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Hubo un tiempo en que el césped de los estadios de futbol llevaba un ritmo circadiano razonable. Recibía sol por la mañana, lluvia cuando el cielo se dignaba, sombra por la tarde y, sobre todo, oscuridad por la noche. Como cualquier criatura multicelular compleja, descansaba. Pero el futbol moderno, que con tantos torneos encadenados ya casi ha abolido el reposo de los jugadores, ha conseguido ahora que tampoco el pasto tenga derecho al sueño.
En muchos estadios modernos, cuando se apagan los reflectores del partido, se encienden otras luces: lámparas especiales que bañan el campo con una claridad artificial, casi clínica, de tonos rojos y azules. El césped queda allí, acumulando biomasa bajo los focos, como un paciente en terapia intensiva. Los jardineros lo vigilan, los sensores lo miden, las máquinas lo alimentan.
El caso más espectacular es el del estadio Santiago Bernabéu, donde el césped, dividido en bandejas, es engullido por las noches hacia las entrañas de esa catedral del futbol. Pero tampoco allí descansa. En su mundo subterráneo recibe ventilación, riego, temperatura controlada e iluminación artificial. Es decir: ha bajado al sótano no para dormir, sino para seguir fotosintetizando en la oscuridad, violentando su ritmo circadiano.
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El paralelismo con los futbolistas es inevitable. Antes de una final, ellos tampoco duermen. Se revuelven en la cama pensando en penales, lesiones, contratos, cámaras lentas y memes. El delantero delira con el gol imposible; el portero, con el error que será repetido durante veinte años; el entrenador, con el cambio que debió hacer en el minuto 63. Mientras tanto, abajo, el césped también padece su propio insomnio: “¿Y si mañana me culpan del 0-0?”
Así, el futbol contemporáneo ha logrado una identificación inesperada entre la estrella millonaria y la humilde brizna de hierba. Ambos viven bajo intensa presión, bajo luces, bajo vigilancia técnica. Ambos deben ser perfectos ante millones de espectadores. Ambos son reemplazables si fallan. La diferencia es que el jugador, por lo menos, puede cerrar los ojos de vez en cuando.
El césped, en cambio, ya no conoce la noche. Es el nuevo profesional del deporte: iluminado, monitoreado, tratado con menjurjes y privado de sueño. Quizá por eso los estadios modernos se ven tan impecables: no porque el pasto viva mejor, sino porque ya aprendió, como los futbolistas, a rendir bajo los reflectores aunque le hayan quitado la oscuridad.
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