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Para Paolo Sorrentino, el problema de la política actual en el mundo no está sólo en las decisiones, sino en quienes las toman.
En "La Grazia: La belleza de la duda", su nueva película, el director italiano lleva esa idea al cine al seguir a un presidente en el ocaso de su mandato, donde la vida privada y el ejercicio del poder terminan por volverse inseparables.
Más que construir una ficción, el cineasta conecta su historia con el presente, señalando cómo la personalidad de los líderes puede ser determinante y a veces más peligrosa que sus propias posturas públicas.
“Por ejemplo, Trump es un hombre que tiene muy pocos filtros. Durante mucho tiempo, la mayoría de los políticos lograban ocultar su carácter y así engañaban a la gente”, considera.
“Hoy existen políticos como Trump que no logran hacerlo y eso nos está ayudando a entender cuánto podemos equivocarnos al elegir personas problemáticas que terminan llevando sus conflictos personales a decisiones que afectan a toda la colectividad”, ahonda.

"La Grazia" sigue a Mariano De Santis, presidente de la República Italiana (Toni Servillo), durante los últimos días de su gobierno.
La película, que llega hoy a salas, expone las dudas de este mandatario, sus recuerdos, el peso de las decisiones que aún debe tomar y, sobre todo, la imposibilidad y el reto de separar lo público de lo personal.
El conflicto central se construye a partir de que el presidente debe tomar la decisión sobre la eutanasia y no solo debe deliberar sobre la vida de otros, también lo hace mientras enfrenta su propio envejecimiento, el recuerdo de su pasado y la incertidumbre sobre su final.
El filme profundiza en el hecho de cómo una discusión política se convierte en una experiencia en la que la ley y la vida personal se cruzan.
“Mientras una persona tenga el deseo de vivir, debe vivir. Pero si ese deseo desaparece, entonces debería ser libre de dejarla ir”.
El realizador recuerda la declaración de una mujer enferma que había solicitado muchas veces el suicidio asistido y siempre le fue negado y que lo marcó profundamente.

“Dijo: ‘Nos niegan el derecho a morir porque creen que sólo queremos morir, pero no tienen idea de todos los esfuerzos que hemos hecho durante nuestra vida para intentar vivir’”, recuerda el también escritor de 55 años.
Critica a la era de la inmediatez
Sorrentino coloca a su protagonista en un punto en el que gobernar implica también mirarse a sí mismo, aceptar sus límites y reconocer que no hay decisiones que sean completamente racionales.
A partir de ese retrato, el director lanza una crítica directa a la forma en que hoy se observa a las figuras públicas, en una época marcada por la inmediatez, en la que las opiniones se construyen y se difunden en segundos, sin espacio para el matiz.
La película, dice el realizador, insiste mucho en que no debemos juzgar rápidamente y en que hay que dar un paso atrás frente al presente.

“Vivimos en un mundo en el que las personas juzgan muy rápido, y esos juicios casi siempre resultan falsos, superficiales o peligrosos. Dentro de lo posible, deberíamos limitarnos a observar, sin juzgar, porque todos tenemos nuestras propias razones para ser miserables”.
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