Ana Carolina Gómez Rojas

Profesora-investigadora del Instituto Mora

El pasado 26 de agosto las redes sociales se “inundaron” temporalmente con imágenes del gran desastre de Nepal. El colapso de una masa de hielo y roca en el Himalaya produjo una corriente de lodo y escombros que arrasó poblaciones e infraestructuras. Vimos familias buscando desaparecidos y rescatistas intentando llegar hasta trabajadores atrapados en túneles, pero después llegaron otras noticias, y nosotros seguimos “scrolleándolas” hasta encontrar otra que nos volviera a llamar la atención. Dos semanas antes, el fuerte terremoto en Colombia había ocupado el lugar, y dos meses antes, una catástrofe similar nos hacía mirar hacia Venezuela.

Dependiendo de las preferencias que entregamos inconscientemente al algoritmo de las redes sociales, hay muchas otras noticias que aparecen y desaparecen velozmente según el perfil que la tecnología va creando para cada uno. Son noticias que nos conmueven, nos producen ansiedad -en algunos casos, nos invitan a dar un click para donar y liberarnos de cierta sensación de culpa-, y luego, se olvidan en el alud de nueva información. Es así como guerras, elecciones, crisis políticas y catástrofes compiten cada día por nuestra atención. Uno de los desafíos es que, en ese flujo incesante, incluso aquello que tendría que obligarnos a detenernos desaparece antes de que alcancemos a procesarlo e integrarlo.

En medio de ese volumen informativo, también encontramos muchas reflexiones publicadas (y pocas veces leídas) sobre la era de sobreinformación en la que vivimos. Voces como la de Byung-Chul Han nos advierten sobre la fatiga informativa y la incapacidad de discernimiento que de allí se desprende. Si nos detenemos un poco, podemos reconocer que esa incapacidad no es fortuita, y que nuestra falta de atención no es un “defecto individual” que se supera a punta de buena voluntad. Al respecto, Yves Citton nos propone entender que nuestra atención se configura dentro de ecologías atencionales, es decir, a partir de medios, instituciones, tecnologías, ritmos laborales y dispositivos que determinan qué se vuelve visible y qué permanece fuera de campo.

Y mientras terminamos “bombardeados” por un número desbordante de datos que no podemos jerarquizar y que, por lo tanto, producen ansiedad o parálisis, resulta que también estamos alimentando una economía que extrae valor de cada búsqueda, de cada emoción y gesto. A este proceso de apropiación y valorización de nuestra vida cotidiana podemos llamarlo, extractivismo de datos, o según Nick Couldry y Ulises Mejias, colonialismo de datos.

Pero volvamos al inicio ¿Qué relación tiene nuestra forma de consumir, producir y almacenar datos con desastres como el de Nepal? La conexión aparece cuando reconocemos que la economía digital, pese a su apariencia inmaterial (con metáforas como las de la nube), depende de electricidad, agua, minerales, centros de datos y muchas, muchas personas precarizadas. Recientemente, la ONG Conexiones Climáticas retomaba el informe del World Resource Institute para explicarnos cómo los servidores necesarios para sostener la infraestructura de datos trabajan día y noche, produciendo enormes cantidades de calor que requieren grandes volúmenes de agua. Ello produce vulnerabilidad en el acceso a la energía, escasez hídrica, contaminación, ruido y cambios en el uso del suelo. De este modo, el extractivismo de datos comparte con el extractivismo convencional una misma racionalidad que consiste en tratar como recursos disponibles tanto a la naturaleza como a la experiencia humana. Extraemos energía de los ríos, minerales de las montañas y atención de nuestras vidas, como si ninguna fuente tuviera límites.

Y en el caso de Nepal, se trata de un territorio que ocupa una doble periferia, pues mientras que su contribución a las emisiones mundiales es mínima, soporta desproporcionadamente las consecuencias de la crisis climática del Himalaya producida, entre otras cosas, por la devastación de la naturaleza derivada de los múltiples extractivismos. El caso nos obliga a preguntar qué hay de natural en los “desastres naturales”, y qué tanto nuestro nivel de distracción nos impide reconocer relaciones entre los distintos fenómenos, más allá del tradicional discurso de la gestión de riesgos.

Lo que quisiera señalar es la existencia de una racionalidad que vuelve visibles los territorios por aquello que pueden suministrar y mantiene en segundo plano las vidas que los sostienen. Esta misma racionalidad convierte en espectáculo fenómenos como el de Nepal (o el doloroso y televisado genocidio en Gaza) mientras emplea la inteligencia artificial para diseñar estrategias bélicas, ampliar los mecanismos de vigilancia y sustentar un sistema de especulación financiera. Y el lugar que está ocupando la ciudadanía es la de espectadora y consumidora de contenidos, mientas nos aislamos cada vez más detrás de nuestras pantallas.

¿Qué significaría entonces prestar atención? Prestar atención a Nepal, Venezuela, Colombia, Palestina, o cualquier territorio cruzado por la acumulación de extractivismos y despojo no significa contemplar sus imágenes durante más tiempo, sino reconstruir las relaciones que el flujo informativo está fragmentando, y tender los puentes de las relaciones de causa y efecto que se nos están escapando en medio de tanto ruido. Sin esa comprensión inicial, será difícil salir de la lógica de consumir “el dolor de los demás” (parafraseando a Susan Sontag) que nos conmueve e indigna unos instantes, pero que nos impide comprender las causas del sufrimiento y las condiciones históricas, geopolíticas y espaciales que lo produjeron.

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