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Francisco I. Madero, Coahuila
.— Luterio García tiene 68 años y vive en los márgenes de la carretera que conecta Torreón con el municipio de Francisco I. Madero, Coahuila. Vive en una casa de adobe, con dos cuartos: uno para dormir y otro vacío, apenas con una tarima arrumbada y una “chimenea”, como le llama a una fogata hecha con ramas, pedacería y una lámina que sirve para calentar su comida.
Toda su vida se ha dedicado al campo. Actualmente trabaja en una nogalera y cuenta que apenas le alcanza pa’ “mal comer”. Es más de medio día y Luterio, desde el ejido Compuertas, cuenta que lo descansaron porque se quemó una noria y no puede regar los árboles, labor que realiza de las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde.
De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas (ONU), los campesinos como Luterio son los más propensos a padecer hambre, pese que, paradójicamente, son los trabajadores que producen el alimento del mundo.
En la Comarca Lagunera se sembraron este año casi siete mil hectáreas de nuez, 500 hectáreas más que hace un año, según datos del Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP).
Luterio es parte de los aproximadamente 2 mil campesinos de la Laguna, donde se siembran más de 80 mil hectáreas, principalmente de forraje para hato ganadero. En 2019 se sembraron 13 mil 800 hectáreas de alfalfa, con una producción de 885 mil toneladas. En cambio de frijol se sembraron 57 hectáreas, de cebolla 119 y de tomate 519.
Luterio camina con la pesadez de sus 68 años. Tartamudea. Fuma un cigarrillo y se queja de que hace poco entraron a su casa a robar, se llevaron una ventana y una viga. Más bien le robaron a su tío, dice, porque la casa es prestada.
“Tengo dos meses viviendo aquí. Vivo solo”, platica. Su casa, en el municipio de Francisco I. Madero, se vino abajo hace cuatro años, cuando el adobe se desplomó por seguidilla de ocho días de lluvia. Desde entonces ha andado de casa en casa prestada.
Su esposa, narra, falleció hace unos años en un accidente de carretera y sus hijos viven en Puerto Vallarta, de donde es originario.
Recuerda que huyó de allí porque su padre lo golpeaba. “Mejor me voy, aquí me van a matar”, se dijo cuando era un chavillo de menos de 10 años. Llegó a Francisco I. Madero en busca de unos tíos, tíos a los que llama padres de crianza.
Luterio no tiene estudios porque sus padres estaban tan “fregados”, que prefería ayudarles. “Comencé a jalar a los 10, 11 años”, cuenta. Fue tractorista de máquinas pesadas, pero se hizo viejo y ya no pudo.
“Todo mi trabajo me gusta”, asegura Luterio, quien también forma parte de las 20 mil 800 personas en condición de pobreza, según el Consejo Nacional de Evaluación (Coneval) en este municipio, así como del ejército de 916 mil coahuilenses que no tiene seguridad social.
“Cuando entré a jalar ahí, nos iban a dar seguro, pero hasta ahorita no se ha oído nada”, explica.
—¿Y si se enferma?
—El día que me llegue a enfermar aquí me voy a morir, responde.
—¿No se cansa?
—Sí me canso, pero ¿qué hago? Tengo que jalar.
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