El presidente estadounidense, Donald Trump, decidió cambiar el nombre del lago de Ontario por lago de América.

Incapaz de lograr que Canadá se pliegue a sus exigencias, optó por hacer lo que hace todo bully: intentar mostrar su poder con la burla, la humillación. Como sucedió en algún momento con el golfo de México, al que decidió nombrar golfo de América.

El riesgo es que frente a un presidente que muestra una actitud nivel adolescente, haya quienes se plieguen.

Si tras el nombramiento del golfo de América Google dudó en renombrarlo en Google Maps, esta vez el repliegue fue inmediato. El nombre lago de América aparece ya en la versión estadounidense de la plataforma.

La compañía alega que es su política que, cuando en un país el gobierno determina un cambio de nombre, la plataforma lo aplica solamente en ese país. Así, en México y el resto del mundo sigue aplicando el golfo de México, que en Estados Unidos aparece como golfo de América. Faltaría saber si la misma política aplicaría si fueran México o Canadá los que determinaran hacer el cambio de nombres.

Más allá de la duda, el riesgo aquí es que el mundo se está acostumbrando a normalizar los exabruptos de un presidente, decisiones que no respetan derechos humanos, libertades ni cualquier cosa que no sea su berrinche, sus ganas de mostrar “quién manda”.

Es el mismo mandatario que, para “dar lecciones”, envía a los migrantes mexicanos a otros países, aunque México dejó claro desde el primer momento que recibe a sus connacionales deportados de Estados Unidos.

Ahora, Trump plantea mandar a los migrantes deportados a África. La decisión le cuesta no sólo a los países receptores, sino también a los estadounidenses.

En Venezuela, la administración Trump entró, sacó a un dictador, sólo para hacer a un lado a la oposición y negociar con los herederos del chavismo que lejos están de buscar el beneficio de los venezolanos. Por si alguna duda quedaba del interés del gobierno de Estados Unidos, el acuerdo petrolero anunciado hace unos días la despeja.

Por miedo o por interés, diversos líderes han cerrado filas con Trump. De imitar su mano dura con la migración a sumarse a un Escudo anticárteles que implica atacar lo que consideren sospechoso, pese a las dudas que genera una estrategia donde el único juez sobre los blancos, el único fiscal que dice tener las pruebas de la culpabilidad de esos blancos y el verdugo que decide el castigo es el gobierno que lanza el ataque.

Es el último periodo de Trump como presidente, a menos que decida modificar también esas reglas para perpetuarse. Pero el daño no se repara cuando él deje el poder.

El precedente que Trump está sentando permanecerá. El presidente de Estados Unidos ha demostrado que se pueden violar las normas, la diplomacia internacional, que no hay alianzas que valgan, sólo intereses. Cuando él se vaya, ese es el mundo que dejará. Ese, no los monumentos o edificios con su nombre, será su legado.

En un mundo así, ¿pueden sobrevivir las democracias, el Estado de derecho o el imperio de la ley? Porque lo que impera en estos momentos es la ley del más fuerte, la del bully que, a fuerza de golpes, se hace de alianzas para aplastar a los demás.

Trump se ha convertido en el malo conocido. El mundo se acostumbra peligrosamente a que ese estilo de gobierno es la norma.

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