Al cumplir sesenta o setenta años, si se tiene la suerte de ser sano, las personas con posibilidades a su alcance deberían escribir su obituario y así adelantarse y evitar la pena y el trabajo de que otros lo hagan por ella, o por él. Hacerlo motu proprio ahorra mentiras, elogios desmedidos, despedidas obligatorias y otros avatares cuya razón es continuar algunas de las incontables costumbres impuestas, muchas antediluvianas e insanas. El mundo ha cambiado, las costumbres también. Aceptar sin miramientos a la comunidad LGBTIQ+, interrogar a médicos sobre sus vínculos económicos con laboratorios u hospitales, exigir el historial de sacerdotes y su relación con los pequeños y conocer el currículo universitario y económico de la ralea política son algunos ejemplos. Derribar costumbres es sano. Y necesario.
Escribir un obituario anual a partir, digamos, de los 64 años, siguiendo la idea, When I´m Sixty-Four, de los siempre geniales Beatles, o incluso cuatro años antes, de preferencia frente al espejo o después de unas semanas de intenso “auto” psicoanálisis, sin obviar dos o tres charlas con las personas más cercanas, es buena idea. Obituarios sin panegíricos, sin demasiada tinta. El escrito dependerá del ego del individuo, de la vida vivida y la no vivida. Hacerlo cada año conformaría una mini radiografía intelectual, anímica, mundana, plena o depresiva.
Los obituarios son pequeños. Pocas palabras son muchas palabras. Hacerlo parece interesante. Hasta donde sé no existe esa práctica. ¿Sirve dicha idea? Quizás le sea útil a quien lo haga, y, en caso de compartirlo en vida, a sus seres cercanos. Sencillez, compromiso, soberbia, apego, amor/desamor, angustia, humildad, ceguera, indiferencia, cerrazón, serían algunos retratos de “Obituarios pre mortem: un viaje personal”.
En la historia de la civilización el número de obituarios es mucho menor que el número de fallecidos por dos razones: los pobres sólo tienen asegurada su muerte, pero casi nunca una esquela, un obituario, un epígrafe en su sepulcro, o algunas palabras en la radio. Lo mismo sucede con quienes forman parte de la masa. El anonimato no suele ser una elección: casi siempre lo determina la condición social.
Los obituarios son clasistas. Salvo por las ganancias de los dueños de los espacios dedicados a recordar al occiso, pregunto de nuevo, ¿sirven los obituarios? Procuro, a pesar de mi texto, no ser maniqueo: sirven poco, nada o algo. De poco: la memoria es endeble y efímera. De nada: el obituariado no se enterará de lo escrito. De algo: quien deje un legado anual acerca de su vida le permitirá entender a los suyos, “de otra forma”, quien fue su allegado.
Los obituarios deben ser personalizados. En 2006, el periódico New York Times dio a conocer que en uno de sus archivos contaba con más de 1,200 obituarios. El periódico los prestaba (o los presta) a quien lo solicita. Supongo que acceder a ellos cuesta. Utilizar ideas prefabricadas implica despersonalizar al muerto. Pócima adecuada para evitar ese desaguisado podría ser la idea englobada en “Obituarios pre mortem: un viaje personal”.
Tiempo atrás un amigo imaginario coincidió con mi idea. Ha escrito tres obituarios pre mortem: “La simple presencia de los objetos vale y pesa más que las explicaciones que no tenemos”; “Mirar el mundo y mirar las palabras. Y con el tiempo mirarse en el mundo y escribir las palabras”; “Escribir permite atrapar ese instante fugitivo que no desaparece y continúa sucediendo tanto como uno lo desee”.
¿Sirve escribir obituarios pre mortem?
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