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Vícam.— En esta comunidad yaqui no hubo #UnDíaSinNosotras.
En la maquiladora, en el campo, en los empleos propios o en los hogares, todo transcurrió igual. Algunas indígenas se enteraron del Paro Nacional de Mujeres porque sus hijos no tendrían clases.
“Que más quisiera yo, trabajo los 365 días del año, aquí no hay Día de la Mujer, Día de la Madre, Día del Trabajo, Navidad, Año Nuevo... nada. Todos los días se trabaja, todos los días se come, los chamacos no quieren saber, ellos piden y piden”, comenta a EL UNIVERSAL Nereyda Martínez González.
La mujer de 45 años tiene cuatro hijas, dos de ellas son universitarias, y su hijo menor tiene 12 años, por lo que un día sin trabajar le complica el cumplimiento de sus compromisos.
Mientras le pica a las brasas para avivar el fuego en el que hierve tres ollas con caldos, para la venta en su cocina económica sobre la carretera internacional, doña Nereyda cuenta que no tuvo oportunidad de estudiar, sus padres la apuraban para que continuara su educación, pero había mucha escasez económica en su casa, así que sólo terminó la secundaria.
Ahora no quiere que sus hijas pasen privaciones. Está dispuesta al sacrificio, como lo ha hecho desde hace 11 años, cuando abrió su restaurante, y desde entonces no ha cerrado un solo día.
Cuestionada sobre la convocatoria del paro nacional de mujeres, responde: “Hacen paro los que tienen una solvencia económica: maestros, ingenieros o yo qué sé, pero uno que vive al día... que si uno no trabaja hoy no tengo para pagar los pasajes, comprar las tortillas”.
Nereyda dice que está a favor de la lucha de las mujeres, pero reconoce que no todas pueden apoyar porque las necesidades son muchas. Su pareja cría chivas y le ayuda todas las mañanas y en las noches, cuando abre y cierra su negocio de comida.
Para las mujeres de la comunidad de Vícam, se vivió un día similar al de ayer y el de antier... igual que todos los demás: decenas de mujeres ataviadas con su vestimenta típica, faldas de colores con grandes flores, blusas bordadas y rebozos participaron en la procesión de Cuaresma en la ramada tradicional.
En las calles, comercios y hogares, las mujeres pasaron de largo el llamado del 9 de marzo.
“Tengo que hacerle comida a mi hijo, no puedo descansar”, dijo la señora María Valenzuela en el tianguis de la plaza central de este pueblo yaqui.
Ella ni siquiera sabía por qué su hijo no tuvo clases, pensaba que los maestros habían tenido otra junta.
Fue a comprar nopales para hacer a comida, para tenerla lista cuando Juan, su esposo, regresara del trabajo.
La señora Alma Angelina Estrada, de 75 años, dice que la vida de las mujeres en la reserva yaqui no es fácil: en su mayoría son jornaleras, pero cuando no hay cultivos se van a las maquiladoras. Ayer también trabajaron para no perder sus bonos de asistencia y productividad.
“Es difícil aquí la vida, pero igual, uno se acostumbra”.
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