En un poema favorito que se titula “Mi corazón de amerita”, López Velarde (nuestro jeroglífico mexicano en versión ciudadana y masculina) escribe un esbozo de su corazón atribulado, que palpita bajo el peso del dolor y del placer, y fantasea con sacarlo a “conocer el día” en un largo paseo del alba al atardecer.
Juntos, él y su corazón, verían escenas hermosas y alucinantes, desde los astros hasta “el perímetro jovial de las mujeres”, una imagen simpática para describir los gluteos con gluten de unas señoritas que pasan por ahí. Claro, en el México que se acerca cada día más —cuando los, las y les komisarios de la “agitprop” gubernamental decidan que ya pueden censurar qué puede publicarse y qué no— ese verso será tachado con una denuncia adjunta: López Velarde cometió sexismo, misoginia, masculinismo dominador, estereotipo subyugante y, ya de plano, cometió violencia poética de género.
Luego de observar esas caderas deambulantes, el poeta se recoje. Aspira ahora a subir una “cumbre enhiesta” desde la que lanzará su sombrío corazón “como sangriento disco a la hoguera solar”. Es un curioso arrebato: anhela un sacrificio autopunitivo pero también una consagración apoteósica (es decir, una deificación, si se atiende la etimología). Es muy conmovedor.
Ya descorazonado, López Velarde desea que con su corazón se consuman otros de sus pesares. Aspiraría a alcanzar una absoluta impasibilidad, mitad zen y mitad zacatecana. Lograr que ya nada lo agobie, que le sea extirpado “el cáncer de mi fatiga dura” y “asistir con una sonrisa depravada/ a las ineptitudes de la inepta cultura”. Es divertido que el poeta ilustre a “la inepta cultura” con un recurso retórico particular, una reiteración que, en sí misma, parecería una ineptitud.
En días pasados, como se sabe, la suprema autoridad de la “Secretaría de Cultura” que sirve a la suprema jefa de gobierno de la CDMX, la culta señora Brugada, optó por “transformar” la Casa del Poeta Ramón López Velarde en un “cabaret público” de persuasión LGBT+ (como lo hizo manifiesto al cubrir la fachada con el pendón arcoirisado) y despojándola del nombre del poeta que, a su parecer, es oprobiosamente masculino.
Imposible no imaginar al fantasma de López Velarde paseando frente a la casa en que vivió y murió y calculando con su sonrisa depravada la reescritura de aquel verso: “las ineptas ineptitudes de la inepta cultura ineptitudinal”, o algo así.
Felizmente, interesadas en la poesía que en México significa López Velarde, hubo un grupo de personas que alzó la voz y obligó a la autoridad ineptamente cultural a pensarlo dos veces. Fue un ejemplo de civismo en favor de una causa perdida (que, como se sabe, son las mejores causas).
¿En qué acabará el sainete? A saber. Es una casa de la poesía, una apta casita simbólica y casi secreta que nunca había molestado a nadie ni a nadie le había meneado la ambición política o financiera, hasta el arribo de quienes hoy pululan detrás de cualquier coartada ineptamente transformacional.
Recuerdo lo que escribió un gran admirador de López Velarde, Pablo Neruda, en sus memorias: “Es claro que los enemigos de la poesía siempre pretendieron asestarle una pedrada en un ojo o un golpe de garrote en la nuca. Lo hicieron en diversas formas, como mariscales individuales enemigos de la luz, o regimientos burocráticos que con paso de ganso marcharon en contra de los poetas. Lograron la desesperación de algunos, la decepción de otros, las tristes rectificaciones de los menos, pero la poesía siguió brotando.”
Ojalá...
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