Durante décadas, el silencio de las casas marcó el inicio del llamado síndrome del nido vacío. Hoy, en muchos hogares, ocurre lo contrario, los cuartos siguen ocupados, las rutinas se cruzan y la independencia se aplaza.

Este social tiene nombre propio: , una realidad que se repite cada vez con más frecuencia y que transforma la vida familiar, pues el término describe la permanencia de hijos adultos en el hogar de sus padres o su regreso tras haber vivido de forma independiente.

No se trata solo de compartir un techo, sino de una convivencia prolongada entre adultos que reabre tensiones, redefine roles y genera sentimientos encontrados. Padres que esperaban una etapa de tranquilidad y proyectos propios ven cómo esa transición se posterga sin fecha clara.

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Síndrome del nido lleno. Foto: Pexels
Síndrome del nido lleno. Foto: Pexels

Cuando irse de casa deja de ser una opción

El primer factor suele ser económico. En varios países europeos, los datos muestran una brecha clara entre salarios y precios de alquiler, una situación que dificulta la independización incluso para quienes tienen empleo. Estas cifras reflejan que el acceso a la vivienda se ha vuelto un obstáculo estructural para los jóvenes.

A esto se suma la inestabilidad laboral y la fragilidad de los vínculos afectivos. Según el psicólogo Fernando Pérez Río, la falta de certezas en las relaciones de pareja también frena la salida del hogar familiar. “Si un joven tuviera la certeza de que su relación es estable y duradera, se emanciparía con su pareja y buscarían el modo de salir adelante”, explica.

Sin embargo, no todas las situaciones son iguales. Especialistas diferencian entre quienes desean irse de casa pero no pueden hacerlo y quienes se quedan por comodidad, inseguridad o una autonomía emocional poco desarrollada. En estos últimos casos, la ayuda familiar puede convertirse, sin quererlo, en un ancla que prolonga la dependencia.

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Síndrome del nido lleno. Foto: Pexels
Síndrome del nido lleno. Foto: Pexels

Padres que no logran cerrar el ciclo

Para los padres, el nido lleno suele vivirse con ambivalencia. Por un lado, el alivio de tener cerca a los hijos; por otro, la frustración de no poder iniciar una etapa distinta de la vida. La psicóloga Nuria Urbano señala que muchos sienten que su propio proyecto vital queda en pausa, atrapado entre el deber y el deseo de recuperar su independencia.

La convivencia entre adultos también modifica las dinámicas de poder. Hijos con más energía, horarios distintos y mayor autonomía personal comparten espacios con padres que ya habían reorganizado su rutina. Este choque cotidiano puede derivar en conflictos, silencios prolongados o culpas que nadie se atreve a verbalizar.

Cuando el regreso se produce tras una ruptura sentimental, un divorcio o un fracaso económico, el impacto emocional es mayor. Volver a casa suele vivirse como un retroceso. La psicóloga Irene Santiago advierte que muchos hijos experimentan la vuelta como un fracaso personal, mientras los padres deben adaptarse a una situación que no eligieron.

Adultos mayores. Fuente: Freepik
Adultos mayores. Fuente: Freepik

Convivir sin retroceder

Los efectos psicológicos del nido lleno alcanzan a ambas partes. Según el psicólogo Antonio Mundo, los hijos pueden experimentar bloqueo, ansiedad y baja autoestima, mientras los padres sienten desgaste emocional y la sensación de que el rol de cuidadores nunca termina.

Otro riesgo es la llamada infantilización silenciosa, donde adultos que, pese a su formación o experiencia, delegan responsabilidades básicas en sus padres. Para la psicóloga Francina Bou, prolongar esta dinámica afecta la construcción de la identidad y la autoestima, al retrasar la necesidad de un espacio propio.

Los expertos coinciden en que la salida no pasa por expulsar a nadie, sino por redefinir la relación. Establecer acuerdos claros sobre responsabilidades, economía y normas de convivencia, y asumir que se trata de una etapa temporal, puede reducir tensiones. “Poner límites no es rechazar; es facilitar que el otro crezca”, resume Urbano.

En un contexto de alquileres altos, trabajos inestables y relaciones frágiles, la independencia ya no es un trayecto lineal. A veces es un camino de ida y vuelta. Y aunque las llaves de casa pesen distinto a los 20 que a los 40, el desafío está en convivir sin renunciar al crecimiento personal de cada miembro de la familia.

No se trata solo de compartir un techo, sino de una convivencia prolongada entre adultos. Foto: Freepik
No se trata solo de compartir un techo, sino de una convivencia prolongada entre adultos. Foto: Freepik

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