Donald Trump perdió esta semana otra batalla contra la prensa, aunque seguramente él diría que la perdió contra las fake news. Un juez federal ordenó a la Casa Blanca devolver las acreditaciones de CNN, MS NOW y Politico, los tres medios que había expulsado días antes porque, según él, publicaban “ficción y mentiras”. Los periodistas volvieron a entrar el jueves y el veto quedó suspendido, por ahora, durante 14 días.
Su gobierno intentó vestir la decisión como algo más serio y alegó que estaba en juego la seguridad nacional. Que entrar a la Casa Blanca era un privilegio y no un derecho. El juez no le compró la justificación.
El problema era que Trump ya había explicado públicamente por qué los quería fuera. No por espionaje ni por terrorismo. Porque, según él, mienten y está harto de que hablen mal de él. La seguridad nacional apareció después, cuando llegaron los asesores y hubo que ponerle corbata al berrinche presidencial.
El martes, en Naciones Unidas, Trump se encontró con Kaitlan Collins, de CNN, y se sorprendió de verla trabajando. “No deberías estar cubriéndome”, le reclamó. Collins contestó: “Las Naciones Unidas nos dejaron entrar, señor”, y siguió preguntándole sobre Irán mientras Trump insistía en que CNN ni siquiera debería estar ahí.
Nada de esto empezó con Trump. Nixon, por ejemplo, tuvo una lista de enemigos que incluyó periodistas y medios y, en plena guerra de Vietnam, molesto por una cobertura que contradecía el relato de su gobierno, llegó a decir que “nuestro peor enemigo parece ser la prensa”.
Lo novedoso con Trump es haber convertido el pleito con los medios en su identidad política.
Desde 2016 popularizó las fake news no sólo para señalar información falsa, sino para desacreditar aquello que lo incomoda.
El término es extraordinariamente práctico. Una noticia favorable es información y una incómoda, falsa.
Y eso, como decimos, “me suena”, porque aquí tampoco cantamos mal las rancheras. No porque se expulse a un medio de Palacio Nacional, sino porque durante el gobierno de López Obrador el método fue más público.
Desde la Mañanera se acusaba a periodistas y medios de mentir, representar intereses o formar parte de la oposición, y hasta creó el “Quién es quién en las mentiras”, su tropicalización de las fake news. (Una noticia favorable es información y una incómoda, falsa.)
La presidentA Sheinbaum bajó el tono, pero mantuvo una versión con el “Detector de mentiras”.
ARTICULO 19 advirtió en 2024 que “las conferencias matutinas han sido el principal escenario para la deslegitimación de la prensa”. (Y también ha consignado que México sigue siendo uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo, sin estar en guerra, y que con AMLO fueron asesinados 47 periodistas y con Claudia Sheinbaum van 14).
Por eso indigna y da coraje ver a quienes ocupan las primeras filas de esas conferencias preguntar, “como cosa suya”, exactamente lo que alguien necesitaba que pregunten, mientras que al periodista que verdaderamente cuestiona e incomoda se le responde desacreditando su trabajo.
El reflejo es bastante parecido. Cuando una publicación disgusta, resulta más cómodo discutir quién la escribió, en qué medio trabaja, o qué tan mentiroso es supuestamente el periodista, que discutir lo que realmente dice.
Vivimos tiempos de estigmatización
La prensa se equivoca, a veces exagera, tiene sesgos y, como cualquier otra cosa, merece ser cuestionada, pero existe precisamente para hacer algo que a los poderosos rara vez les resulta agradable: preguntarles, investigarlos y publicar aquello que preferirían que no se publicara.
Cuando se intenta callar al mensajero, el problema deja de ser el mensaje y empieza a ser el poder.
anarciae@gmail.com
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