 metros planos. La línea de la meta está fija, pero no la de inicio. Algunas personas parten desde los 50 o 60 metros; otras —la mayoría, creo— desde el mero principio, o 10 metros más adelante o atrás, y una cifra considerable inician 30 o 40 metros antes del, digamos, “metro cero”. Es la misma carrera en la misma pista y la meta es idéntica. En sus marcas…

La diferencia en la distancia a recorrer es aguda. Sesenta metros para unos, 120 para otros o 170, a guisa de ejemplo. ¿Mérito? No cabe duda de que hay esfuerzos diferenciados, pero el logro obtenido está condicionado por el punto de partida.

​En el caso del examen de selección, la diversidad de sitios de arranque proviene de la clase social, combinada con el género, el circuito educativo y su similitud con el tipo de saberes que el examen busca, los recursos para entrenarse más allá de la escuela y otros factores externos a las personas. La desigualdad social no ocurre por opción propia, sino que resulta de una estructura que dispensa ventajas y escollos a grupos específicos. ¿Te faltó echarle ganas, esforzarte?

​No es fácil encontrar una solución que resuelva, o al menos atenúe, los efectos de la desigualdad social y escolar de procedencia, que luego se ahonda por la incomparable riqueza de recursos educativos en el nivel superior y del valor de los diplomas. Hay que discutir e imaginar alternativas, pero es imposible hacerlo si estamos inmersos, enredados, en la trampa del mérito, y peor si creemos que los resultados varían solo por “echarle ganas”.

Profesor del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México mgil@colmex.mx / @ManuelGilAnton YouTube: El Canal del Profe Gil

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