Durante tres marchas multitudinarias recorrimos las principales avenidas de la Ciudad de México hasta llegar al Zócalo. No éramos acarreados ni convocados desde el poder, éramos ciudadanos comunes, familias, profesionistas, estudiantes, empresarios, jubilados. Algún distintivo rosa nos identificaba como parte de la Marea Rosa, expresábamos una preocupación compartida por el futuro de México, convencidos de que la democracia debía defenderse desde la sociedad. Muchos pensaron que aquella Marea Rosa sería un episodio pasajero, una protesta más destinada a desaparecer con el paso de los meses. Se equivocaron.
Contra el escepticismo, contra los obstáculos administrativos y contra un ambiente político poco favorable, ese movimiento ciudadano decidió dar un paso mas ambicioso: convertirse en partido político. Lo consiguió. Esta semana obtuvo su registro oficial. No es un hecho menor, es quizá el primer partido de los últimos años que nace genuinamente desde la sociedad civil y no como producto de una ruptura entre grupos del poder. Quienes caminamos aquellas calles sabemos que el objetivo nunca fue crear un partido, el propósito era sacudir a una ciudadanía que durante mucho tiempo permaneció silenciosa. Sin embargo, los acontecimientos fueron llevando al movimiento a una conclusión inevitable: si se quiere transformar al país, no basta con manifestarse, también hay que competir por el poder.
Ahora comienza la etapa más difícil. Obtener el registro fue un triunfo, conservarlo será un desafío. El verdadero reto consistirá en demostrar que Somos México puede representar a millones de ciudadanos que no encuentran cabida ni en el oficialismo ni en los partidos tradicionales. Deberá construir una organización nacional, presentar propuestas viables, formar liderazgos y convencer al electorado de poder ser una alternativa seria de gobierno. El liderazgo de Guadalupe Acosta Naranjo y de quienes impulsaron este proyecto será decisivo para demostrar que este esfuerzo ciudadano puede trascender la protesta y convertirse en una opción política con futuro. La existencia de nuevos partidos fortalece cualquier democracia, más voces significan mayor pluralidad, más ideas y mejores contrapesos. México necesita una oposición vigorosa, responsable y capaz de ofrecer alternativas.
Pero también conviene aprender de la realidad electoral. Morena conserva una estructura política sólida, una amplia presencia territorial y un electorado considerable. Frente a esa fortaleza, una oposición dividida multiplica candidaturas, dispersa votos y reduce sus posibilidades de competir con éxito. Por ello, el desafío no consiste únicamente en crear nuevos partidos, sino en construir acuerdos. Llegado el momento de la sucesión, la oposición tendrá que decidir si privilegia los intereses particulares de cada organización o el interés superior de construir una alternativa de gobierno. Si cada partido insiste en postular a su propio candidato presidencial, dividirá el voto opositor y fortalecerá al oficialismo. La historia demuestra que las oposiciones no sólo pierden porque el gobierno sea fuerte, también pierden porque son incapaces de unirse alrededor de un liderazgo común.
La Marea Rosa nació para unir a ciudadanos de distintas ideologías bajo una misma causa, la defensa de la democracia. Sería una contradicción que, convertida en partido político, terminara contribuyendo a la fragmentación de esa fuerza ciudadana. Porque al final, la política también obedece a una regla elemental: en democracia, sumar partidos fortalece la pluralidad; sumar candidatos presidenciales fortalece al oficialismo.
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