Ruego al respetable una disculpa por no sumarme a lo que Echeverría hubiera llamado el coro fácil de los ya no tan jóvenes sobre el Mundial en México. Entiendo a los colegas que con sinceridad exaltan las “extraordinarias” virtudes que el futbol despertó en el alma nacional; comprendo también a quienes nos enaltecen a sabiendas de las falsedades que reparten por miedo a nadar contra el maremoto de autofelicitación y patrioterismo ramplón. Miedo que comparto. No sé lo suficiente para determinar si fuimos la mejor afición, la mejor sede, la mejor selección nacional de todos los tiempos, los mejores anfitriones, ni siquiera si ya pudimos tirar al cesto de la historia el “chip” colonial, o el complejo de “losers” que nos han (hemos) endilgado durante años.
Pero sí sé algo de cultura, de potencias culturales, y de Estados Unidos. A diferencia de Claudia Sheinbaum, que se aventó la gracia de pronunciar una de las declaraciones más incultas, más mezquinas, más resentidas que le he escuchado a un presidente de México, y conste que la vara no es muy alta. Aquí va: “Hay países que, como Estados Unidos, por ejemplo, que es una potencia económica, pero no es una potencia cultural. Allá lo más importante siempre es el dinero, la acumulación, el tener más… Y en México, pues, somos potencia cultural”. Dejo a un lado las tonterías sobre “el poderoso caballero”; el lugar del dinero en la historia y la sociedad norteamericanas ha sido objeto de tantas explicaciones que hasta la Presidenta debe haberse topado con ellas.
No tengo mucho que agregar a las listas del excelente artículo de Sergio Sarmiento ayer en Reforma, o a la culta ironía de Román Revueltas en Milenio, ayer también. Ambos nos recuerdan las cimas de la cultura norteamericana más icónica, y por espacio seguramente no incluyen todo lo que ha transformado esa cultura en algo mucho mayor: una civilización, que por cierto, gasta más en cultura que cualquier otro país del mundo, a pesar de carecer de un Ministerio de la misma. Me refiero a la gastronomía sincrética, la vestimenta, la publicidad, el idioma, los deportes, la televisión. Estados Unidos es hoy, y por lo menos desde la Segunda Guerra Mundial, la potencia cultural por excelencia.
Sheinbaum le hace un flaco favor a la cultura mexicana al reducirla a los aportes de los pueblos originarios, haciendo a un lado las maravillas barrocas de la época colonial, la increíble potencia del muralismo, y las proezas más contemporáneas de la arquitectura mexicana. Pero si Uxmal, Palenque, Chichén, Yachxilán y Teotihuacán son pilares de un vigor cultural milenario, Frank Lloyd Wright, Richard Myers, Frank Gehry e I.M. Pei lo son también. Hablando de la pirámide del Louvre de Pei, por cierto, no sé en donde colocaría a Francia nuestra culturóloga, con más premios Nobel de literatura que cualquier otro país (16). Estados Unidos presume 12; toda América Latina 6, incluyendo a un mexicano.
El problema de Sheinbaum no radica en su sublime ignorancia de la cultura en general o de Estados Unidos. Proviene del mismo provincianismo de su predecesor. Solo que si puedes sacar a López Obrador de Tabasco, pero no puedes sacar a Tabasco de López Obrador, no se puede afirmar lo mismo de Sheinbaum. Los corresponsales extranjeros la glorificaron como una nueva Merkel, con un conocimiento del mundo y de Estados Unidos por haber realizado investigaciones allí (Berkeley) y haber residido allí (en Palo Alto, cuando su marido cursaba un doctorado en Stanford). A diferencia del aldeano de Macuspana, los enviados de medios y las embajadas en México concluyeron que ella sí disponía de una visión global. No tenían idea de lo que decían.
La raíz de la visión insular de Sheinbaum proviene de otra fuente: un anti-americanismo que se asoma ya casi diario en las mañaneras. Por razones que desconozco, pero que probablemente no sean muy distintas de las de muchos descendientes de inmigrados en México (un papismo desenfrenado), su rechazo a todo lo americano y su valoración de todo lo “nativo” es pasional. Le brota de un clásico desprecio por los valores clase-medieros del vecino del norte, por el llamado materialismo gabacho, por la proliferación de “pinches gringos marihuanos” en todo el país, por la superioridad infinita de la sólida, solidaria, amorosa familia mexicana (como la de Los Olvidados, por ejemplo, hablando de cultura cinematográfica) por sobre la descompuesta, violenta, enfermiza y agonizante familia estadounidense.
Claudia tiene un “chip on the shoulder” con Estados Unidos, que le quiere inculcar a toda la sociedad mexicana. Dejo a los cultos traducir esta expresión arquetípicamente gringa. No le debe costar mucho trabajo a los gobernantes de una potencia cultural.
Excanciller de México
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