Las múltiples y álgidas conversaciones que ha detonado la versión cinematográfica de La Odisea, dirigida por Christopher Nolan, nos recuerdan la vitalidad del humanismo clásico, en tiempos donde su valor es puesto en entredicho.
Para quienes dedicamos nuestros esfuerzos a la labor universitaria, esto es una buena noticia. Así lo tomamos en la Universidad Iberoamericana, donde por más de 80 años hemos apostado por una educación humanista.
Las premisas que subyacen a esta apuesta siguen vigentes. Se nutren de la centenaria tradición educativa jesuita, en la cual el cultivo de los clásicos no buscó nunca la acumulación de conocimiento como fin en sí mismo, sino que aspiró a la formación de personas íntegras capaces de lanzar una mirada comprehensiva sobre el acontecer humano. Es una aspiración que mantenemos viva y que en nuestras tierras hunde sus raíces en el humanismo jesuita del período colonial, con representantes como el veracruzano Francisco Xavier Alegre, traductor de Homero al latín.
Al amparo de esta tradición, guste o no guste la personalísima interpretación de Nolan sobre La Odisea, hay que celebrar que el filme provoque que nuevos y nuevas lectoras se acerquen al imperecedero relato del periplo de Odiseo hacia Ítaca. Con mirada fresca, encontrarán que los clásicos no nos hablan de un pasado remoto; sino que, más bien, nos confrontan con dilemas que forman parte de una tradición que recibimos y asumimos.
Pensemos en el énfasis que la interpretación de Nolan imprime en las consecuencias que para una civilización conlleva el quebrantamiento de normas que se estiman sagradas.
En la película de Nolan, esas normas tienen que ver con obligaciones tales como el deber de acoger a los extranjeros o con el deber de brindar apropiada sepultura a los muertos. El incumplimiento de dichas leyes, en la narrativa de esta Odisea filmada, debilita los vínculos humanos y conduce a crisis.
Y aunque se debate si esta tesis es fiel al relato homérico original, es indudable que late en ella una intuición urgente y útil para reflexionar sobre nuestro atribulado presente. Hoy no subsisten mandatos de Zeus que debamos cumplir, pero sí contamos, todavía, con el código de los derechos humanos, que marca un horizonte ineludible de respeto a la dignidad humana. Penosamente, como las normas de la Odisea de Nolan, ese código universal es objeto de ataques por todos los flancos.
Episodios como la muerte de decenas de migrantes en Ceuta, a las puertas de Europa, nos hablan del olvido de nuestro deber de acoger a quienes buscan, como antiguos suplicantes, asilo o refugio. De igual modo, la crisis de desaparecidos que vive México nos habla de la violación de esa norma básica de humanidad consistente en el deber de brindar a todo muerto una inhumación digna. Esta crisis sigue causando dolor, como lo recordó atinadamente hace unos días en su visita al país el Secretario de Estado del Vaticano, Cardenal Pietro Parolin.
No atender estas heridas y perpetuar el incumplimiento de normas básicas de humanidad nos puede conducir a un terreno oscuro. Los reclamos de los muertos insepultos pueden perseguirnos sin descanso, del mismo modo que acechan al Odiseo de Nolan cuando acude al Hades.
Sin embargo, el desenlace no está escrito, como sugiere esta notable película. Dependerá de lo que las presentes y futuras generaciones decidan; pienso con esperanza, por ejemplo, en los casi dos mil jóvenes que recibimos en la Ibero para el ciclo escolar que comienza. Como parece apuntar el realizador británico en su obra, para evitar un final sombrío la mejor respuesta es afirmar con más fuerza lo mejor de nuestras leyes sagradas, sin dejar de lado la conciencia sobre sus propios puntos ciegos. No renunciar a los derechos humanos resignándonos a su debilitamiento actual sino, por el contrario, afirmarlos con mayor arrojo, sin perder capacidad autorreflexiva.
Para esta tarea, la educación humanista, con eso que Martha Nussbaum llamó “el cultivo de la humanidad”, seguirá siendo fundamental para formar a las y los profesionistas que este mundo complejo y roto necesita. A ello seguiremos apostando en la Ibero.
Rector
Universidad Iberoamericana
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