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Hace casi 200 años se compuso “La novena sinfonía” de Ludwig van Beethoven, considerada maravilla artística que ha unido a la humanidad pero cuya grandiosidad también ha eclipsado a muchos compositores y ha sido su maldición.
“Después de ‘La novena’ hubo claramente un temor de los compositores, porque cuando llegaban a escribir su sinfonía nueve sentían la carga de esta monumental partitura; varios sentían que no estaban a la altura, como Gustav Mahler, quien después de que compuso su octava sinfonía y estaba por llegar a la novena decidió escribir una gran sinfonía pero sin ponerle el número nueve y la llamó “Das lied von der erde” (Canción de la tierra) y de así escapó del karma de este número, ya después escribió su novena oficial”, dijo a EL UNIVERSAL Iván López Reynoso, director asociado de la Orquesta Filarmónica de la UNAM (OFUNAM) y director invitado de la Filarmónica de Oviedo.
La obra del alemán fue compuesta en 1824 y revolucionó la forma de hacer música; en un hecho sin precedentes, Beethoven incluyó coros, algo que no existía en una sinfonía; además, de acuerdo con Iván López, éstas solían durar alrededor de 20 minutos y “La novena” dura una hora aproximadamente.
“Esta sinfonía significa muchas cosas para la historia de las artes, no nada más para la historia de la música, porque hay una cierta ruptura del periodo clásico y abre el ingreso de nuevas técnicas”, comentó.
“La labor compositiva de él es que lo hacía a través de pequeños motivos formados de dos o tres notas, como una o dos figuras rítmicas, que repetía incesantemente en toda la obra, y en ‘La novena’ abordó un trabajo cromático en la armonía que no se había visto”, explicó Mario Monroy, director de la Orquesta Sinfónica Camareta Opus 11.
En cuestiones técnicas, Monroy aseguró que es una de las más complicadas de interpretar.
“Tiene solistas cantantes, un recitativo, muchos cambios de tiempo, es difícil por el equilibrio que debes lograr con la orquesta y el coro”.
Además es considerada por muchos una composición de gran espiritualidad que evoca un sentimiento de unión y paz, que tomó mayor fuerza con la “Oda a la alegría” escrita por el poeta alemán Friedrich Schiller, y que incluyó en su cuarto movimiento.
“‘Oda a la alegría’ exalta la libertad y los sentimientos sobre el racionalismo de la época y aunado a las formas musicales que propuso Beethoven. Integrar las voces humanas en el cuarto movimiento permitió que Beethoven invitara a la fraternidad universal”, expuso la mezzosoprano Cassandra Zoé Velasco.
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