Gustavo Petro llegó a la alcaldía de Bogotá y a la presidencia de la república por el acuerdo de paz de 1990 del gobierno con la guerrilla del M-19. El grupo, en el que militaba, depuso las armas y recibió una amnistía para los delitos políticos (como rebelión, sedición y asonada), aunque no para delitos de lesa humanidad. El estado, así, permitió la participación política de sus exintegrantes.

No hay una resolución que atribuya a Petro responsabilidad personal en crímenes de sangre, aunque sus críticos sostienen que comparte responsabilidad por participar en un grupo que cometió asesinatos, secuestros y la sangrienta toma del Palacio de Justicia. Es muy posible que tengan razón esos críticos pero, jurídicamente, pudo participar y ganó elecciones.

El viernes pasado dejó el poder, aunque se negó a entregarlo como marca la constitución. Simplemente se retiró de la casa de Nariño, mientras el nuevo presidente, Abelardo De La Espriella, realizó un ritual político-religioso en su toma de posesión, ensalzando a los militares, previendo lo que viene para la República de Colombia: fumigaciones masivas a cultivos de coca, bombardeos (quizá en acciones conjuntas con Estados Unidos) a campamentos guerrilleros y a bandas del crimen organizado. Ominosamente, declaró que la opción del dialogo estaba “agotada” (horas después vinieron unas explosiones de parte de grupos armados y un sismo terrible: Colombia vive momentos muy difíciles).

El exguerrillero había llegado a la presidencia prometiendo algo que sonaba muy bien en el papel: la “paz total”. Significaba un alto el fuego con todos los grupos armados, fueran guerrilleros que no habían aceptado desmovilizarse con el acuerdo de paz de 2016, o con simples criminales. Hoy, a cuatro años de distancia, ese político que llevó por primera vez a la izquierda al poder, terminó su periodo acosado por escándalos en cada uno de sus flancos.

¿Qué causa la derechización?

Todos los comentaristas han abundado en la obviedad de que Latinoamérica entra en un nuevo ciclo político, virando hacia la derecha. Entre las causas está, por supuesto, la enorme influencia de Donald Trump y su grosero intervencionismo, que en casos como el de Honduras fue decisivo para que llegara al poder Tito Asfura, aunque en otros casos no explica de manera automática el viraje de izquierda a derecha. No basta con citar el intervencionismo para explicar el fenómeno. Para que un cambio tan radical se manifieste, debe haber un sustento, un hartazgo de la gente. Todo indica que una buena parte del electorado se hastió del machacón discurso ideológico y de la cuasi enfermiza necesidad del presidente de confrontarse todo el tiempo con todo el mundo. Más que el debate entre derecha e izquierda, más bien quiso cambiar hacia una política de resultados.

El viejo guerrillero llegó al final de su fallida presidencia en un completo derrumbe moral. Con cada paso que daba para tapar otro caso de supuesta corrupción, con cada discurso en que profería un disparate todavía mayor que el anterior, se iba hundiendo más… hasta terminar en caída libre.

No escatimaremos en lo positivo, como subir el salario mínimo y la disminución de la pobreza (8.3%, gracias a los programas sociales). También, dio voz a sectores que no eran escuchados. Pero, ¿basta eso para que la historia lo recuerde bien? Difícilmente. Hace unos días viajó a Cuba, sin que los colombianos supieran cuál era la necesidad de ese viaje presidencial. Quizá fue para darse un último baño de doctrina revolucionaria (aunque tal vez se sorprendió de que ahora en esa isla el régimen abraza con mucha convicción el libre mercado). Fueron casi 80 viajes los que realizó. En conjunto, 276 días fuera del país; casi nueve meses.

En uno de sus despropósitos, anunció que su deseo más hondo y profundo era visitar, como último viaje, el lugar donde se habían esparcido las cenizas de Albert Einstein. Es posible que, como esbozaron algunos observadores, que ese lance ridículo-poético fuera para tantear el terreno con las autoridades estadounidenses y ver si le regresaban su visa (y de paso si lo retiraban de la lista de la OFAC, la Oficina de Control de Activos Extranjeros).

