Los hechos históricos trastornan la vida de la humanidad. Relacionamos el evento con la persona quien se dice encabezó y logró aquel cambio. La historia es realizada por seres de carne y hueso, realidad irrebatible y, también, se construye de forma colectividad. Una sola persona no logra cambios abruptos. No obstante, nos aferramos a enaltecer únicamente a algunos personajes. Cuando pensamos en la Conquista de México de inmediato relacionamos el episodio con el nombre de Hernán Cortés, personaje de claroscuros que miramos, de manera poco crítica, como el villano, otro de los grandes problemas de la construcción histórica: el maniqueísmo.

Al intento de entender la historia se suma el brillante libro Compañeros de Cortés (El Equilibrista, 2025) de Jorge F. Hernández. Texto que dialoga con las dos orillas del Atlántico -México y España- presentadas como realidades próximas en mitos, tradiciones y estructuras de poder.

El tiempo no es univoco, se presenta de manera múltiple y en diferentes latitudes. Las partes se pertenecen y terminarán por hallarse, desarrollarse y desprender un nuevo significado, fundar una civilización: “diez años después de que Cristóbal Colón llegara a lo que hoy es América, creyendo haber desembarcado en Oriente, y dos años antes de que Hernando Cortés llegara a la isla La Española para empezar una nueva vida cuyo destino le era inimaginable, Motecuhzoma fue elegido por los señores de Tenochtitlan, quizá junto con los aliados de Tlacopan y Texcoco. El Imperio Mexica dominaba 38 señoríos a través de un entramado de poderío militar, nervadura comercial y preciso sistema de tributos.”

Jorge F. Hernández nos enseña que México no se entiende sin España ni viceversa y utiliza el concepto: “grandiosidad en aislamiento” para describir todo lo que era la Gran Tenochtitlan y los otros no conocían. Tampoco los mismos mexicas sabían la grandeza de su Imperio. Todo tipo de aislamiento nos quita la oportunidad de conocer lo que somos, esto solo lo logramos cuando entendemos al otro y ese elemento aislado nos permite comprendernos. Al mirar al espejo y ver a otra civilización se conoce la raíz de la tradición que precede. Y únicamente así se comprende que la grandeza de la humanidad se encuentra exclusivamente en conocer a los otros e incorporarlos, las culturas aisladas perecen, se necesita de los otros para florecer.

Compañeros de Cortés es un texto inteligente y documentado que nos invita a reflexionar sobre un pasado que nos sigue perteneciendo, exige quitarnos las ataduras ideológicas y hacer una lectura distinta de la historia: entender que la Conquista no fue producto de un solo hombre, cierto que Cortés tuvo el ingenio de dirigir una expedición a México, pero sin sus compañeros no hubiera logrado su objetivo. El conquistador logró sumar a otros a su hazaña. Compartían un pasado en común: la necesidad de triunfar, de conquistar un nombre e iniciar una nueva historia. Jorge F. Hernández escribe: “En la savia conquistadora se entremezclan la ideología cristiana en expansión, la avidez por el oro, el sentido de la honra y la ensoñación caballeresca por las aventuras…”

Imposible no trasladar a la Conquista la imaginación literaria y ver a aquellos hombres como seres quijotescos en busca de su propia aventura, la única diferencia es que, a aquellas tierras, a las que habían llegado, no eran producto de su imaginación, pertenecían a una realidad nítida, aunque más novelesca que los libros de caballería. Solo hay que imaginar la impresión, el asombro y la parálisis que sufrieron al descender y mirar aquella ciudad. La grandeza del Imperio, sus pirámides. La ingeniería de sus chinampas. Una ciudad flotando sobre la laguna. Todas sus lecturas habían sido rebasadas. La sed de conquista creció al ver lo que estaba a sus pies. Al pensar en el oro, el poder, las enormes extensiones de tierra. La Conquista fue entonces un acto de la imaginación desafiada por la realidad.

Jorge F. Hernández propone un diálogo con el pasado. Nos enseña que la historia se realiza en colectivo, por eso cuando nos presenta la lista de los compañeros que acompañaron a Cortés nos enseña que cada uno tenía una vida, ambiciones y expectativas. No eran hombres de bronce sino seres con sueños, su actuar estaba guiado por lo que querían ser.

Jorge Fabrizio Hernández narra con la imaginación y memoria de Bernal Díaz de Castillo, personaje al que estudia de manera apasionada. El lector del historiador Jorge tendrá la necesidad de regresar a la historia para entender la duda que Fabrizio les ha implantado y buscarán en la pluralidad que Hernández presenta en su erudito texto. Estoy seguro de que al leer otros libros de historia tendrán la necesidad de encontrar una prosa inteligente y propositiva que busque en los lugares más recónditos de la memoria y necesitarán regresar, forzosamente, a Jorge F. Hernández empezando por La Emperatriz de Lavapiés, pasando por Un Bosque flotante, brincando a Cochabamba y terminando en Alicia nunca miente.

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