En distintos ámbitos comienza a discutirse la posibilidad de que se esté registrando un viraje en la política exterior del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. Se cuestiona si, como ha sucedido en materia de seguridad, se pudiera afirmar que este gobierno se empieza a distanciar de Andrés Manuel López Obrador en el ámbito internacional. En efecto, se registran novedades interesantes en varios espacios. Sin embargo, es necesario dilucidar si forman parte de una postura activa y no reactiva ante lo que sucede, si los cambios forman parte de una nueva concepción unitaria y estratégica y si, por tanto, constituyen una tendencia con objetivos claros y concretos que pudieran incluir, por ejemplo, revertir algunos de los retrocesos provocados el sexenio anterior, como el deterioro de la imagen internacional de México, la pérdida de confianza de nuestros socios y la erosión en la capacidad de nuestro país para influir en los desarrollos globales. A continuación desgloso ejemplos de novedades en este gobierno que merecen análisis:
Reconciliación con España
La presidenta Sheinbaum inició su gobierno asumiendo como propios los agravios artificialmente creados por López Obrador cuando optó por no invitar al rey Felipe VI a su toma de posesión. Sin embargo, pronto quedó claro que la relación entre México y España iba mucho más allá de obsesiones individuales y que la reconciliación estaba en el interés de ambos países. Así, comenzó un trabajo diplomático discreto que poco a poco generó mejores condiciones para el descongelamiento de la absurda “pausa” en las relaciones, que ahora se asegura que nunca existió. Aunque ambos gobiernos han contribuido, la iniciativa, por los menos pública, ha corrido a cargo del lado español, primero con unas declaraciones muy conciliadoras del canciller José Manuel Albares, seguidas unos meses después de un mensaje enormemente cálido y generoso del rey Felipe VI. En lo que podría ser un regreso al punto de partida, el jueves se llevó a cabo la primera reunión en ocho años entre jefes de Estado de ambos países, con motivo del viaje mundialista del monarca.
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El interés español tiene un objetivo concreto: asegurar la participación de la presidenta Sheinbaum en la próxima Cumbre Iberoamericana, que se celebrará en Madrid en noviembre. La razón es muy sencilla: una cumbre Iberoamericana sin la participación al más alto nivel del primer anfitrión y cofundador del mecanismo multilateral —México— sería un fiasco para España y su gobierno. Así, la 4T podrá presumir haber arreglado un problema de su propia creación.
Acercamiento a Brasil
La rivalidad entre México y Brasil es histórica. Son las dos economías más grandes de la región, por lo que compiten por inversiones. Ambos contaban con los cuerpos diplomáticos más profesionales de América Latina. Brasil siempre ha sido receloso de la cercanía económica de México con EU y para nuestro país la ambición brasileña por ocupar un asiento permanente en el Consejo de Seguridad en representación de la región resultaba inaceptable. Con frecuencia, Brasil ha torpedeado aspiraciones mexicanas en organismos internacionales y, en ocasiones, también iniciativas de nuestro país en foros multilaterales. En pocas palabras, la relación entre ambos países en materia diplomática, comercial y económica ha sido un juego suma cero: lo que gana uno lo pierde el otro.
El acercamiento entre ambos países es más resultado de la afinidad ideológica entre sus presidentes que de cualquier otra cosa. México y Brasil están arrinconados por el presidente estadounidense Donald Trump, mientras que sus gobiernos, nominalmente de izquierda, están a punto de quedarse solos en la región. Esta nueva cercanía es más retórica que práctica salvo, quizás, por el acuerdo de colaboración entre Pemex y Petrobras. Se trata de una situación coyuntural, no estructural. Es previsible que, en cuanto cambien las circunstancias, las relaciones entre ambos países regresen a la cordialidad competitiva de siempre.

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Más viajes internacionales
A estas alturas de su sexenio, López Obrador no había hecho un sólo viaje al extranjero, mientras que la presidenta Sheinbaum acumula media docena. Sin embargo, hasta su visita a Barcelona en abril pasado, la Mandataria mexicana se había limitado a participar en cumbres, una visita al vecino Guatemala y el sorteo de la Copa Mundial, sin salir de las Américas, de manera parecida a la segunda mitad del gobierno de su antecesor y en abierto contraste con los otros presidentes mexicanos este siglo, que promediaron casi el triple de viajes que Sheinbaum en el mismo periodo.
