Si todo lo maquillan, los homicidios, las desapariciones, ¿por qué no iban a maquillar una ciudad en ruinas? Ocultar es la especialidad de estos gobiernos. Hace unos días la jefa de gobierno Clara Brugada anunció la empresa épica que su gobierno iba a emprender:
“Llenar de color lo que antes era gris, construir utopías, dibujar murales, transformar el espacio público, pintar de morado feminista”.
Así que mandó a cuadrillas enteras a pintar la orilla de las banquetas, los puentes peatonales y otras ruinas. La ciudad sigue igual de gris, y con los mismos problemas de agua, transporte, drenaje, alumbrado e inseguridad.
Quién sabe cuántos millones se han tragado los morados mundialistas. A un tráfico de por sí infernal se ha sumado ahora el ocasionado por los pintores de brocha gorda que cierran carriles para llevar a cabo la transformación, la magna obra con que México va a obsequiar al mundo.
El Metro echa humo, se inunda y presenta impetuosas cataratas en los días de la lluvia. El aeropuerto es un desastre (el otro, un chiste). Todos los servicios son insuficientes, las banquetas están hechas una ruina y en algunas calles hay baches que son trampas mortales.
“Lo que antes era gris” se halla cubierto de manera permanente por los toldos de colores de los vendedores ambulantes. Y no hablemos de los bloqueos, que son ya una forma de sobremorir en la CDMX.
Tuvieron años para prepararse para el Mundial, pero lo único que hicieron fue intentar esconder los coches, mediante el recurso de modificar el calendario escolar (fracasaron), y sacar del botiquín de emergencias el estuche de maquillaje para “ajolotizar” la ciudad (fracasaron también).
“Qué lamentable que esa sea la crítica que se nos hace”, se lamenta la jefa de gobierno.
A vuelta de rueda, contemplando los brochazos que hicieron contra toda normativa, y como de costumbre, sin consultar a nadie, recuerdo el Mundial que se celebró en México hace justo 40 años, en 1986.
Colombia había renunciado a ser sede de la Copa del Mundo en 1982 y hubo casi un año de jaloneos entre Estados Unidos, Brasil y Canadá. Cuando llegó la noticia de que la FIFA había decidido que México entrara al quite (entre otras cosas, había cumplido el requisito de contar con 12 estadios, uno de estos con capacidad mayor a 80 mil personas), la cuenta regresiva hacía mucho tiempo que había comenzado.
Recuerdo aquella ciudad. Quienes no la conocieron pueden acercarse a ella en las películas que se filmaron en aquellos años. Por más que la nostalgia la maquille, era caótica, sucia, vieja, insegura, contaminada y sobrepoblada (14 millones de habitantes).
El gobierno de López Portillo había dejado al país en quiebra y ni siquiera el Pacto de Solidaridad Económica lanzado por De la Madrid lograba detener la inflación. Bandas de asaltantes se metían a las casas para amarrar a sus habitantes y saquearlas a gusto.
Para colmo, ocho meses antes de la inauguración había llegado el mazazo del 19 de septiembre de 1985. Había escombros, edificios derruidos y edificios sin ventanas a punto de caerse por todos lados. Los Ejes Viales no resolvían el tráfico, abordar un Ruta 100 era un milagro y el Metro era desde entonces una puerta al infierno. Un infierno mucho menor, pero un infierno al fin.
Eran los días de Hoy Mismo con Guillermo Ochoa, de 24 Horas de la Tarde con Lolita Ayala y Abraham Zabludovsky, de El Mundo del Espectáculo con Paty Chapoy. “Cuna de lobos”, “La carabina de Ambrosio”, XETU con René Casados. Los niños veían He-Man y Mazzinger Z. Acababa de llegar a la ciudad el Videocentro: una maravilla en tiempos en que la televisión cerraba transmisiones a las 12 de la noche.
Pedro Ramírez Vázquez había planeado para el Estadio Azteca nueve decoraciones distintas. Recuerdo, entre estas, piñatas y mariposas. A pesar de la ciudad destruida y de los graves problemas del país, a pesar de los sonados fracasos de la Selección (en un partido de preparación perdió 5-0 frente a Italia y el desconocido que la dirigía, Bora Milutinovic, carecía de experiencia en partidos internacionales), a pesar de las marchas contra el Mundial que se desataron (“¡No queremos goles, queremos frijoles!”), el Mundial prendió desde mucho antes de la inauguración.
La imagen de Pique, la mascota de la Copa Mundo, creada por un grupo de estudiantes de la Ibero que ganaron un concurso en el que se recibieron más de 16 mil diseños (ver la extraordinaria crónica de Francisco Javier González, “El 86, el año en que México cambió al mundo”), salía al paso en todos los rincones. La frase del diseñador Rubén Santiago, ganadora del mismo concurso, “El mundo unido por un balón”, sería considerada la mejor en la historia de los Mundiales. Explotó además el famoso comercial de Carta Blanca, al que la visión de cinco o seis segundos de la bellísima Mar Castro, la Chiquitibum, le permitió quedarse para siempre.
Al final se vendieron más de dos millones de boletos. La rechifla que recibió el día de la inauguración Miguel de la Madrid, transmitida a 400 millones de personas en todo el planeta, permite entender la generosidad de la presidenta Sheinbaum, quien ha preferido obsequiar su boleto.
Francisco Javier González recuerda que en uno de los partidos de la Selección se fue la luz en la cabina, justo cuando comenzaba a escucharse el Himno, y que entonces el estadio colmado por más de 100 mil personas lo entonó, inolvidablemente, a capela.
Fue un Mundial histórico en muchos sentidos. El Mundial de Maradona, y de ese poema de gol que le anotó a Inglaterra (no hablo del de la Mano de Dios). El del gol más bello en la historia de la Copa del Mundo: el que metió de tijera, en el partido contra Bulgaria, Manuel Negrete.
La Selección se descarriló al final de la peor manera, en una penosísima tanda de penales. Pero aquel fue un Mundial perfecto en una ciudad en ruinas.
La Copa del Mundo regresa cuatro décadas y encuentra otra ciudad en ruinas. Ajolotizada, pero en ruinas, y sin Chiquitibum.
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

