La dictadura más longeva en América Latina está llegando a su hora final y lo está haciendo de una manera amarga. Al régimen que instauró Fidel Castro no lo derribó un golpe de Estado orquestado por una fracción del estamento militar, ni un levantamiento popular, sino el fracaso rotundo de su proyecto, con un empujoncito del gobierno de Trump. La revolución muere de inanición, sin energía eléctrica, sin comida ni medicamentos y sin arrebatos heroicos.

El derrumbe no fue repentino, se construyó durante décadas. Un primer momento de quiebre ocurrió cuando Fidel se declaró marxista-leninista, el 2 de diciembre de 1961. En plena Guerra Fría resultaba inadmisible para el gobierno estadounidense la presencia de un enemigo a 90 millas de sus costas.

El nuevo régimen emprendió una profunda reforma agraria y le confió la conducción económica del Estado a los suyos (90 por ciento de lealtad). La economía y las fábricas fueron confiadas a los excombatientes de Sierra Maestra y a los cuadros del Partido Comunista Cubano: ¡el Che Guevara, director del Banco de Cuba!

Cuando llegó el agobio financiero, Fidel le vendió su alma al diablo: convirtió a Cuba en una escala para la droga que llegaba de Colombia a través de Panamá con destino a Estados Unidos, y cuando el gobierno estadounidense lo descubrió, intentó una maniobra para ocultar su responsabilidad. Arnaldo Ochoa, el general de división que en los años 80 encabezó la misión militar cubana en Angola y regresó a Cuba como un héroe, terminó el 13 de julio de 1989 frente a un pelotón de fusilamiento sentenciado por un tribunal militar por narcotráfico.

Insolvente, el gobierno cubano dejó de patrocinar la subversión en otros países de América Latina. El Che Guevara murió en Bolivia. La exportación de la revolución y la guerra de guerrillas habían encontrado su antídoto.

Todos los intentos que organizó la CIA para asesinar a Fidel fallaron, la contrainteligencia cubana funcionó con eficacia.

Un preámbulo del arribo de John Ratcliffe, director de la CIA a La Habana, la semana pasada, fue la extracción de Nicolás Maduro y, un dato no menor: en la operación fueron abatidos todos los integrantes de la guardia pretoriana enteramente cubana. No es todo, el Departamento de Justicia de Estados Unidos acusa ahora al expresidente Raúl Castro por el derribo en 1996 en aguas internacionales de dos avionetas de una organización anticastrista.

Mientras la presión sube, la duda ahora reside en saber cuáles serán los términos de la rendición y sus consecuencias. Marco Rubio, secretario de Estado, descendiente de cubanos, conducirá el proceso. ¿Se desatará la ira popular?, ¿se echarán abajo los enormes carteles con la imagen de Fidel y la consigna: “¡Ordene, comandante en jefe!”?

Petrificado en el tiempo, el gobierno de Claudia Sheinbaum —como antes el de López Obrador— mantiene la defensa al régimen castrista. En medio de un escenario tan adverso, el gobierno de la 4T se pone del lado de los peores: los narcopolíticos de Sinaloa y la dictadura cubana.

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