A Camilo, por su cercano cumple

Hace poco más de dos siglos, una joven escritora inglesa imaginó una de las metáforas más poderosas de la modernidad. En Frankenstein o el moderno Prometeo, Mary Shelley no escribió simplemente una novela de terror; formuló una pregunta que desde entonces ha acompañado a la ciencia, la filosofía y la política: ¿qué ocurre cuando la creación humana adquiere una dinámica que parece escapar al control de su creador? -historia vieja, gracias a la profesora del CCH que nos dejó leer esta lectura, aunque confieso que en su momento no la concluí-.

Desde entonces, esa inquietud ha reaparecido una y otra vez bajo distintas formas. Oscar Wilde imaginó en El retrato de Dorian Gray el deseo de vencer el tiempo y sustraerse a los límites de la condición humana. Décadas más tarde, Isaac Asimov intentó domesticar el miedo mediante sus célebres tres leyes de la robótica, convencido de que la inteligencia creada por el hombre podría mantenerse bajo principios éticos que impidieran volverla contra sus propios creadores. Más tarde, Alan Turing plantearía un desafío radical: si una máquina pudiera sostener una conversación sin que el interlocutor distinguiera si hablaba con una persona o con un artefacto, ¿no deberíamos reconocer que existe una forma de inteligencia artificial?

Las preguntas cambiaban de lenguaje, los tiempos cambian, las palabras y las preocupaciones, pero conservaban un mismo núcleo: el temor a que las máquinas terminaran sustituyendo al ser humano o escapando a su control. En esas estamos, no con poco temor de lo que venga.

Hoy, cuando la inteligencia artificial ocupa diariamente los titulares de la prensa, cuando gobiernos, universidades, empresas y millones de personas recurren cotidianamente a sistemas capaces de escribir, traducir, diseñar imágenes, programar o responder preguntas complejas, parecería que aquellas viejas ficciones finalmente han comenzado a hacerse realidad. La discusión pública oscila entre el entusiasmo tecnológico y las predicciones apocalípticas. Para unos, la inteligencia artificial representa el mayor salto civilizatorio desde la Revolución Industrial; para otros, constituye la antesala de una sociedad dominada por algoritmos que terminarán desplazando el trabajo humano e incluso condicionando las decisiones políticas. Yo estoy con el corazón partió, entusiasmado y temeroso a la vez.

Ahora, más allá de mi subjetividad atravesada, sin embargo, quizá llevemos demasiado tiempo formulándonos la pregunta o preguntas equivocadas. Ese es otro asunto. Posiblemente el problema nunca haya consistido en saber si las máquinas llegarán a pensar como los seres humanos. La cuestión verdaderamente decisiva, creo, consiste en preguntarnos qué inteligencia contienen esas máquinas, de dónde proviene y quién controla ese inmenso

patrimonio cognitivo que hoy aparece bajo el nombre, aparentemente neutral, de inteligencia artificial.

En este punto resulta sorprendente comprobar que quien ofrece una de las respuestas más sugerentes no es un especialista en informática ni un ingeniero de Silicon Valley, sino Karl Marx, escribiendo hace más de siglo y medio los manuscritos conocidos como Grundrisse. Pongo sobre la mesa una reflexión cuya actualidad resulta extraordinaria: "La naturaleza no construye máquinas, ni locomotoras, ferrocarriles, electric telegraphs, self-acting mules, etc. Son éstos productos de la industria humana; material natural transformado en órganos de la voluntad humana sobre la naturaleza o de su actuación en la naturaleza. Son órganos del cerebro humano creados por la mano humana; fuerza objetivada del conocimiento. El desarrollo de capital fixe revela hasta qué punto el conocimiento o knowledge social general se ha convertido en fuerza productiva inmediata, y, por lo tanto, hasta qué punto las condiciones del proceso de la vida social misma han entrado bajo los controles del general intellect y remodeladas conforme al mismo. Hasta qué punto las fierzas productivas sociales son producidas no sólo en la forma del conocimiento, sino como órganos inmediatos de la práctica social, del proceso vital real”.

Me queda rebotando lo de “órganos del cerebro humano creados por la mano humana; fuerza objetivada del conocimiento”. La profundidad de esta observación suele pasar inadvertida. Marx no estaba describiendo únicamente la evolución técnica de las máquinas. Estaba señalando que toda tecnología incorpora, cristaliza y materializa un conocimiento previamente producido por la sociedad. Ninguna máquina piensa por sí misma. Ningún algoritmo surge espontáneamente. Cada innovación tecnológica constituye el resultado de innumerables generaciones de trabajo intelectual, descubrimientos científicos, experiencias acumuladas, lenguajes compartidos y saberes construidos colectivamente.

Parece tan ordinario este asunto extraordinario. Lo que Marx denominó general intellect no era otra cosa que ese inmenso patrimonio cognitivo producido socialmente y convertido, bajo determinadas condiciones históricas, en fuerza productiva.

