Maternar no es una función biológica ni un destino femenino. Es un acto de amor, de presencia y de responsabilidad compartida. Su entendimiento ha evolucionado, pero aún no alcanza; nuestras sociedades siguen ancladas en concepciones que limitan quién puede maternar, cómo y bajo qué condiciones. El pasado 10 de mayo, Día de las Madres, y en vísperas del 15 de mayo, Día Internacional de las Familias, conviene recordar que este ejercicio ocurre muchas veces en entornos de dificultad, en los que se desconocen derechos y se invisibilizan cargas. Necesitamos una comprensión más amplia y más justa. Maternar es amar.
Ser abogada y ser madre no son identidades paralelas. Se cruzan y se transforman mutuamente. La maternidad me cambió la forma de leer el derecho. Las normas, las sentencias, las políticas públicas me hablan distinto cuando las miro desde la experiencia de cuidar. Lo que antes parecía un problema técnico o procesal tiene ahora un rostro, un horario y un costo real. Estas reflexiones no son solo mías; las he construido también en diálogo con otras madres de mi equipo, abogadas que desde su propia experiencia de cuidado leen el derecho con la misma doble mirada. Esa posición, de jurista y cuidadora, no es anecdótica. Es perspectiva. Y esa perspectiva debería ser condición en quienes tomamos decisiones que afectan la vida familiar.
Hoy convivimos con formas de familia que el derecho tardó demasiado en reconocer y que la sociedad aún no celebra con la misma intensidad. Abuelas que crían a sus nietos porque la migración separó familias. Parejas del mismo sexo que tuvieron que litigar su derecho a existir ante tribunales. Mujeres solas que sostienen afectos, economía y agenda escolar sin redes de apoyo. Comunidades indígenas donde el cuidado no recae en una pareja nuclear sino en todo un tejido de parentesco. Personas que eligieron no tener hijos y que cuidan, sin embargo, de maneras igualmente fundamentales. Todas estas familias son reales. Todas merecen reconocimiento y protección jurídica plena. No es una idea nueva. La antropóloga Margaret Mead señaló que el primer signo de civilización en una cultura antigua fue el hallazgo de un fémur fracturado que se había consolidado. Alguien se quedó y cuidó de quien se lo rompió. Ninguna sociedad funciona sin una red de cuidados. Son los cuidados los que garantizan nuestra supervivencia colectiva.
Celebrar estas fechas implica también nombrar lo que falta. Las licencias de paternidad necesitan ampliarse. Los sistemas de cuidado comunitario requieren mayor fortaleza. El reconocimiento jurídico de todas las familias debe ser pleno y sin condiciones. Hablar de maternar es hablar de las condiciones en que ocurre la crianza, de las redes de apoyo que se necesitan, de las políticas públicas que faltan y de la corresponsabilidad que como sociedad aún estamos construyendo. Una celebración consciente es aquella que honra a quienes cuidan y, al mismo tiempo, se compromete a hacerlo mejor.
Dice un proverbio africano: “El niño que no sea abrazado por su tribu, cuando sea adulto, quemará la aldea para poder sentir su calor”. Garantizar condiciones dignas de cuidado no es generosidad; es la condición mínima de una sociedad que se pretende justa. Festejemos estas fechas, pero hagámoslo con conciencia. Por quienes hoy cuidan y por quienes mañana serán cuidados. La justicia también se construye en los hogares. Y en los hogares también se ejerce el derecho.
Ministra de la Suprema Corte de Justicia

