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Durante décadas el cine mexicano ha enseñado que ser hombre es sinónimo de fuerza. Charros, revolucionarios, campesinos, luchadores y mafiosos han encarnado distintas versiones de un mismo ideal masculino en el que reina la valentía, el arrojo y la virilidad sin manchas. Como dijo Carlos Monsiváis, “de ese Olimpo de recios varones se desprende el mito nacional del macho hasta las cachas”. También, el cine ha mostrado el costo de desafiar ese mandato, basta recordar el trágico destino de La Manuela en El lugar sin límites (1978) de Arturo Ripstein, asesinada a pedradas por Poncho Vega, un camionero que la frecuentaba a escondidas en el burdel del pueblo hasta que alcoholizado la besa en público y, en un arranque de rabia, la mata en defensa desesperada de su “masculinidad”. Su muerte es un castigo a la pluma y la fragilidad, antónimo de la hombría. La Manuela, sin embargo, es una más de una larga tradición de personajes homosexuales condenados a la clandestinidad, la burla o la tragedia. Como escribió Monsiváis, “hasta fechas recientes, la cultura popular mexicana reconoció una sola forma de homosexualidad: la del afeminado”.
Casi medio siglo después, dos películas queer que están siendo aplaudidas en festivales de cine internacional parecen confrontar esos estereotipos: En el camino (2025) de David Pablos, y Jaripeo (2026) de Efraín Mojica y Rebecca Zweig. Ambas historias se desarrollan en ambientes hipermasculinizados en los que coexiste un submundo de vulnerabilidad y deseo, territorios que el cine mexicano apenas comienza a explorar.
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David Pablos (Tijuana, 1983), uno de los cineastas más reconocidos de su generación, ha retratado en su filmografía las tensiones entre el deseo y las reglas sociales. Desde Las elegidas (2015), donde abordó la trata de personas y el mundo de la prostitución, hasta El baile de los 41 (2020), que retrata uno de los episodios fundacionales en la historia homosexual en México, sus personajes viven en esa búsqueda constante de sus propias formas de sentir y amar.
Su nueva película En el camino, –ya en cines– explora la vulnerabilidad masculina en el cerrado y machista mundo de los traileros en el norte de México. Muñeco, un hombre solitario que arrastra problemas de adicción y la lejanía con su familia, se encuentra con Veneno, un joven abiertamente gay que frecuenta las cachimbas –fondas o paraderos en medio de la carretera– para conocer a traileros que lo ayuden a alejarse de su pasado. Al principio reacio, Muñeco acepta subirlo a su cabina y la necesidad de compañía los hace irse conociendo. El trato inicial se transforma a medida que surge el deseo y los peligros de un entorno donde la masculinidad impera.
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En entrevista, Pablos cuenta que su interés era acercarse a contextos donde normalmente no se ve o no se piensa que exista la homosexualidad, “lugares con formas muy determinadas de interacción”. Por ejemplo, “los traileros si están pedos pueden meterse con quien sea y no importa, pero solo si están borrachos”. En los paraderos, añade, suceden cosas ilegales, hay sustancias, trabajo sexual y mucha soledad, “me llama la atención cómo la relación entre hombres está determinada por una construcción social e ideológica que dicta la manera tan tajante de sus relaciones y cómo, para poder expresar los afectos y el deseo, se tienen que nublar los sentidos”.
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—Muñeco es un personaje que habita el mundo machista, sigue sus códigos, pero al mismo tiempo desarrolla una relación de ternura y afecto. ¿Crees que encarna una nueva forma de masculinidad o simplemente son las contradicciones que van de la mano con la idea de ser hombre?
—Diría que las dos, en realidad. Lo que resulta entrañable de Muñeco es que convive con mucha soledad, él necesita ser escuchado, ser abrazado, ser querido y Veneno le ofrece eso y por eso se apega a él. No es un hombre que se considere a sí mismo como homosexual, pero se permite expresar más que un deseo, una necesidad de afecto.
—Pero están en un limbo, porque rebasan los límites de la amistad, pero tampoco forman una pareja como tal. Más bien son un romance que surgió de las dificultades de la vida.
—Son dos seres solitarios que se encuentran, acarician sus heridas y se ayudan en sus necesidades; eso los hace generar vínculos emocionales que para mí son los más profundos porque muestran la afectividad, pese a todas las barreras.
Sin pretenderlo, con sus dos últimas películas, David Pablos abarca un siglo en la representación gay en el cine mexicano, El Baile de los 41, estrenada en 2020, pero situada en 1901 –en el Porfiriato–, relata la célebre redada contra un grupo de hombres homosexuales que celebraban una fiesta clandestina en la capital del país, suceso considerado la salida del closet de la comunidad gay en México. Para el director, esta película muestra cómo la comunidad ha ido construyendo su identidad desde la clandestinidad; asegura que “entender este pasado arroja muchas respuestas sobre los códigos entre los hombres del presente y el origen de ese rechazo a la heteronorma”.
—Cuando hablas de la clandestinidad en el Porfiriato, pienso que hasta ahora siguen habiendo lugares en las provincias y pueblos de México donde esa es la norma. Para ejemplo, En el camino.
—Cada película toca puntos distintos, pero es cierto que haciendo un comparativo entre las dos tramas, aunque haya pasado un siglo hay muchas cosas en el ambiente gay que siguen presentes. Evidentemente también ha habido cambios, aunque ojo: los cambios nunca son en línea recta, son siempre con ascensos y descensos; en este mundo de los traileros en Ciudad Juárez hay muchas cosas que no han cambiado, practicamente se ignora la homosexualidad y existe, pero de la misma forma que hace un siglo, en lo clandestino.
