La cadena perpetua impuesta esta semana a Ismael “El Mayo” Zambada en una corte de Estados Unidos no representa el mayor fracaso del narcotraficante más poderoso de México. Representa el mayor fracaso del Estado mexicano.

No porque al régimen le interesara hacer justicia o terminar con el reinado criminal de un hombre que durante cuatro décadas convirtió el narcotráfico en una estructura de poder. Sino porque Zambada era la pieza clave de un rompecabezas judicial que terminó exhibiendo ante el mundo a un Estado incapaz —o dispuesto— a convivir con aquello que decía combatir.

El principal capo del país no fue detenido, juzgado ni sentenciado por las instituciones mexicanas. Terminó enfrentando la única justicia que realmente amenazó su libertad: la de otro país.

Y las consecuencias siguen acumulándose. La captura del Mayo detonó una guerra intestina del Cártel de Sinaloa que, casi dos años después, sigue cobrando vidas. Miles de homicidios, desapariciones y una crisis humanitaria que ni la estrategia gubernamental, ni el despliegue federal han logrado detener.

La sentencia llegó apenas unas horas después de que Zacatecas amaneciera con diez cuerpos colgados de puentes —otra postal del deterioro institucional—, mientras la jefa del Estado mexicano ocupaba un palco en Nueva York para asistir a la final de un torneo que ella misma había descalificado como un espectáculo ostentoso e inalcanzable para el mexicano promedio. Bastó una llamada de Donald Trump para que ese discurso, utilizado como coartada para evitar una rechifla durante la inauguración en México, desapareciera. La maquinaria propagandística hizo el resto con un hashtag tan burdo como revelador: #ClaudiaEsMundial.

Los mismos que hacen del nacionalismo ramplón una defensa automática frente a cualquier crítica internacional sobre la gobernanza criminal, hoy intentan vender una aparición protocolaria en un evento deportivo como motivo de orgullo nacional, mientras desacreditan organismos internacionales cuando documentan violaciones a los derechos humanos o recuerdan los compromisos asumidos por el Estado mexicano.

Pero el orgullo nacional sería otro: que el Mayo pasara el resto de sus días en una prisión mexicana; que los grandes delincuentes fueran juzgados por un Poder Judicial independiente; que los casos Sinaloa, Tabasco y Tamaulipas se investigaran con el mismo celo que muestran cuando se trata de opositores, y que el Estado recuperara el control de territorios.

La verdadera humillación no fue el juicio en Estados Unidos, sino haber quedado obligado a escoger entre su relación bilateral más importante y la relación criminal que llevó a muchos al poder.

Hay pocas cosas que ruboricen más a un Estado que ha renunciado a tanto que ver expuestas sus intimidades. Ese es el drama de un gobierno subordinado a muchos y amo de nadie. Al final, toda decadencia institucional termina confrontándose a un espejo: mucho país para tan poco gobierno.

En 2010, el Mayo Zambada le dijo a Julio Scherer: “Si me atrapan o me matan, nada cambia”. Era la arrogancia de quien se sabía intocable.

Esta semana, ya condenado a morir en prisión, dijo exactamente lo contrario: “La violencia debe terminar. Nadie gana una guerra como esta”. Incluso pidió disculpas por el daño que causó.

Un mismo hombre. Dos frases para la historia.

¿Qué cambió? No su conciencia. Cambió la mirada que lo juzgó. Pasó del desafío abierto frente a un Estado que tenía en el bolsillo a la sumisión ante un sistema de justicia que, por la razón que haya sido, terminó siendo implacable con él.

Ahí reside la verdadera tragedia mexicana. El mayor fracaso no es que el Mayo haya sido condenado en Estados Unidos. Es que su caso terminó de exhibir a un Estado desfondado.

Quizá ese sea el verdadero mensaje que el Mayo Zambada le deja al Estado mexicano. No el de sus disculpas ni el de su arrepentimiento, sino uno mucho más devastador: Tu mayor fracaso soy yo.

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