El padre del pensamiento político moderno, Montesquieu, advertía con claridad: “La decadencia de las instituciones precede a la caída de las naciones.” Las grandes potencias rara vez colapsan por una derrota externa. La historia muestra algo más incómodo: se debilitan desde dentro, lentamente, casi imperceptiblemente, hasta que su capacidad de sostener poder económico, político y social simplemente deja de ser suficiente. El ejemplo paradigmático es el Imperio Romano. Durante siglos, Roma fue una máquina institucional extraordinaria: un sistema jurídico que otorgaba certidumbre, una administración eficiente y una estructura de poder con contrapesos funcionales. Esa arquitectura permitió expansión, comercio y estabilidad. Pero a partir del siglo III, ese sistema comenzó a fracturarse. La sucesión política se volvió caótica, más de 20 emperadores en apenas 50 años, el ejército se politizó, la moneda se devaluó de manera sistemática y la corrupción se normalizó. La ley dejó de ser un ancla de certidumbre para convertirse en un instrumento del poder. El resultado fue una pérdida progresiva de confianza: en la moneda, en el Estado y en las reglas del juego.

Roma no cayó en un momento; se vació.

El mismo patrón aparece en otros imperios. El español, que dominó buena parte del mundo en el siglo XVI, terminó atrapado en instituciones fiscales ineficientes y una economía dependiente de rentas extractivas. Incapaz de reformarse, perdió competitividad frente a economías más flexibles y con mejores incentivos.

El Imperio Otomano durante siglos sofisticado y eficaz, se fue debilitando por la captura de sus instituciones, la corrupción administrativa y la resistencia a la modernización. Su declive fue gradual, pero inevitable.

Incluso la Unión Soviética confirma la tesis. No fue solo una crisis económica; fue una crisis institucional. Sin mecanismos de rendición de cuentas ni incentivos alineados, el sistema perdió capacidad de adaptación hasta colapsar.

La evidencia empírica moderna respalda esta narrativa histórica. Los países con mayor calidad institucional: estado de derecho, independencia judicial y reglas claras presentan mayores niveles de ingreso per cápita, menor volatilidad y un costo de capital significativamente más bajo. Cuando esa credibilidad se erosiona, el efecto es inmediato: cae la inversión, aumenta la prima de riesgo y se acorta el horizonte económico.

Este marco obliga a observar con seriedad lo que ocurre hoy en Estados Unidos.

Durante la administración de Donald Trump, y en la dinámica política que la rodea, han surgido tensiones institucionales que hace apenas una década parecían improbables: cuestionamientos abiertos a procesos electorales, presión sobre organismos independientes, confrontaciones recurrentes con el poder judicial y una narrativa política que, en distintos momentos, ha debilitado normas no escritas fundamentales para el funcionamiento del sistema.

No se trata de equiparar a Estados Unidos con Roma o con imperios en declive. Sería un error analítico. La economía estadounidense sigue siendo la más grande del mundo, su sistema financiero es dominante y sus instituciones, en términos relativos, continúan siendo sólidas. Pero la historia no exige equivalencias exactas; advierte sobre tendencias. Y la tendencia relevante es clara: la erosión institucional no ocurre de manera abrupta. Es acumulativa. Comienza cuando las reglas dejan de ser incuestionables, cuando los incentivos políticos privilegian el corto plazo sobre la estabilidad de largo plazo y cuando la confianza, ese activo invisible pero fundamental, comienza a deteriorarse.

Los mercados lo entienden bien. La credibilidad institucional no es un concepto abstracto: se traduce en tasas de interés, flujos de capital y decisiones de inversión. Cuando se percibe fragilidad en las reglas del juego, el capital exige mayor retorno o simplemente se retira. Estados Unidos ha demostrado, hasta ahora, una notable resiliencia. Sus contrapesos han funcionado, sus instituciones han resistido y su economía ha mantenido dinamismo. Pero esa resiliencia no es infinita ni automática. Depende, precisamente, de la fortaleza continua de esas mismas instituciones.

La lección histórica es incómoda pero contundente: ningún imperio se considera frágil en el momento en que comienza a serlo. Roma no anticipó su decadencia. España no percibió a tiempo su rigidez. El Imperio Otomano subestimó la urgencia de reformarse. La Unión Soviética creyó que su estructura era permanente. Todos compartieron un mismo error: pensar que sus instituciones eran más fuertes de lo que realmente eran.

El riesgo para cualquier potencia no es la crisis visible, sino el deterioro silencioso. Porque cuando las instituciones dejan de ser creíbles, el poder deja de ser sostenible. Y cuando eso ocurre, el declive ya no es una posibilidad. Es una trayectoria.

@LuisEDuran2

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