Llevo poco más de un mes viajando por diversas partes de Asia, fascinándome con su cultura, su comida, sus religiones y supersticiones, con sus eternas contradicciones y con el misterio que aquí todo representa para un occidental, a veces desde ir al baño o intentar salir de una estación del metro sin perderte en un laberinto de tiendas que te venden desde un masaje o facial, bolsas y carteras al infinito o comida ultrapicante.
He tenido suerte de poder conversar con muchas personas en mi viaje. Si bien la barrera del lenguaje y las costumbres impone un problema enorme, he conocido a varios con los que en inglés, en español, a señas o con el traductor del teléfono puesto entre los dos, hemos podido entendernos bien.
Al señor Wang lo conocí así, con el teléfono en medio, en uno de esos trayectos largos que en las ciudades chinas se comen más de una hora. Tiene poco menos de sesenta y es chofer de aplicación. Contrario a la costumbre de hablar poco con extraños, a Wang le gusta hacer conversación.
El señor ha vivido en muchas Chinas, de niño a su padre lo mandaron al campo a trabajar durante la Revolución Cultural de Mao. Sus primeros años de escuela transcurrieron bajo la rigidez ideológica que formaba cuadros para defender a ultranza el dogma del comunismo que dejó a millones en la pobreza más extrema, incluyendo a Wang y a su familia. Después vino la muerte de Mao y, con ella, la gran corrección de Deng Xiaoping y la apertura de China al mundo, con su famosa justificación: no importa si el gato es negro o blanco, mientras cace ratones es un buen gato.
Poco importaron los estropicios de lesa humanidad del antiguo gato, y esa frase que terminó siendo pilar de la China moderna, por cierto, fue uno de los "crímenes" por los que Mao “purgó” a Deng Xiaoping, pero esa es otra historia.
Para un hombre con tantas experiencias, que vivió del comunismo extremo al capitalismo extremo que China tiene hoy, el grave problema de hoy no es la escasez, cómo ocurrió con El Gran Salto Adelante de los sesentas y con las hambrunas, ahí no importaba cuánto trabajaras, simplemente no había nada.
El problema, dice, es que el costo de los satisfactores que existen se volvió extremadamente alto por la precarización del empleo y la feroz competencia. O sea, que cada vez se trabaja mucho más pero se paga mucho menos y las oportunidades se hacen más difíciles.
Por ejemplo, la única hija de Wang entró a la universidad hace algunos años, él lo cuenta con una mezcla de orgullo y desconcierto, porque entre los jóvenes hay un sentimiento de frustración frente a las bajas posibilidades de trabajo al salir de la carrera. Hay mucha educación y de gran calidad, pero no hay plazas suficientes para que se pague conforme a lo que se estudió.
La hija de Wang se graduará en un par años, pero si algo sale mal, podría terminar trabajando como repartidora sin importar su alta especialización.
Muchos problemas son compartidos en nuestro país (la precarización del empleo, la falta de oportunidades), pero aquí hay uno en particular que ocupa la conversación: el decrecimiento de la población
Y es que China lleva cuatro años consecutivos perdiendo habitantes, en 2025 fueron casi 3.4 millones menos, con apenas 7.9 millones de nacimientos. Dimensionar que en un país de 1,400 millones apenas y nacieron unos 8 millones durante todo un año, ilustra mejor el problema.
El primer impacto, dice Wang, serán las pensiones. Si ya no hay jóvenes que trabajen para mantener a los viejos, no habrá sistema que aguante.
La propia Academia China de Ciencias Sociales calculó que el fondo de pensiones de los trabajadores urbanos alcanzaría su tope hacia 2027, pudiendo colapsar hacia 2035. Otra similitud a los problemas de México pero que aquí han decidido comenzar a resolver de forma sumamente pragmática: han subido la edad de jubilación y poco a poco exigirán más años de cotización.
Pero más allá de las preocupaciones de la gente y de Wang, se siente el poder de la segunda economía global mientras caminas por la calle: automóviles de ultra lujo, imponentes rascacielos inteligentes, cámaras que saben donde estás a toda hora, reconocimiento biométrico en todas partes, un sistema de transporte hipereficiente, drones, robots, taxis que se manejan solos y una altísima conectividad que ha vuelto la vida totalmente digital al grado de casi desaparecer el efectivo.
Y es cierto que la democracia, vista desde la concepción occidental, no parece ser una preocupación para la gran mayoría, que hoy se siente muy orgullosa tanto de sus raíces como de su gran desarrollo. Y que, como todo el mundo, quiere paz.
Nota: El nombre y la situación de la conversación con Wang fue cambiado a petición de él mismo. Este texto no es un reportaje ni una entrevista en forma, sino el apunte de una conversación casual durante mi estancia en China.
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