Durante agosto y la primera semana de septiembre, el escenario base para Estados Unidos parecía relativamente sencillo: la Fed mantendría su tasa sin cambios. La inflación seguía por encima de la meta, sí, pero varios miembros con voto del FOMC habían abierto la puerta a esperar. Waller dijo que, si continuaba la desinflación, apoyaría una pausa; Barr pidió más tiempo para evaluar los datos y Williams defendió la decisión de no mover en julio. Incluso Warsh había explicado que, para quienes votaron por mantener la tasa en la junta anterior, era preferible esperar nueva información.
Sin embargo, la información llegó y el equilibrio cambió. El miércoles pasado la Fed decidió elevar su tasa 0.25%, a un rango de 3.75%-4.00%, y lo hizo por unanimidad. ¿Cómo se pasa de mensajes de cautela a una decisión sin un solo voto en contra? ¿Primera paradoja? No necesariamente. Todos habían condicionado su postura a los datos, y los datos parecieron convencer al Comité de que el riesgo de dejar que la inflación se volviera más persistente era mayor que el de apretar demasiado pronto.
La segunda posible paradoja tiene nombre y apellido: Kevin Warsh. Trump lo nominó mientras pedía públicamente tasas más bajas y llegó a decir que se decepcionaría si Warsh no recortaba con rapidez. Warsh respondió que no había prometido ninguna decisión sobre tasas y que actuaría de forma independiente. Pues bien, el primer movimiento de tasas bajo su presidencia no fue una baja, fue un aumento de 0.25%, aprobado por unanimidad.
¿Es esto realmente una paradoja? Tampoco. Es, más bien, una primera prueba de independencia. Si bien una decisión contraria al deseo del Presidente no demuestra que la Fed sea inmune a toda presión política, sí muestra que, ante una inflación que el propio Comité juzgó elevada, hizo exactamente lo contrario de lo que Trump esperaba. La independencia de un banco central no consiste en hacer lo contrario de lo que quiere un gobierno, sino en tomar la decisión que dictan los datos aun cuando sea incómoda para el gobierno que lo nombró.
Esto nos lleva a la tercera posible paradoja. Lo natural sería pensar que, si la Fed sube la tasa, todas las tasas suben. Sin embargo, la Fed controla una tasa de muy corto plazo; no controla directamente el costo de endeudarse a 10 o 30 años. Las tasas largas incorporan el promedio esperado de las tasas cortas futuras, la inflación esperada y una prima por plazo. En otras palabras, si los inversionistas concluyen que un alza hoy llega a tiempo para evitar inflación persistente y, por lo tanto, muchas más alzas mañana, el rendimiento de los bonos de largo plazo puede bajar aun cuando la tasa de corto plazo suba.
No es una regla mecánica ni una garantía. Pero esa es la lectura más importante de esta junta: los 25 puntos base no sólo hablan de lo que la Fed hizo hoy; hablan de lo que el mercado cree que tendrá que hacer después. Si el alza fortalece la credibilidad de la Fed, podría terminar relajando las tasas largas. Si no la fortalece, la historia será otra. Y esa, más que el incremento de esta semana, es la incógnita a la que habrá que darle seguimiento durante los próximos meses.
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