Constelación de escándalos

Gobernar por X, trinar frenéticamente en las madrugadas, y que eso se convirtiera en ocasiones en conflictos diplomáticos, se convirtió en paisaje cotidiano. Desde inicios de su administración surgieron los escándalos, como el caso de Laura Sarabia, una jovencita de 28 años desconocida y sin credenciales de gobierno, a quien nombró jefa de gabinete, entregándole un enorme poder. Luego vinieron los audios filtrados en los que su mano derecha, Armando Benedetti, le confesaba a la citada Sarabia que había conseguido para la campaña petrista 15 mil millones de pesos, advirtiéndole: “si yo hablo, nos vamos presos todos”.

Su hijo Nicolás, a quien confesaba (quizá presumiendo) que no lo pudo criar por andar con la guerrilla, no estuvo exento: aceptó públicamente que derivó cientos de millones a la campaña de su padre (aunque luego cambió su testimonio). Incluso los militantes de su propio horizonte político terminaron negándolo ante el cúmulo de evidencias de su pésimo gobierno. “Petro llegó al poder prometiendo que el cambio comenzaría por la ética pública –escribió Juan Carlos Manrique–, y cuatro años después lo que vemos es un macrocaso de corrupción con un patrón de comportamiento: la mirada defensiva de Petro”. El periodista cita más de 30 escándalos de corrupción, el peor de todos el de la UNGRD, con 380 mil millones malversados, y otros que implicaron “tramas de sobrecostos y contratos”, que terminaron con algunos de sus funcionarios huidos a Nicaragua.

La lista de corruptelas prosigue: “Ecopetrol, Hocol, Ricardo Roa, Covington y los 5.9 millones de dólares; el bloque Sinú 9; el clan Torres; las denuncias del Fondo Adaptación; las de Eva Ferrer sobre Verónica Alcocer y la llamada ‘danza de los millones’”. A Angie Rodríguez, una relevante excolaboradora, cuando ésta se hartó y empezó a denunciar las corruptelas, la amenazó diciéndole que con él no se metiera porque había sido guerrillero, por lo que, según su testimonio, temió por su vida.

La desvergüenza que exhibió con las diversas mujeres que lo rodearon y que se acabaron enriqueciendo, quedará en la memoria de los colombianos, que de ineludiblemente recordarán a un mandatario ausente. Hubo numerosos casos, pero quizá el peor fue el de Juliana Guerrero, a quien le dio un enorme poder en el Ministerio del Interior y en otras dependencias, pese a que sólo tenía 24 años (después se descubrió que ni siquiera había terminado la universidad). Fue señalada por empresarios de encabezar, junto con su hermana Verónica, un esquema de tráfico de influencias: cobraban 1 millón de pesos por una reunión inicial, exigían un anticipo de 200 millones para gestionar contratos públicos y pedían una comisión del 10%.

Tanto el caso de Guerrero como el de Gabriela Muñoz despertaron en la sociedad la certeza de que el presidente se había desviado de sus tareas por el gusto por las mujeres, del que también alardeaba. De Muñoz, una joven de tan solo 20 años, presumía que era muy “hermosa”, y a pesar de que ella seguía siendo estudiante obtuvo una influencia desproporcionada dentro de la oficina de Aeronáutica Civil (Aerocivil), por las presuntas contrataciones irregulares de ella, su hermano y tres primos dentro de la entidad. Figuras de su gabinete denunciaron que el trato de Petro con esas “señoritas” se trataba de “relaciones raras, difíciles de explicar”.

Su obsesión de hablar de sexo en todo momento se fue acrecentando. Alardeaba de que era un buen amante. Dijo que Jesús debió haber hecho el amor, y en otra ocasión afirmó que "una mujer libre hace lo que se le dé la gana con su clítoris y con su cerebro y, si sabe acompasarlo, será una gran mujer", declaración que generó una fuerte controversia pública, una tutela judicial en su contra y su posterior retractación formal por orden de un juez.

