Me uno a las conmemoraciones del 50 aniversario de la muerte de José Revueltas que proliferaron la semana pasada. Y evoco junto a él a sus amigos nacidos también en 1914, Efraín Huerta y Octavio Paz, cuyo aniversario luctuoso se cumplió en los mismos días. Es maravillosa la amistad que hubo entre los tres poetas (pues Revueltas trató de serlo), hecha de fervor generacional, amor a las letras y a las posturas contradictorias y complementarias que vivieron en el turbulento siglo XX.

Los tres militaron muy jóvenes en una “Unión Estudiantil Pro-Obrero y Campesino” que usufructuaba un cubículo en la preparatoria de San Ildefonso. Cuando Revueltas fue enviado a las Islas Marías en 1934 por practicar “actividades antisociales”, Huerta y Paz fueron correteados por la policía en la marcha que exigía su libertad. Ese mismo año, Huerta y Paz acompañaron la gira de Rafael Alberti en favor del Socorro Rojo Internacional. Alberti celebró la poesía de Paz y Huerta escribió orgulloso que su amigo Paz “es fervor puro, inquietud pura; un alucinado, un impetuoso, un hombre ardiendo, un poeta en llamas”.

En 1935, los tres estuvieron en el famoso desfile del 20 de noviembre como parte de “la vanguardia gritona, inerme pero sin miedo” (escribe Huerta) de las Juventudes Socialistas Unificadas de México que se enfrentaron en el zócalo a los “camisas doradas” del fascismo. En 1935, Revueltas viajó a la URSS para participar en la Internacional Comunista. A su regreso en 1936, en Mérida con Paz y con Huerta en el periódico El Nacional, organizaron un Congreso Nacional de Estudiantes. “Mi amigo Revueltas”, escribió Huerta, “es muchos hombres a la vez y un solo revolucionario”. Y Revueltas escribió “Todo en Paz se dispara al aire; es un castillo pirotécnico, la pólvora de un torito de feria”. Paz viajó en 1937 a la España en Guerra Civil, representando a la juventud mexicana y ansioso de viajar a la URSS como Revueltas, sin lograrlo.

A los tres, Huerta, Revueltas y Paz, como rememora Luis Cardoza y Aragón, los desconcertaron las agresiones de los escritores gobiernistas contra la libertad de expresión de Jorge Cuesta, contra la crítica de André Gide a la URSS, y contra el propio Cardoza.

En 1968, luego de dejar la embajada de México en la India, Paz planeó “una antología de la ignominia” sobre Tlatelolco y organizó una campaña para liberar a Revueltas, preso en Lecumberri, pues “su caso es más importante que el mío”. Reunió en un desplegado las firmas de Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez, Norman Mailer, Alberto Moravia y William Styron y logró publicarlo en todo el mundo.

En 1969, en su conmovedor “Mensaje a Octavio Paz”, Revueltas le cuenta que él y su compañero de celda, Martín Dozal, están leyendo “El cántaro roto”, ese poema contra “el acatamiento hipócrita, la falsa consternación de los periódicos, los sacerdotes, los poetas-consejeros sucios que gritan al ladrón y esconden sus monedas. Dozal lee tus poemas, Octavio, tus ensayos, los lee, los repasa y luego medita largamente, te ama largamente, te reflexiona. Aquí en la cárcel todos reflexionamos a Octavio Paz...”

En 1977, Huerta y Paz coincidieron en una lectura pública y se abrazaron con gran afecto. Cuando fue el turno de Paz, un predecible simplón lo abucheó. Huerta, que ya no podía hablar, se puso furioso de pie y lo aplacó con una mirada fulminante. El público ovacionó el gesto. Paz lo miró con una sonrisa: volvía a ser, dijo, el “Efraín de nuestra adolescencia”.

Hay mucho, mucho más que contar sobre esas amistades e historias, querellas e ideas... Por eso y otras razones es tan importante que se abra, cuanto antes, el archivo de Octavio Paz...

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