Xi Jinping presidente de la República Popular China, recibió a Donald Trump en Beijing la semana pasada, con una cátedra de diplomacia escrupulosamente diseñada para su huésped: mezcla de desplante militar (guardia de honor impecablemente ordenada al pasar la alfombra roja y antes de la entrada al Gran Hall), con un sutil recordatorio de que visita a una potencia emergente pero milenaria (recorrido al parque con árboles centenarios que no fue un simple tour ecológico; en la tradición china el árbol antiguo simboliza continuidad histórica, temporalidad larga y paciencia civilizatoria) y una clase de historia tomada de Tucídides, autor de Las Guerras del Peloponeso (entre Esparta y Atenas), las dos potencias de la Grecia antigua.

La combinación de estos ingredientes fue una severa advertencia a su poderoso huésped, sobre lo que hoy en día representa esa enorme nación asiática.

Más que limitarse a una agenda sobre Taiwán, tecnología moderna incluyendo IA, aranceles, balanza comercial, la expansión comercial china en Europa y el continente americano, además de los conflictos armados (Ucrania, Irán y Gaza), lo que Xi Jinping quiso que entendiera Trump, fue la mentalidad china que enfoca los grandes escenarios en tiempos de larga duración (a diferencia del cortoplacismo de su invitado), de ahí su referencia a la “Trampa de Tucídides”.

Es esta una teoría política e histórica que popularizó Graham Allison, politólogo de la Universidad de Harvard, inspirada en el historiador griego Tucídides, al explicar las causas de las guerras del Peloponeso entre Atenas y Esparta (431-404 a. de C.), encapsulada en esta singular frase: “Fue el ascenso de Atenas y el temor que esto provocó en Esparta, lo que hizo inevitable la guerra”.

El mensaje de Xi es claro: si EU (potencia establecida) se siente amenazada de ser desplazada por China (potencia emergente), el miedo y la desconfianza no harán sino disparar la rivalidad entre ambas, empujándolas al conflicto, o incluso una guerra devastadora para las dos y la humanidad entera, por lo que le aconseja dialogar, entenderse, respetarse y cooperar.

La cita admonitoria de Xi tiene un complemento en la obra de Shakespeare, "El Rey Lear" (magistralmente puesta en escena por Luis De Tavira en el teatro Helénico). Recordemos que, al distribuir su herencia, Lear confunde el amor verdadero con el halago fácil y sólo la reparte entre sus dos hijas mayores (Goneril y Regan) que falsamente lo han adulado sin límite, excluyendo a la menor (Cordelia) que ha sido sincera en el auténtico amor a su padre. La tragedia adquiere su mayor dramatismo con la ceguera provocada a Gloucester por su lealtad a Lear, que simboliza la incapacidad del poderoso de distinguir entre realidad y apariencia y que ciega al político por la excesiva autoconfianza en su poder ("tropezaba cuando veía"), y como el Titanic, termina hundiéndose en la ruina que su confusión le provocó.

Trump padece de una profunda debilidad por la adulación (ejemplos: la vergonzosa aceptación de la réplica de la copa Jules Rimet y presea que le presentó Gianni Infantino, presidente de la FIFA, y la medalla del Premio Nobel que le obsequió María Corina Machado). Dando tumbos, con una ceguera que le impide distinguir entre el halago y las verdaderas alianzas, conduce a la mayor potencia del orbe impedido para ver y entender al mundo real, que descompone irreversiblemente con su política económica y militar.

Lo que finalmente Xi Jinping transmitió a Trump en su visita a China, fue que mejor aprenda la lección shakespeariana a tiempo y evite que su sed de poder e ilusión de MAGA, derrumben a EU, como al reino de Lear, con graves consecuencias para la humanidad.

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