Estados Unidos sufre un terremoto lento, agónico, que está socavando los cimientos del país poco a poco, pero sin descanso. Se llama Donald Trump.

Desde que inició su campaña, optó por un discurso divisivo, que enfrentara a los ciudadanos estadounidenses entre ellos.

A ese discurso sumó, desde su derrota en las elecciones de 2020, uno más: el del fraude.

Estados Unidos es un país de migrantes, marcado por la diversidad. Pero para el mandatario, sólo valen los ciudadanos de un tipo: los que están con él, los que piensan como él. Esos, dice, son los “patriotas”. Los demás son “izquierda radical”; son, según lo puso en estos días el ideólogo antiinmigrante Stephen Miller, gente que “envidia a las familias perfectas, con una vida perfecta, con un trabajo perfecto e hijos perfectos”. Cuesta cada vez más trabajo diferenciar los mensajes de Miller de los de Joseph Goebbels, el propagandista del nazismo.

Trump quiere fuera del país a todos esos “otros”, sin importar que esos otros también son Estados Unidos, también han trabajado duro para convertir el país en lo que es.

Discurso a discurso, operativo tras operativo contra migrantes sin antecedentes, incluso ciudadanos, por el solo hecho de verse distintos, Trump va minando la idea de que Estados Unidos es grande justo por esa variedad de pensamientos, de visiones. Socava la fe en los demás, mientras siembra rencor y deseos de venganza contra quienes señala como los supuestos culpables de todo lo que va mal en el país.

Mientras con una mano el mandatario asesta golpes con el martillo de la división, con la otra asesta hachazos al sistema electoral estadounidense. No le importa que análisis tras análisis haya descartado fraude en las elecciones 2020; que los centros de estudios hayan señalado que si bien, en cada elección, países como Rusia o China intentan influenciar la integridad de los comicios, no se ha visto comprometida.

El jueves pasado, Trump usó el horario estelar para acusar nuevamente fraude masivo; para asegurar que China obtuvo información de millones de estadounidenses; para denunciar un sistema electoral fallido, vulnerable, tercermundista. Apuntó al gobierno de Joe Biden aunque en las elecciones 2020, era él quien estaba al mando.

Dijo que los demócratas supieron de la injerencia china y callaron. Pero lo que sí fue público es que Trump exigió a las autoridades en Georgia encontrar “como fuera” los votos que le darían la victoria; lo que fue cierto y denunciado por su entonces vicepresidente, Mike Pence, fue que Trump le pidió no reconocer los resultados electorales y que lo único que impidió que aquella intentona fracasara fue la negativa de Pence, a quien desde entonces aborrece.

Trump pasó casi media hora apuntando a la amenaza china pero, cuestionado sobre qué hará, dijo que “hablaremos con ellos”. Nada dijo, en cambio, del otro actor que, según las investigaciones, intentó influir —a favor de Trump— en 2020: Rusia.

Al presidente estadounidense no le interesa actuar contra el supuesto enemigo. Le interesa sembrar el mensaje o, mejor dicho, la duda. Quiere que los estadounidenses duden de sus elecciones para poder desconocerlas si los resultados no le satisfacen. No le importa el daño que eso pueda provocar al país. Le importa ganar.

Ese es el terremoto al que se enfrenta Estados Unidos: un movimiento devastador para su futuro, con epicentro en la Casa Blanca.

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