Cualquiera que afirme estar enamorado (a) es, sin duda, un farsante. En su Diccionario crítico etimológico, Corominas y Pascual acentúan que la palabra farsa proviene sustancialmente del francés y que se trata de una pieza cómica y breve; aunque no dejan de aludir a sus orígenes latinos. Denis de Rougemont, escritor y filósofo suizo, ubicaba los orígenes del amor en la baja Edad Media, en el ámbito juglar y trovadoresco en que la dama era endiosada por el caballero (un comentario: los suizos no sienten ninguna clase de amor por las personas, acaso por las cosas). No hace falta más que mencionar las novelas de caballería o El Quijote, como lo nombramos tan familiarmente sus lectores, que le otorgamos cierto crédito histórico a la definición de Rougemont (él remonta los orígenes del amor al relato mítico y amoroso de Tristán e Isolda, probablemente de origen celta o bretón). Pero dejémonos de referencias cultas. El amor en todo caso es una adicción. Una atracción inevitable y drogadicta hacia una idea o a un ser de carne, huesos y aroma que tiene nombre y apellido. La primera acepción es ya un tanto manida; la segunda es, desde mi punto de vista: sexual, irreprimible y encarna la voluntad de poder de la que se han referido hace dos siglos algunos filósofos que ya ustedes se hallan hartos de oírlos nombrar. Quien está enamorado (a) no tiene más que estos dos caminos: o es un pelmazo idealista o un depredador incontrolable. De lo contrario sería mejor callarse, creo, en pos de su inteligencia, prudencia y sobriedad.

En los años recientes existen quienes llaman poliamor (palabra horrorosa) a la poligamia o, más bien, se rebelan en contra de la postura idealista que ensalza el deseo espiritual por una sola persona. Los poliamorosos prefieren disfrutar de las exigencias eróticas o retóricas disfrutando de los placeres obtenidos de una multitud, sea esta de cualquier magnitud. En mis años de juventud yo sólo me enamoré cuando era un bruto, un bellaco o un pusilánime, hecho que incluso duró varios años. Sin embargo, en pos de mi disculpa confieso que tenía menos de dieciséis años. Me habría honrado ser como José Vasconcelos quien, en su Ulises criollo, escribió que antes que la lujuria conoció la soberbia. En mi humilde caso fue exactamente al revés: primero fui un niño lujurioso y al pasar de los años me volví soberbio. Con relación a mi actual y ya casi eterna pareja puedo ufanarme de que jamás le he dicho algo tan idiota como “te amo”, pese a ser actualmente a la persona que más quiero (tanto como a mi hermana). No la ofendería con tamaña sandez. Le digo, cuando me siento débil: “Me caes bien”, lo cual a ella quizás le parezca poca cosa, pero si pensamos en la importancia que posee la gravedad en el ámbito de los hechos físicos, es no sólo un gran halago, sino en lo personal una verdad que no debe tomarse a la ligera. Hay universo a causa de que existe la gravedad. El amor desprestigia a quien cree sentirlo y ni siquiera, cuando lo expresa vía el lenguaje, sabe de lo que está hablando (siente, y ya eso es suficiente).

Es posible que esa palabra, amor —creo que Ockham o Wittgenstein estarían de acuerdo conmigo— no significa casi nada: un espectro sentimental difuso o una treta para obtener sexo o estimular el erotismo. Invocar al amor nos rebaja a animales depredadores e idealistas, algo que en sí es imposible de explicar o definir. Es de esperar que no se hallen de acuerdo conmigo o crean que, el mío, se trata de un ardid lingüístico o especulativo. No es así, creo; y les sugiero no decirle a nadie que lo (la) aman a riesgo de parecer pacatos y cándidos. Finalmente, sé también que mis opiniones deben parecer odiosas, pero uno no escribe su columna para que piensen como el que la escribe o se hallen de acuerdo. Si escribe en busca de tal finalidad, pues qué ingenuidad.

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