Septiembre es siempre un buen momento para hacer un diagnóstico de nuestra economía. Tenemos los datos de cuánto crecimos —o no— el primer semestre, Hacienda presenta el Paquete Económico, Presidencia da su narrativa de la situación del país y se van actualizando muchas perspectivas de cómo cerrará el año.
La economía mexicana creció 1.9% anual y 1.4% trimestral el segundo cuarto del año (INEGI, 2026). El mejor desempeño trimestral observado desde 2022, aunque también por debajo de la estimación oportuna. No deberíamos entender estos datos positivos —mayores a cero— como señal de recuperación o estabilidad. Primero, porque el primer trimestre del año la economía decreció 0.6% (INEGI, 2026). El rebote era casi natural. Luego, la actividad económica del trimestre fue baja a pesar del Mundial de fútbol. El indicador se contrajo en mayo y también en junio (INEGI, 2026). En todo caso, las señales son más bien de estancamiento.
El problema de la economía mexicana es estructural. Algunas de sus raíces están en las finanzas públicas. Los datos no solo muestran que sí hay deuda —como la ha habido siempre, incluso el sexenio pasado—, también reflejan que es alta y que sigue una trayectoria creciente. Actualmente, la deuda pública ya supera la mitad de la producción total del país: 54% del PIB. En 2027 se estima llegar al 55% (SHCP, 2026). Otras economías emergentes con trayectorias similares, como Brasil y Colombia, perdieron el grado de inversión una vez que llegaron al 60% del PIB (Aspe Armella, 2026). México está a un nivel de perderlo tras el recorte de calificación de Moody’s en mayo de este año, que también nos dejó con la nota más baja desde 2003.

El presupuesto de los últimos ocho años ha favorecido el gasto antes que la inversión. Algo así como cantidad sobre calidad. El gasto en programas sociales representa ya el 3% del PIB, mientras que la inversión pública sigue estancada en el 2% (Aspe Armella, 2026). No se trata de moralizar el tema, de que uno sea mejor que otro, ni de minimizar los resultados de pobreza del año pasado, que en parte se explican por las transferencias de los programas sociales. Pero sí de hablar de sostenibilidad. La falta de inversión, conjugada con la destrucción de instituciones, ha generado un enorme retroceso en acceso efectivo a derechos, que no se compensa con los programas sociales (Viñas Maguey, 2025).
La incertidumbre sigue siendo un factor común en lo económico y en otros terrenos. Desde enero teníamos en la agenda dos mundiales. En el deportivo nos quedamos en octavos de final. En el comercial seguimos jugando, también con gran riesgo de no concretar. Mientras la negociación del T-MEC esté abierta la incertidumbre seguirá apoderándose de la escena. Poco o nada importan las cortesías —o descortesías—, los discursos o las llamadas. Sin acuerdo el horizonte de inversión queda reducido de 16 años a tan solo uno.
México dejó de crecer y no solo en lo económico. Sí con un empujón de la pandemia, pero también por una serie de decisiones u omisiones que empezaron el sexenio pasado. Y lo más peligroso de esto no es ni el estancamiento, ni la deuda, ni el gasto improductivo per se. Lo más peligroso es la costumbre —la habituación—. Nos acostumbramos a la incertidumbre y al deterioro institucional, a no crecer, a los subsidios y programas sociales, a la falta de oportunidades laborales, a la informalidad. Estamos aprendiendo a normalizar el deterioro.
*Las opiniones aquí expresadas son exclusivamente del autor.
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