Elisa Speckman Guerra
Agradezco la invitación a publicar un texto por la conmemoración de los 475 años de la Universidad, que me hizo Fundación UNAM, la cual, por 33 años, ha ofrecido becas para estudiantes y apoyado la investigación y la difusión en nuestra Máxima Casa de Estudios.
El 21 de septiembre de 1551, el rey de España firmó la cédula de creación de la Real Universidad de México; años después, una bula papal la convirtió en pontificia. Desde entonces, la institución educativa ha cambiado al ritmo de las transformaciones políticas, sociales y culturales de su entorno.
La Real y Pontificia Universidad de México sucumbió a la Independencia. El último virrey de la Nueva España la utilizó como cuartel y, lograda la separación política, siguió siendo un escenario de batalla, aunque ahora simbólico, entre liberales y conservadores. Los primeros, en su afán por secularizar la enseñanza, la clausuraron en 1833, creando en su lugar una Dirección General de Instrucción Pública. Si bien la Universidad volvió a abrirse, su existencia dependió de los vaivenes políticos y fue suprimida en 1865. En las siguientes décadas, la educación superior se impartió en distintas escuelas nacionales ubicadas al centro de la capital.
En 1910, la Universidad fue reinstalada. El centenario de la Independencia se festejó con la creación de instituciones, y el entonces ministro de Educación, Justo Sierra, encabezó el anhelo por fusionar las escuelas superiores en la Universidad Nacional de México.
Como es de suponerse, la Revolución trajo nuevos retos. El México posrevolucionario presenció un auge de la cultura y la educación, junto con un acento del presidencialismo y, para la Universidad, la etapa de lucha por su autonomía. En 1929 la Universidad Nacional se convirtió en Autónoma, pero sólo hasta 1945 consiguió la plena autonomía, pues además de administrar sus recursos, determinar su organización y planear políticas académicas, pudo designar a sus autoridades.
En 1954, la UNAM se trasladó a Ciudad Universitaria. Para entonces había construido los sólidos pilares que la sostienen; entre ellos, autonomía, laicidad y libertad de pensamiento, así como unidad en la pluralidad. Estos cimientos le permitieron responder a cambios tan vertiginosos como la descentralización del país, el aumento demográfico, la urbanización, una alta demanda de educación superior, la globalización y el desarrollo tecnológico.
Las transformaciones de la UNAM no fueron menores. Algunos procesos sirven como ejemplo: ampliación de la oferta educativa (en 1930 existían 15 facultades y escuelas; actualmente, 21 entidades ofrecen 134 programas de licenciatura); aumento de la población estudiantil (en 1924 la Universidad no tenía más de 10 mil alumnos, y en 2024 contaba con 374 mil, es decir, en un siglo su matrícula se multiplicó por 40); incremento del número de personas dedicadas de tiempo completo a la investigación y a la docencia, así como elevación de su nivel de formación; presencia creciente de mujeres (en 1965 las profesoras representaban 18% de la planta docente, medio siglo después ya eran 41%; mientras que las estudiantes pasaron de representar 20% del alumnado en 1935, a ser más que los estudiantes varones desde 2001); y expansión nacional e internacional (hoy en día, la Máxima Casa de Estudios tiene presencia en 32 entidades federativas y 13 sedes en tres continentes).
Los desafíos persisten y la UNAM deberá responder a nuevos contextos y retos. Su legado le permitirá seguir honrando el sentido de universalidad, con vocación a la docencia, investigación y difusión de la cultura, y con una amplia oferta educativa que no desprecia a las humanidades; seguir mostrando la relevancia de la educación pública y abierta a estudiantes de diversas regiones y sectores sociales, y concibiendo el saber como un bien social y una herramienta óptima para comprender y enfrentar los problemas nacionales; seguir preservando su autonomía, ejercida de manera responsable y transparente; seguir, como espejo de un país diverso, siendo plural y cultivando el respeto, la tolerancia y el diálogo; seguir entendiéndose como espacio privilegiado del pensamiento crítico, aprovechando la tecnología sin menoscabo de la ética, y defendiendo la democracia, la libertad, la igualdad y la dignidad.
Investigadora y directora del Instituto de Investigaciones Históricas
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