Ya se acabó el Mundial y dizque ya hay que volver a trabajar. El gobierno y sus apologistas han tratado de ponerle la mejor cara a los decepcionantes resultados económicos de la fiesta. El dato más pertinente, ya disponible en ChatGPT, es el de las llegadas de pasajeros internacionales al AICM, a Guadalajara y Monterrey. En el primer caso, en junio del 2026 llegaron 734,260 pasajeros, comparado con 719,411 en junio del 2025; en Guadalajara las salidas y llegadas del 2026 fueron 686 mil, las del 2025 fueron 642 mil; en Monterrey, los datos equivalentes son 394 mil en 2026 y 372 mil en 2025. Esto significa que prácticamente no hubo una mayor afluencia de turistas extranjeros, ya que salvo la posibilidad de que algunos hayan ido a Monterrey en coche desde Estados Unidos, básicamente los viajeros foráneos a México vienen en avión (salvo tal vez los cubanos que huyen nadando a Isla Mujeres).
La mejor cara es resignarse a que efectivamente los datos económicos no estuvieron ni remotamente a la altura de lo anunciado o de lo esperado; estudios como los de Deloitte, BBVA, Citi, CNET, etcétera, lo demuestran claramente. Pero en cambio, las consecuencias para la imagen internacional de México fueron y serán, sobre todo en el futuro, muy positivas y significativas. Dividen esta conclusión en tres partes. Primero: México demostró que era capaz de organizar un evento internacional de esta magnitud. Segundo: la afición mexicana, junto hasta cierto punto con la selección, demostró que es a la vez entusiasta y pacífica (no hay mexihooligans). Y tres: el mundo entero vio cómo los mexicanos la pasamos muy bien cuando queremos, y los visitantes extranjeros, por pocos que sean, cuando vienen, también se divierten mucho.
Sobre lo primero, huelga decir que no es precisamente un logro ratificar lo que México ya había confirmado desde 1968 con la organización de la olimpiada, en 1970 y 1986 con los dos mundiales, y que muchos otros países del entonces llamado Tercer Mundo ya lo habían hecho también. Me refiero a Brasil con Olimpiada y Copa, a Sudáfrica con mundial, a Corea del Sur en 1988 (entonces todavía perteneciente al Tercer Mundo) con la Olimpiada, y Argentina en 1978, (aunque ellos siempre se consideran más occidentales que de Tercer Mundo, pero en realidad lo son igual o más que nosotros). A estas alturas, creer que realizar trece partidos durante un mes con escasa afluencia externa, pero efectivamente sin violencia, es una verdadera hazaña, me parece revelar que nuestra autoestima no es precisamente gloriosa. Pero en fin.
En cuanto a que la afición mexicana es apasionada y relativamente tranquila, creo que, efectivamente, eso quedó ratificado ante el mundo, suponiendo que el mundo haya prestado mucha atención a dicha afición. Creo que el entusiasmo de los que acudieron al Azteca en particular, sí sorprendió y complació a muchos observadores internacionales, y el hecho de que “sólo murieron cinco personas” en los festejos (no precisamente un saldo blanco) es algo que puede ayudarnos a la larga para contrarrestar la lamentable imagen de violencia en México que ha proliferado por el mundo entero, sobre todo a partir de la ejecución del Mencho en Tapalpa hace unos meses. Dicho esto, cuando uno ve los festejos de las selecciones de Argentina, por ejemplo, antes de su derrota en la final, o de España después de la victoria, lo menos que se puede uno preguntar es si realmente nuestra afición es tan aficionada o tan excepcional como creemos los mexicanos. Como México no hay dos, salvo la gran mayoría de los países del mundo, que suelen revestir los mismos atributos —vicios y virtudes— de los demás países. En eso, en parte, consiste la globalización.
El tercer tema es el más controvertido. Efectivamente, desde hace muchos años, México alcanza un ranking mundial en materia de fiesteros y felices muy elevado. Hace ya más de quince años cité una encuesta en Mañana o pasado: El misterio de los mexicanos. Revelaba que los mexicanos éramos los más pachangueros del mundo, y distintos índices de felicidad recientes también nos otorgan un muy buen lugar en esa jerarquía. El tema, sin embargo, consiste en definir qué tipo de imagen proyecta el país del millón de personas celebrando una “victoria” en el Ángel repetidas veces. El país de “quiere volar”, de “nadar” en los charcos, de consumir increíbles volúmenes etílicos en la vía pública, y después abandonar volúmenes equivalentes de basura en la misma vía pública, y en general de pasarla muy bien, puede ser visto —esto es discutible— como una reiteración de la tradicional imagen del mexicano en el mundo. No es la visión del campesino con su sarape y su sombrero dormido debajo de un nopal, pero sí de la pachanga, del desmadre, de la alegría cuando no se cae en la tristeza y la depresión de la cruda, de pasarla muy bien, pero no necesariamente de trabajar tanto.
Por un lado, esta es la imagen de una sociedad en paz consigo misma —a pesar de la violencia— posiblemente satisfecha con su destino en la vida, y en todo caso, nada depresiva o triste —como se supone que son los argentinos, por ejemplo, o algunos escandinavos. Pero, por el otro, no sé si es la imagen de lo que antes se llamaba primer mundo, que quizás también haya sectores de la sociedad mexicana que quisieran verse reflejada en el mundo. Me gustaría ver un estudio de medios internacionales de cómo informaron sobre México durante el mes y pico del mundial. Seguramente el gobierno lo ha realizado o mandado hacer. Ojalá lo divulguen para que podamos formarnos todos una opinión, y no depender sólo de puntos de vista, posiblemente sesgados, como este.
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