Este domingo, Claudia Sheinbaum cruzó su propio Rubicón. Como César ante las aguas que marcaban el límite de lo permitido, decidió avanzar hacia un terreno del que ya no será posible regresar. Cuando el general romano atravesó aquel pequeño río con sus legiones, transformó una disputa política en una confrontación abierta que terminó redefiniendo el futuro de Roma. En Palacio Nacional el paso ya fue dado; ahora serán sus consecuencias las que definan el rumbo de este gobierno.

En lo que probablemente fue el discurso más revelador de su presidencia, Sheinbaum fijó el marco para interpretar lo que viene: cualquier investigación, solicitud de extradición o acusación de Estados Unidos contra políticos mexicanos dejará de verse como un asunto judicial para presentarse como un acto de intervención contra la soberanía nacional.

El cambio parece semántico, pero no lo es. Durante las últimas semanas persistió el beneficio de la duda de que la estrategia era comprar tiempo. Pero ese margen desapareció. La presidenta trasladó la discusión del terreno de las pruebas al de las motivaciones. Ya no importará qué expediente llegue, qué evidencia se presente o qué funcionario sea señalado. Según la narrativa oficial, el problema será siempre el mismo: una ofensiva de Washington para influir en la vida pública mexicana.

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El mensaje opera en varios niveles. Hacia dentro funciona como mecanismo de cohesión para el movimiento. Hacia el futuro prepara a la opinión pública para nuevas acusaciones. Hacia los señalados envía una garantía de respaldo político. Y hacia Estados Unidos comunica que Palacio Nacional interpreta la presión sobre casos de presunta narcopolítica como una disputa de poder y no como un proceso judicial. Cuando la presidenta advierte que “vienen por unos y luego por otros”, deja entrever que el gobierno espera nuevas acusaciones.

La historia ofrece numerosos ejemplos de gobiernos que, frente al deterioro de la seguridad, las tensiones económicas o las fracturas internas, encuentran en un enemigo exterior una poderosa herramienta de movilización. La bandera se convierte en refugio. La crítica se señala como deslealtad a la patria. Las investigaciones pasan a formar parte de una conspiración internacional. Y así, el debate deja de girar alrededor de los hechos para concentrarse en quienes los denuncian.

El problema para México es que esta radicalización llega en el peor momento posible. La revisión del T-MEC ya comenzó y más del 80% de las exportaciones mexicanas dependen del mercado estadounidense. Al mismo tiempo, la presión sobre el país ya no proviene de un solo frente. Cada vez es más evidente una convergencia de herramientas diplomáticas, judiciales, financieras, comerciales y de seguridad alrededor de un mismo objetivo. Así actúan las grandes potencias cuando concluyen que un problema ha dejado de ser coyuntural para convertirse en estratégico.

Por eso el discurso de este domingo importa tanto. Porque resolvió una duda que llevaba meses abierta. Frente a la creciente presión de Washington por los casos de presunta narcopolítica, el gobierno mexicano ha optado por interpretar el conflicto en clave de soberanía y confrontación política. El Rubicón ya fue cruzado. La incógnita ya no es cuál será la posición de Palacio Nacional. La verdadera pregunta es cuánto está dispuesto México a pagar por ella.

César cruzó el Rubicón convencido de que aún podía controlar los acontecimientos posteriores. Casi todos los líderes que toman decisiones irreversibles creen lo mismo. La historia suele ser menos optimista.

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