Vista desde esta perspectiva, la inteligencia artificial deja de aparecer como un milagro tecnológico o como una inteligencia nacida autónomamente. Lo que llamamos inteligencia artificial constituye, antes que nada, la objetivación de una inteligencia profundamente humana. Sus respuestas se apoyan en millones de libros, artículos científicos, lenguajes, imágenes, obras artísticas, programas informáticos y conversaciones producidas por generaciones enteras. Marcial Alejandro (Luz), ese compositor mexicano creo que incomprendido, hablaba de “luz a los poetas, pa’ que no anden malgastando letras, luz es lo que falta para aclarar la tinta que nos mancha”. No fue malgastado, ni acabó como con Silvio Rodríguez en el “gasto de papeles recordándote”. Estas piezas deshojadas de la vida están contenidas en la historia. En rigor, detrás de cada algoritmo se encuentra condensada una parte significativa del conocimiento y sensaciones sociales acumulado/acumuladas por la humanidad.

Y es precisamente aquí donde la discusión adquiere una dimensión política que suele quedar oculta bajo el entusiasmo tecnológico. Porque si la inteligencia artificial se alimenta del conocimiento producido socialmente, la pregunta ya no consiste en determinar si las máquinas llegarán a parecerse a nosotros. Las preguntas centrales pasan a ser otras: ¿quién se apropia de ese conocimiento colectivo; quién lo organiza; quién decide sus usos y quién obtiene los beneficios económicos derivados de esa apropiación?

La lectura de Marx, de horizonte amplio, adquiere así una vigencia inesperada. Si el general intellect representa el conocimiento social acumulado, la inteligencia artificial constituye hoy uno de los mecanismos más sofisticados para capturarlo, reorganizarlo y convertirlo en una nueva fuerza de valorización del capital. No se trata únicamente de un cambio tecnológico; estamos frente a una mutación histórica en las formas de apropiación capitalista.

Desde sus orígenes, el capitalismo ha ampliado incesantemente las fronteras de aquello que puede ser convertido en mercancía. Primero fueron las tierras comunales, cercadas y privatizadas durante la acumulación originaria. Más tarde, la fuerza de trabajo fue incorporada al proceso de valorización como mercancía capaz de producir más valor del que ella misma representa. Posteriormente, la naturaleza en su conjunto -bosques, ríos, minerales, semillas- fue sometida a una explotación creciente bajo la lógica de la rentabilidad. Hoy asistimos a una nueva etapa: la apropiación sistemática del conocimiento social producido por la humanidad, a veces en contra de la misma.

Pero esta expansión no se detiene en el conocimiento entendido como información. Al incorporar millones de textos, imágenes, conversaciones, decisiones, hábitos de consumo e incluso formas de expresión lingüística, la inteligencia artificial comienza a capturar algo todavía más profundo: fragmentos de la propia experiencia humana. Lo que se incorpora a los algoritmos no son únicamente datos; son maneras de pensar, de interpretar, de imaginar y de resolver problemas construidos colectivamente a lo largo de generaciones.

Por ello, la discusión sobre la inteligencia artificial no se reduce a la eficacia de los algoritmos ni a la velocidad del procesamiento de datos. La cuestión decisiva consiste en determinar quién controla esa inteligencia social objetivada, bajo qué criterios se organiza, con qué finalidades se utiliza y quién se beneficia de ella, como inquiríamos líneas arriba. Detrás de la aparente neutralidad tecnológica se libra una disputa por el control del recurso estratégico más importante del siglo XXI: el conocimiento humano convertido en fuerza productiva inmediata.

Norbert Wiener había advertido, hace más de setenta años, que el peligro nunca residía en las máquinas, sino en el uso que los seres humanos hicieran de ellas. Su preocupación no era la autonomía de los autómatas, sino la posibilidad de que

fueran utilizados para ampliar el poder de quienes ya concentraban el control económico y político. La historia parece darle la razón. La cuestión ya no es si las máquinas gobernarán a la humanidad, sino quién gobierna a través de ellas. Por ello, en una anterior colaboración, señalábamos que “el peligro de la IA no es entonces la gobernabilidad de los robots, sino la robotización de la sociedad” (El Universal,15/072023).

Quizá, entonces, la metáfora de Frankenstein necesite ser reformulada. La criatura no se ha rebelado contra su creador. Lo que observamos es algo más complejo: una creación alimentada por el conocimiento de millones de seres humanos que termina concentrándose en manos de un reducido número de corporaciones capaces de administrarla, orientarla y rentabilizarla. No estamos frente a una inteligencia ajena a la humanidad, sino frente a una inteligencia profundamente humana cuya apropiación privada redefine las relaciones entre conocimiento, poder y capital.

En el repertorio de preguntas, sobresale, pensando en el siglo XXI, no destaca, aunque aparece, si la inteligencia artificial llegará a superar a los seres humanos. La pregunta verdaderamente política consiste en saber si la humanidad conservará el control sobre el conocimiento que ella misma ha producido. Porque, después de haber convertido en mercancía la tierra, el trabajo y la naturaleza, el capitalismo parece haber descubierto su nueva frontera de acumulación: la inteligencia colectiva de la especie. Y cuando el conocimiento deja de ser un patrimonio común para convertirse en un activo estratégico de unas cuantas corporaciones, el riesgo ya no es la rebelión de las máquinas (qué lejos y qué cerca la “Rebelión en la granja”). El riesgo es que la humanidad termine perdiendo soberanía sobre aquello que constituye su rasgo más distintivo: su capacidad de crear, compartir y transformar el conocimiento que hace posible su propia historia. Por eso, recantando con Marcial, “Luz donde nos falte, al que tuerza hierros y al que cante”.

PS. Luz a Palestina libre

(UAM) alexpinosa@hotmail.com

¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

TEMAS RELACIONADOS

Google News

[Publicidad]