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“Oh, ratón Miguelito, que cumples 100 años y sigues tan jovencito”, decía Alejandro Suárez, serio, vestido de gala, con capa, bombín y bastón, en “La oda al ratón Miguelito”, una de las declamaciones que hizo en el popular programa La carabina de Ambrosio.
Aquel número era parte de “La palabra canta”, sección que lo volvió uno de los rostros más recordados de la televisión de finales de los 70 y los años 80, y ayudó a convertirlo en referente del humor blanco.
Suárez no cumple 100 años, como aquel ratón Miguelito, pero hoy llega a los 85 con 65 años de carrera. Nada mal para alguien que, confiesa en entrevista, nunca quiso ser actor ni estar en el centro de atención.

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“De joven era tartamudo, tímido, y lo sigo siendo, aunque la gente no me cree y hasta me preguntan: ‘¿Entonces por qué sales en teatro?’, ‘pues porque ese es mi trabajo, señora’, pero en la vida real soy otra persona”, bromea sobre esa contradicción que lleva décadas explicando.
Antes de los foros y los teatros, de contar malos chistes y reírse de ellos como “El Simpatías”, o de hablar atropelladamente, inventar frases y soltar su célebre chiflido como “Vulgarcito”, Suárez fue un niño que salía de la escuela para meterse al cine.
Creció en la colonia Santa María la Ribera, en el entonces Distrito Federal, donde aquellas funciones le permitían abandonar por unas horas su timidez y convertirse en alguien más, formar parte de otra historia.

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“Salía del cine sintiéndome el protagonista, no el galán, pero sí el estelar, fuera bueno o malo. Yo nunca quise ser actor, solo veía tres películas por un peso”, recuerda.
Por eso, cuando habla de su carrera, la ve como un camino que no buscó y que atribuye enteramente a Dios.
“Creo mucho en Dios. Él me dio este don porque yo no quería ser artista. A mí Dios me dijo lo que iba yo a hacer en la vida, pero llegó la oportunidad, como le llegó a Hugo Sánchez la de ser futbolista, y pues yo solo la tomé”.
La magia de la risa
Hermano menor del también actor y comediante Héctor Suárez, comenzó su trayectoria en una televisión en blanco y negro, sin apuntador ni videotape. La fama no lo deslumbró, aunque sí lo sorprendió que la gente empezara a reconocerlo en la calle.

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“Yo creo que le iba bien al programa porque tomaba un taxi y luego no me cobraban, que porque me veían en la tele”, dice sonriendo.
A lo largo de su carrera hizo amigos en teatros, sets y foros. Hoy extraña a casi todos, pero asegura que todavía conversa con algunos de ellos desde su casa en Cuernavaca.
“Miro al cielo, les chiflo y les pregunto: ‘¿Qué pasó, cabrones, qué hacen? Está bien, no me contesten. ¡Héctor!, ¿ahora con quién carajos te estás enojando?’ Así hablo con mis amigos porque ya todos se me han muerto. Ya nada más quedamos Luis de Alba, Rafael Inclán y yo”.
Entre sus trabajos recuerda con especial cariño Ensalada de locos, aunque asegura que cada personaje ocupa un lugar propio.

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“Fue una cosa sensacional. Todas mis participaciones son consentidas porque mi trabajo lo hago con el alma. Yo salgo al escenario y me rompo el alma. Y de La carabina de Ambrosio, pues lo que más me gustaba era Gina Montes”, remata con una sonrisa.
Salto dramático
Aunque la comedia ha marcado su trayectoria, Suárez también encontró espacio para personajes más contenidos y ásperos. Bajo la dirección de Arturo Ripstein participó en Las razones del corazón, La calle de la amargura y El diablo entre las piernas.
“De la última, Ripstein dice que es la mejor película que ha hecho en su vida, pero pasó la pandemia y ya no fue a España, ya no fue a ningún lado”.

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En años recientes volvió a la televisión como invitado en Tal para cual y apareció en la cinta de Netflix ¿Encontró lo que buscaba?, además del cortometraje Jefecita.
Ahora interpreta a don Pedrito en Perfume de Gardenia, lo que le permite mantenerse cerca del público.
“La obra es como el teatro de revista de antaño. Es una comedia en la que la gente está dentro de un cabaret en 1947 y se da cuenta de lo que pasa detrás del show. Yo me siento bien trabajando ahí, me siento contento y feliz”.
Asegura que no tiene personajes pendientes. Serio, como aquel declamador que exaltaba al ratón Miguelito, dice que solo le falta una cosa.
“Nada más morirme. Y aunque suene chistoso, así es. Estoy contento con lo que he hecho y se lo agradezco a Dios”, afirma.
dft
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