—¿Qué crees que deba cambiar para que dentro de cincuenta años, los cineasta no se encuentren con que siguen contando la misma historia de clandestinidad queer?
—No sé si esperaría que cambien los discursos, pero sí que vayan ahondando más en la diversidad. Creo que cada vez las películas LGBT+ son más específicas, y están yendo de lo general a lo particular, aunque todavía hay muchas experiencias que no han sido contadas. Me gustaría que eso cambiara, que todas estas singularidades fueran cada vez más externadas y expresadas, porque el solo hecho de representar desde dentro hace una diferencia.
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Precisamente, otra de esas experiencias queer que rara vez aparecen representadas en pantalla se encuentra en Jaripeo, el primer largometraje del artista visual Efraín Mojica y la poeta Rebecca Zweig, que tras un buen recibimiento en el Festival de Cine de Sundance y en la Berlinale, espera llegar a festivales mexicanos a finales de este año.
Ambientado en el poblado rural de Penjamillo, Michoacán, donde no hay figura más masculina que la del vaquero aferrado a la grupa de un toro embravecido, el documental nos presenta una celebración que cada diciembre reúne a las familias con los migrantes que regresan de Estados Unidos para asistir al jaripeo. Entre montas, banda, alcohol y cohetes, conocemos la historia de Noé y Joseph, dos jóvenes queer que habitan el mundo del rodeo y que, lejos de renunciar a sus raíces, buscan apropiarse de la tradición sin ocultar quienes son.
En entrevista, los directores cuentan que “el estereotipo del hombre hipermasculino sigue estando en el documental, porque de lo que se trata es del sentido de pertenencia. Ellos son parte del pueblo, no quieren romper con él, quieren integrarlo con su identidad”. Joseph, por ejemplo, sigue usando botas de piel y sombrero pero les ha agregado lentejuelas y los combina con sus uñas de acrílico, proclamándose “una diva del jaripeo”.
La realización y rodaje de este documental tomó a Mojica y Zweig cuatro años, tiempo suficiente para lograr la confianza de los protagonistas. Cuentan que volvieron año tras año al pueblo para grabar y, poco a poco, lograron el apoyo de la comunidad, donde aún sobreviven valores importantes como el compadrazgo, la familia y las raíces. Ese vínculo de confianza fue recíproco, pues los cineastas aseguran que los protagonistas vieron la película antes de estrenarla, para asegurarse que estaban de acuerdo sobre cómo estaban siendo retratados. El material, dicen, les encantó. “Además, las personas del pueblo están emocionadas de que nuestro ranchito en medio de la nada esté siendo posicionado en festivales internacionales”.
—Efraín, tú eres de Penjamillo, ¿cómo fue para ti ver tu tierra con esta mirada queer?
—Fue redescubrir el jaripeo, porque de niño era sinónimo de ir a apartarle el lugar a mis papás y me valía lo que pasaba allí. En la prepa comencé a quedarme al desmadre con mis amigos, pero me mudé a Seattle. Ahora que volví fue que empecé a vivir esta subcultura, que está presente todo el tiempo, es casi como el cruising, porque te tienes que ir a orinar al otro lado del corral y ahí aprovechar para ir a dar unas vueltas.
—¿Y te lo imaginabas?
—Fue como un ¡ajá!, con que esto es lo que decían en la secundaria de que “encontraron a tal y tal en el corral de los caballos”, pero hasta que me tocó a mí vivirlo fue que me di cuenta. Es un lenguaje muy discreto, jugamos y coqueteamos a la sombra del machismo.
—Para ti, Rebecca, ¿cómo fue esta inmersión en un mundo totalmente nuevo?
—Efraín y yo llevábamos mucho tiempo siendo amigos, en 2018 me invitó a pasar Navidad con su familia, yo incluso no hablaba español pero me fascinó este performance que montan entorno a la hombría de los jinetes, porque de pronto conocí a chicos queer que no encajaban con el arquetipo masculino que proyectaban. Me pareció algo muy tierno y complejo.
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Pregunto a los tres cineastas si están de acuerdo con que el estereotipo de masculinidad va de la mano con soledad y violencia. Mojica piensa que, a pesar de todo el trabajo que se ha realizado, “sigue habiendo esa tradicionalidad en las familias que desde que tienes cinco años ya te empiezan a decir ‘¿y la novia, mijo?’”. Zweig dice que “las historias queer suponen siempre un reencuentro, porque para poder existir tiene que haber un rompimiento con sus raíces”. Pablos opina que “los sentimientos entre los hombres han sido prohibidos y castigados. Durante muchos años se nos ha dicho cómo debe ser un hombre y esas vulnerabilidades que se reprimen terminan por expresarse a partir de la violencia”.
Esto dialoga con lo que propone la antropóloga Rita Segato, que “el mandato de masculinidad es opresivo incluso para los propios hombres”, pues los obliga a demostrar permanentemente su potencial físico, económico y sexual, que supone una carga devastadora. Jaripeo y En el camino dan cuenta de ello. Cercanas en temporalidad y geografía, el dilema que presentan no es el ser homosexual, sino la integración de esa identidad en un entorno cerrado y masculinizado que les prohíbe cualquier expresión asociada a la feminidad.
Aunque nunca es fácil transgredir las prohibiciones del mito y la costumbre, estas cintas son ejemplo de una nueva mirada que nos muestra un entorno queer y heteronormado en el que vivir bajo los propios preceptos es posible, aunque el precio parezca ser aún muy alto.
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