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Hollywood.— Si esto fuera una película de Hollywood, iniciaría con una inquietante tranquilidad. Mientras en un lado del mundo los estadounidenses bombardean, junto con Israel, al que alguna vez fue la gran civilización persa (Irán), acá se finge que no pasa nada.
A unas horas de la ceremonia 98 del Oscar, todo parece impostado: casi nada de seguridad, sin vallas y hasta la señora que vende elotes, justo enfrente del gran letrero que dice OSCARS, jura que el ICE no le quita el sueño.

Ella prefiere que no la graben ni le tomen fotos. Justo frente a su puesto técnicos trabajan bajo 27 grados centígrados (89 Fahrenheit, dicen acá) por una alerta de calor extremo en California. Pero, con seguridad, eso no es lo que ha alejado a los turistas este año.
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En años anteriores, la caminata sobre el Hollywood Boulevard, donde se monta la alfombra, estaba llena de curiosos que pagaban por tomarse una foto. Este año es gratis y pocos, dentro de la reducida paleta de nacionalidades que hoy se ve, se animan.

“¿Qué estará pasando? ¿Hay un ente oculto que tiene a todos lobotomizados?”, diría un personaje secundario de un filme de por acá.
CALMA DE utilería
Hace unos días, reportes de prensa mencionaron que agencias como el FBI y el Departamento de Policía de Los Ángeles participarían en un dispositivo alrededor del teatro Dolby, donde se llevará a cabo la ceremonia.
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Supuestamente hay amenazas en la costa oeste de este país en medio del clima de tensión .
Nadie sabe de eso acá. Un cartel amarillo pegado en un poste, emitido por el Metro de Los Ángeles, es la única advertencia de que en unas horas cerrarán las calles aledañas.
Hace un año, en este mismo recorrido de EL UNIVERSAL, una de las fanáticas más visibles del Oscar ya notaba la baja afluencia. Se llama Vivianne Robinson y es difícil no reconocerla: se viste con sombreros llenos de pequeñas estatuillas doradas.

“Todo esto tiene nombre. Se llama Donald Trump”, decía entonces. Este año, Vivianne parece contagiada de la misma calma inquietante.
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A la misma pregunta (¿El ambiente político está afectando la presencia de gente alrededor del Oscar?) prefiere esta vez dar otra respuesta.
“Trato de no pensar en las cosas malas, sólo en las buenas películas que salen. Nos entretienen, nos hacen felices o tristes. A mí me hacen llorar”.
Eso sí, su favorita a Mejor película es Frankenstein, de Guillermo del Toro, de ahí que presuma una figura del mexicano. Suele atinarle.
EL Nuevo recuerdito
Además de la estatullila, acá hay recuerditos de superhéros y villanos.
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Uno, que nunca había estado, destaca al inicio de la alfombra roja: gorras de Donald Trump con la frase “Make America great again”.
Son 15 dólares por gorra, 30 por la clásica roja con blanco; lo más caro del lugar. Rostros de hule con el mandatario irrumpen entre transeúntes que se detienen a curiosear, sin comprar.

Su efecto está en las mercancías del Hollywood Blvd, y, más nítidamente, en todo lo que rodea a esta ceremonia a unas horas de iniciar.
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