Si América Latina hizo alguna contribución original a las ciencias sociales, no fue haber inventado el populismo, sino haberlo convertido en vocación de poder y fe casi sacerdotal en la promesa de repartir desde el Estado lo que la sociedad no logra producir. Durante mucho tiempo se creyó que esa religión política descendía desde las alturas y que su credo era inoculado por caudillos y camarillas de iluminados que administraban al pueblo virginal su dosis de redención.

El caso colombiano, sin embargo, añade una mutación más sombría a ese repertorio. El populismo ya no cae del cielo como prédica de profetas de ocasión, sino como una fiebre popular que asciende desde abajo, desde una multitud ávida que convierte todo límite en traición y toda crítica en conjura del enemigo interno. Así, el escándalo deja de desgastar; convoca. Al caudillo ya no se le exige mesura, verdad ni rectificación, sino furor, la encarnación obstinada de la promesa y del agravio acumulado de los suyos.

Ese es el resorte profundo que explica las posibilidades de triunfo en primera vuelta del candidato de izquierda radical Iván Cepeda en las elecciones colombianas del 31 de mayo o, de no lograrlo, su muy probable victoria en el balotaje del 21 de junio. Ese desenlace operaría, además, como el primer cortafuegos frente a la ola de derecha que empezó a recorrer América Latina tras la reelección de Daniel Noboa en Ecuador, en abril de 2025, al calor de Donald Trump. Claro que no faltan los huérfanos del antiguo poder, ni los oficiantes del establecimiento, empeñados —como en 2022— en practicar gimnasia demoscópica y vestir ciertas encuestas con traje de gala. Ignoran el clima de la calle y el pulso de los sectores populares. Olvidan, sobre todo, que la derecha solo converge, y con dificultad, en su aversión a Gustavo Petro y al socialismo del siglo XXI.

Esa sed de populismo es también el nervio oculto para entender la rareza casi clínica del petrismo. El mandatario colombiano no gobierna montado sobre una maquinaria compacta como la del chavismo, ni desde una liturgia obrera semejante a la del peronismo originario, ni siquiera bajo el abrigo providencial de una notable bonanza económica. Gobierna más bien desde el prodigio inverso de acumular torpezas con obscenidad casi metódica, sin que el hechizo termine de romperse. Al cabo de su primer año, el inventario era tan copioso e inverosímil que cabía imaginar una revuelta popular o, al menos, el entierro electoral de la izquierda por varias décadas.

Pero el colapso intuido no acudió a la cita; empezó a producir espejismos. Bastó que el país siguiera en pie para que muchos confundieran la capacidad de aguante con una supuesta fortaleza institucional; otros creyeron conjurado el incendio al ver regresar algunos capitales y a la bolsa superar sus marcas históricas. Se pensó entonces que lo de Petro sería un trago amargo, pero pasajero.

Bajo esa superficie se movieron fuerzas que escaparon a la mayoría de las previsiones. La primera fue una fiebre social que nadie supo medir. La de un pueblo que, lejos de apagar la llama, sopló para avivarla, empujó al líder a perseverar en sus excesos, absolvió sus extravíos y convirtió sus desórdenes y abusos en pruebas de autenticidad. De pronto, el líder recobraba el fulgor de la popularidad. Aquello también podía leerse como el corolario lógico de una sociedad exhausta, con tan exiguo repertorio de porvenir que su elección presidencial de 2022 acabó reducida a un duelo entre dos desmesuras. En aquella ocasión eligió a Petro, quien al menos alimentaba la ilusión de los atajos y prometía despojar a la figura presidencial de la hipocresía solemne que suele recubrirla en esa geografía convulsa.

La segunda fue la penuria política de la alternativa. El populismo podía insinuar su derrumbe, pero eso no equivalía a una catarsis en el largo expediente de quienes cultivaron la soberbia como virtud y se creyeron durante décadas predestinados a ocupar la cúspide social; élites que se concebían a sí mismas como depositarias naturales del mando. Mucho menos anunciaba el nacimiento de un proyecto político, como si la simple fatiga del adversario tuviera por sí sola la virtud de devolverles el poder.

En tercer lugar, Colombia ha mantenido e incluso agravado la violencia y la inseguridad, por no hablar de una corrupción desbocada; aun así, en muchos sectores sociales cunde una indiferencia conveniente y socarrona. No es solo resignación ni simple anestesia cívica, sino un soterrado consentimiento político, como si el populismo que prende desde abajo hallara recompensa en la módica revancha de ver desplazados a quienes se presumían guías naturales del pueblo. De ahí que el miedo fermente en quienes presienten la deriva que abriría un triunfo de Cepeda, aunque el país dista mucho de vivir la agitación y el desasosiego propios de las antesalas de un cambio de rumbo.

En últimas, no se necesita una figura providencial ni un Estado corroído por completo para que una sociedad acabe entregándose a aventureros y demagogos. A veces la empuja una fuerza más mezquina y persistente, la insaciable sed de populismo.

Analista político e internacional

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