Para quienes nos dedicamos a las ciencias sociales, resulta fácil advertir que los cambios de la sociedad, sobre todo aquellos que transforman nuestros paradigmas, son difíciles de asimilar. El mundo, desde la pandemia y el advenimiento de los modelos de lenguaje en 2023, ha cambiado profundamente. Ante estos cambios, se posicionan dos grandes discursos: el tecnooptimismo, anclado en la clase social que construye estas tecnologías, y el tecnopesimismo. El primero promete soluciones; el segundo anticipa riesgos. El primero considera que la tecnología contribuye a mejorar las condiciones de la vida y el segundo considera que arrebata y desmejora procesos. Uno ve progreso donde el otro observa barbarie. Ambos están sesgados y, a mi parecer, contienen planteamientos bastante ingenuos.
Hasta hace unos meses, mi lectura de la opinión pública de la IA era de cierto equilibrio: los discursos optimistas se obnubilaban con los avances de la IA agéntica, con usos disruptivos en salud, con logros en matemáticas de los modelos y más. Los discursos pesimistas insistían en el medio ambiente, en pérdidas cognitivas y dependencia, en la centralización de beneficios y repartición de riesgos, en el agua y en la regulación. Hoy en día, considero que la opinión pública internacional y nacional se ha decantado por el pesimismo.
Debo aclarar esta hipótesis con cuatro ideas: 1) Que la opinión pública se decante por el pesimismo de la IA no repercute en la masificación de su uso. Cada vez más personas usan LLM. El Pew Research Center, en su informe Americans and AI 2026, muestra que el número de usuarios de IA en Estados Unidos aumentó de 2025 a 2026 un 10 %. El pesimismo (que es una actitud) no golpea el uso por la inconsistencia entre actitudes y conductas, o lo que coloquialmente se nombra la diferencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Los psicólogos sociales han explicado que podemos desconfiar de estas tecnologías y, al mismo tiempo, incorporarlas compulsivamente a nuestra vida cotidiana, en lo que también se puede nombrar disociación funcional. 2) El pesimismo parece no ser al objeto digital, a los LLM en sí, sino a las empresas; cada vez más, las empresas tienen fisuras respecto a su control sobre el objeto, a su concepción del futuro, a su ética, a los datos y más. El pesimismo y hartazgo se concentran en quién decide cómo funcionan estos modelos, cómo se entrenan y para qué fines se utilizan. Innerarity, filósofo y crítico de la IA, propone examinar las condiciones estructurales que orientan el desarrollo tecnológico y, en esta propuesta, se entiende que el pesimismo se desplace hacia una élite tecnológica que parece incapaz de gobernar las consecuencias de aquello que ella misma creó. 3) El pesimismo aumenta ante la incapacidad de los Estados para regular el desarrollo de estas tecnologías y actuar como contrapeso frente al poder de las empresas. Las leyes avanzan con mayor lentitud que los modelos, mientras los gobiernos dependen cada vez más de la infraestructura y del conocimiento técnico de las propias compañías que deben vigilar. Además, las regulaciones nacionales tienen un alcance limitado frente a empresas que operan globalmente y el Estado, como realidad jurídico-política, que se hizo fuerte en la pandemia, termina otra vez advertido como un ensamblaje débil y superado ante esta tecnología. Esta situación hace que las responsabilidades recaigan injustamente sobre los usuarios, a quienes se les exige utilizar la tecnología y auditarla de manera crítica, mientras que en las decisiones estructurales permanecen invisibles. 4) Quizás el pesimismo sea una forma radical de realismo. Mientras las promesas de una inteligencia artificial general se aplazan, la IA actual no tiene cómo sostener las críticas ambientales, educativas, laborales. El debate público comienza a alejarse de lo que estas máquinas podrían hacer algún día y a prestar atención a lo que ya están haciendo (o afectando), sin beneficios generalizados.
Gallup y la Walton Family Foundation realizaron un estudio en 2025 y encontraron que, aunque el 79 % de la generación Z estadounidense había utilizado IA generativa, el 41 % afirmaba sentir ansiedad ante ella. Entre los trabajadores jóvenes, el 64 % confiaba más en un trabajo realizado únicamente por seres humanos; solo el 3 % prefería uno producido exclusivamente por IA. En América Latina, Ipsos realizó una encuesta en Argentina, Brasil, Colombia y México y encontró que solo el 28 % de las personas consideraba que su país estaba preparado para afrontar los desafíos y oportunidades planteados por la IA. Estos datos muestran que la desconfianza y el pesimismo conviven con una adopción creciente. Las personas incorporan estas tecnologías a su vida cotidiana mientras dudan de sus resultados y de la capacidad de las instituciones para gobernarlas. El pesimismo ganó porque es el núcleo de muchos discursos que tienen correlatos materiales y verificables, el optimismo no se sostiene si le pedimos un mínimo de pruebas.
Concluyo con una idea simple: los problemas de la IA, de las empresas y del medio ambiente no pueden abordarse solo por la vía computacional. Exigen una mirada compleja e integral de un fenómeno que va más allá de juzgarlo como bueno o malo. Como escribe Innerarity en Una teoría crítica de la inteligencia artificial: «La crítica consiste, aquí, en dar cuenta de por qué no es suficiente una solución tecnológica a un problema sociotecnológico». Sin duda, no necesitamos optimismos; necesitamos pesimismos capaces de proponer alternativas.
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