El fenómeno que ha provocado el libro Strangers de Belle Burden, no es ninguna casualidad. Este libro ha acaparado nuestras redes sociales y conversaciones entre amigas no solo por ser una historia extraordinariamente bien escrita que te mantiene enganchada desde la primera página, sino porque, honestamente, ha tocado una fibra muy sensible en las mujeres, donde muchas de nosotras nos hemos visto -en mayor o menor medida- reflejadas en sus páginas.

Sin ánimo de spoilers para quienes no lo han leído, el libro cuenta la historia de la autora: una abogada de familia privilegiada, con una vida que pintaba perfecta —matrimonio de más de 20 años, tres hijos, un perro, una casa en Nueva York y otra en Martha’s Vineyard —. Un día, un desconocido le manda un mensaje diciéndole que su esposa tiene un affaire con su esposo. James lo admite y se va. Y con él, la posibilidad de perderlo todo —incluyendo propiedades que originalmente eran de ella, compradas con su propio dinero heredado, pero cuyo control había cedido completamente a él.

Muchas nos vimos en algún punto de la historia relacionadas y con miedo de que nos pueda pasar algo similar, porque es demasiado común que las mujeres cedamos todo o parte de las finanzas a nuestra pareja. Esto no tiene nada que ver con falta de inteligencia o capacidad, sino que detrás hay un factor cultural sumamente importante en delegar las finanzas personales y del hogar al hombre de la casa. Las mujeres crecimos en una educación basada en roles de género perfectamente bien establecidos y que durante cientos de años fueron incuestionables: la mujer se dedica a la casa y el papá al trabajo; la mujer cuida, cría, cocina, el hombre se encarga de proveer y de la economía familiar, punto.

A la mayoría de las mujeres nos educaron diciendo que las finanzas, las inversiones, los negocios, los créditos, son "cosas de hombres”. Muchas de nosotras nunca vimos las mujeres de nuestra familia sentadas en esas conversaciones. Los negocios, el dinero, y demás, nunca fueron un espacio para nosotras, y simplemente aprendimos a no ocuparlo.

Pero más allá de la educación o de los roles heredados, hay un factor del que poco hablamos pero que es importante reconocer: Hay una comodidad muy real en no saber.

No digo esto como juicio. Las mujeres ya cargamos con muchísimo: el súper, los niños, las citas médicas, el cumpleaños de la maestra, la ropa, el recordar que se acabó el jabón, el seguir la conversación del pediatra, el anticipar lo que nadie más anticipó. Todo eso vive en nuestra cabeza, todo el tiempo. Que alguien más se encargue de revisar los estados de cuenta, de pagar impuestos, de hablar con el banco, de decidir en qué se invierte —honestamente— es un alivio. Es una tarea menos.

Y el problema no es la división de tareas. El problema es la desventaja en la que esto nos deja. Porque no saber no es neutro. No saber es una postura. Y no si la vida cambia, sino cuando cambia —porque la vida siempre cambia— esa postura se puede convertir en una desventaja enorme.

Pero hay una gran diferencia entre no encargarte del día a día financiero, y no estar enterada. La primera puede ser una decisión práctica. La segunda es una vulnerabilidad. Y aquí es donde las invito a que nos hagamos algunas preguntas, sin juicio, pero con honestidad:

¿Sabes cuánto gana tu pareja? ¿Sabes cuánto tienen ahorrado? ¿Tienes acceso a las cuentas conjuntas, o solo a lo que te pasan mensualmente? ¿Puedes disponer del dinero familiar sin tener que pedir permiso, sin tener que justificarte, sin tener que esperar? ¿Sabes si hay deudas? ¿Sabes qué pasaría mañana si tuvieras que continuar sola?

No pregunto esto para alarmarte. Lo pregunto porque esas respuestas dicen mucho sobre qué tan real es la independencia que creemos tener.

Podemos repartirnos las tareas. Eso está bien, tiene sentido. Pero repartirse las tareas no puede significar cederle a otra persona el control de tu propia vida. Porque sin esa información, no estás delegando una responsabilidad —estás cediendo tu autonomía y tu libertad.

El privilegio de no saber se siente cómodo hasta que deja de serlo. Y cuando deja de serlo, generalmente ya es tarde para empezar de cero.

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