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De no ser por los enormes aros que adornan a su impresionante bahía, la moderna capital japonesa luciría como una ciudad más de las muchas que batallan para vencer a la pandemia de Covid-19 .
Porque, a menos de una semana para que arranquen los Juegos de la XXXII Olimpiada , en Tokio no existe ambiente festivo por la realización del evento deportivo más grande del planeta. Lo que hay es zozobra por el alarmante aumento de casos positivos de coronavirus (más de mil por día) y molestia por la llegada de muchos extranjeros (deportistas, staff y periodistas), quienes podrían representar un riesgo de contagio.
Es por eso que la festividad fue guardada en el baúl del olvido. No hay qué celebrar. Priva el temor.
El cubrebocas y el gel antibacterial son artículos de primera necesidad para los japoneses, para quienes no es motivante ser anfitriones de los Juegos Olímpicos .
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El aeropuerto de Narita , el más importante de Tokio (también está Haneda) luce desierto. Las fronteras del país están prácticamente cerradas, a excepción de quien viene de tránsito a algún otro destino de Asia, los residentes y el personal acreditado para el magno evento.
Tokio
recibirá sus segundos Juegos , 57 años después, pero a su gente no le interesa. Sus corazones están afligidos por ese letal monstruo.
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