De igual modo, sin aclarar el estatus de su relación con la primera dama, se presentó en Panamá de la mano de otra mujer, Vanessa Cortés quien, según las investigaciones periodísticas, pasó de ganar 3 millones a tener ingresos y bienes por más de 1,200 millones. Inevitablemente, en las redes se empezó a hablar del “harén” del presidente.

Iván Gallo, un izquierdista de cepa que lo había acompañado desde los primeros días, pero que resultó tener una honestidad intelectual que, lamentablemente, no se puede achacar a otros, explotó y dijo que la presidencia se había convertido “en una guarida que produce un escándalo diario, todo un circo que se reduce a la bajeza de revivir viejas batallas en las sábanas con muchachas que podrían ser sus nietas”. “En lugar de protestar que hubo ‘fraude’ electoral”, escribió Gallo, “si fuéramos congruentes, más bien hoy deberíamos todos protestar contra ese asqueroso ‘afterparty’”.

Es la economía (y la seguridad) estúpido

Mientras esto pasaba, la economía del país llegaba a un riesgoso 6.4% de déficit, dado que, como bien constataron los argentinos y los venezolanos en su momento, los programas sociales se tienen que pagar con algo. Se fue de Nariño dejando un faltante de 117.8 billones de pesos colombianos (unos 29 mil millones de dólares). Además, la deuda bruta del Gobierno aumentó hasta 65% del PIB, por lo que De la Espriella ha anunciado un programa de austeridad y congelamiento del gasto, para evitar un mayor deterioro de las finanzas públicas.

La llamada Paz Total se convirtió en uno de sus más sonados fracasos. Al finalizar su mandato solo un grupo menor había firmado un acuerdo, mientras que las principales organizaciones armadas duplicaron su tamaño, pasando de tener alrededor de 14 mil integrantes a cerca de 29 mil. Los cultivos de coca alcanzaron un récord de 261 mil hectáreas. El secuestro aumentó 103%, según una verificación de ColombiaCheck basada en cifras oficiales. En cuanto a la extorsión, las denuncias pasaron de alrededor de 10,800 casos en 2022 a más de 15 mil. La gente se volvió a sentir insegura, como en los peores años de la violencia del narco.

El negacionista electoral

Fueron tal su alud de dichos y tuits, a cuál más bizarro, que hoy en Colombia ya muchas voces piden que se establezca un examen de aptitud mental como condición previa para llegar a la presidencia. Pero quizá el lance más lamentable de Petro fue su negacionismo electoral. Al final, derrotado y resentido, exhibió un talante antidemocrático que se compara al de ultrarradicales de todo signo, como Donald Trump cuando perdió con Biden, o como Bolsonaro, en Brasil. En su suprema irresponsabilidad, denunció un supuesto fraude sin presentar ninguna prueba, pese a que todas las instituciones avalaron el resultado en las urnas. Llamó a crear las llamadas "guardias libertadoras" (sic), dejando abierta la posibilidad de que tomaran las armas. Las fuerzas armadas tuvieron que decir que no permitirían la ruptura constitucional.

Sucede muchas veces que a un radicalismo le sigue, como reacción, otro de signo contrario. Como ha sucedido en otros países donde ha gobernado la ultraizquierda, Petro deja una estela de inseguridad pública, pésima gobernanza y abultado déficit, que será difícil recomponer y que afecta a la calidad de vida de la población. Una lástima porque a quien afecta este precedente es a la izquierda misma, que no debería de merecer esa reputación. Pero ahora es demasiado tarde, en lugar de un izquierdista moderno y moderado, o de un presidente o presidenta centrista, como lo pudo haber sido Paloma Valencia, la gente en su hartazgo votó por la ultraderecha.

A los colombianos sólo les queda esperar que el nuevo presidente no gobierne de forma tan radical como indica su retórica. Si De la Espriella consigue reducir la violencia sin violar los derechos humanos, y atraer inversión y recuperar el crecimiento sin descuidar a las clases desfavorecidas, podría consolidar un nuevo ciclo político de derecha o centroderecha en Colombia, que vaya más allá de otra vuelta en sentido opuesto. Si fracasa, es muy posible que el péndulo vuelva a moverse hacia la izquierda en la siguiente elección, y quizá con un renovado radicalismo.

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