La llamada Cumbre de las Democracias, celebrada en Barcelona, no corresponde a un organismo internacional ni es un mecanismo formal. Se trata de un grupo de líderes reunidos por afinidad ideológica y cuya participación es por tanto coyuntural, temporal y hasta personal, como muestra la asistencia del expresidente chileno Gabriel Boric, y no del actual mandatario. Por ello, la presencia de la Mandataria mexicana en el encuentro de Barcelona no necesariamente marca un cambio en la postura introvertida y ausente de las grandes citas internacionales de los gobiernos de la 4T como lo sería, en cambio, llevar a cabo visitas oficiales o de Estado fuera de América Latina, participar en el Foro Económico Mundial en Davos o en reuniones suprarregionales como la Asamblea General de la ONU, las conferencias sobre Cambio Climático o cumbres de mecanismos como la APEC o el G20 en otras partes del mundo.
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Firma de la modernización del Acuerdo Global y el TLC con la UE
Ante la necesidad de actualizar el acuerdo de 2000 entre México y Europa, en 2016 iniciaron las negociaciones para modernizar y ampliar su alcance. En 2018, antes de la llegada de Morena al poder, se alcanzó un “acuerdo de principio”. Aunque hacia 2020 se resolvieron algunos pendientes a nivel técnico, la conclusión definitiva de las negociaciones se atoró durante cinco años debido a cambios en la política energética de nuestro país —que generaron fricciones con Europa—, resistencias mexicanas a permitir acceso directo a compras de gobierno y complejidades técnicas derivadas de capítulos nuevos de inversión y protección, acordes con el siglo XXI. El Acuerdo Global Modernizado fue finalmente firmado por ambas partes hace poco más de un mes, toda una década después del inicio de las negociaciones.
Si bien México perdió interés, arrastró los pies y generó obstáculos durante el gobierno de López Obrador, la llegada de Trump al poder y la creciente preocupación sobre el futuro del T-MEC generó poderosos incentivos para resolver las diferencias con Europa y acelerar la conclusión del proceso de modernización, a fin de compensar la incertidumbre que genera el posible fin de una región —la nuestra— libre de aranceles o que el tratado norteamericano pierda su carácter trilateral.
Queda claro que, bienvenidos como son estos cambios, se trata de sucesos desconectados entre sí y que, salvo un ligero aumento en viajes internacionales, se han producido más por fuerzas exógenas que por motivaciones internas o por diseño expreso. Más significativo aún es que, no obstante estas novedades, prevalecen muchos de los problemas más profundos, lo que hablaría más de un segundo piso en política exterior que de una diferenciación con respecto al sexenio pasado. Entre otras cosas, persisten resistencias a la crítica y el escrutinio internacionales, incluyendo roces y falta de cooperación con organismos internacionales, mecanismos de derechos humanos, medios y sociedad civil. Subsiste el intervencionismo a la carta: por un lado, en defensa de aliados ideológicos en Colombia, Argentina, Bolivia y Perú; por el otro, con un ignominioso silencio ante los abusos de los regímenes autoritarios en Cuba o Nicaragua o las agresiones rusas. Perduran las ausencias, la falta de definición y de apoyo a las causas de Occidente, mientras que continúa la escasez de recursos, incluyendo reducciones de personal y, en general, un achicamiento en la presencia de las misiones de México en el exterior. Aunque la suma de novedades pudiera dar la impresión de un cambio comprensivo y estratégico, lo que vemos son casos aislados, cada uno resultado de causales diferentes y de distintas coyunturas. En pocas palabras, más que de un viraje se trata de ajustes puntuales. Una golondrina no hace verano, como diría el clásico. Diplomático de carrera por 30 años. Fue embajador en ONU-Ginebra, OEA y Países Bajos. @amb_lomonaco
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