No exageran quienes afirman que el discurso que el Primer Ministro canadiense pronunció en Davos pasará a la historia. Lo hará por su dosis de realismo, pero no por la solidez de su prescripción. La ciencia económica y el multilateralismo refutan el argumento, a pesar de su retórica envalentonada.
El diagnóstico de Carney es incontrovertible. La interdependencia económica global está siendo usada como arma de coerción. Los aranceles y las cadenas de suministro se han convertido en vectores de presión política.
El problema está en la propuesta “realismo basado en valores”, sugerida por el canadiense frente a los excesos de su vecino del sur. Propone reforzar la autonomía nacional canadiense en sectores críticos y construir coaliciones flexibles que permitan reducir vulnerabilidades sin depender de instituciones multilaterales tradicionales.
Comencemos con las contradicciones internas. Carney advierte que un mundo de economías amuralladas será más pobre, más frágil y menos sostenible, pero propone construir exactamente eso. Al sugerir para Canadá autonomías energéticas, en minerales raros o alimentaria, no está sino proponiendo edificar muros. Si el aislamiento empobrece, ¿por qué proponer un proteccionismo maquillado de estrategia?
La idea del “realismo basado en valores” cae por su propio peso. Kenneth Waltz es, quizás, el internacionalista que más ha bordado sobre el realismo. Él demostró que, en un sistema internacional sin autoridad supraestatal, la distribución de capacidades materiales determina el comportamiento más que las intenciones. 75% del comercio canadiense depende de EU. Es evidente que la “autonomía estratégica” no es una opción que Canadá pueda “elegir”. El poder canadiense siempre ha sido derivado —de coaliciones, reputación como mediador, participación en instituciones multilaterales. Al abandonar esto, Carney reduce el poder de su país, no lo aumenta.
Pero es la teoría de la elección racional la que mejor explica las inconsistencias del celebrado discurso. Desde David Ricardo sabemos que el aislacionismo es suma-cero mientras que el comercio internacional es suma-positiva, ¿por qué insistir en imponer barreras?
Cuando todos los países cooperan mediante multilateralismo, se maximizan las ganancias mundiales. Pero si hay incertidumbre sobre lo que harán otros, cada nación irá eligiendo aislarse, lo que —aun cuando pareciera racional— termina por disminuir los beneficios globales. Al declarar muerto al multilateralismo, Carney desconoce el punto focal que coordinaba las expectativas y termina por provocar el resultado que teme: todos los países atrapados en un equilibrio que es peor que el del intercambio universal.
Es cierto que la OMC, el FMI y la ONU enfrentan crisis, pero declarar su muerte es una profecía autocumplida. Estas instituciones conservan capacidades que ningún acuerdo bilateral puede replicar: mecanismos de resolución de disputas, sistemas de monitoreo. Sustituirlas con acuerdos bilaterales garantiza el caos.
Y, por supuesto, es criticable la contradicción de los instrumentos bilaterales enumerados por el Primer Ministro canadiense. Será difícil que sean perdurables acuerdos con la Unión Europea, China y Qatar. Los estándares que unos demandan, otros los rechazan. Los principios que unos defienden, otros los violan. El “realismo basado en valores” se revela como puro transaccionalismo.
Si Carney quiere ser el pragmático eficaz que prometió, debe reconocer que Canadá no será más seguro siendo más pobre, que la autonomía proclamada es estructuralmente imposible y que el comercio sigue siendo suma-positiva incluso cuando EU decida no participar. La respuesta al debilitamiento institucional no es el abandono sino su reforma. La historia ha demostrado que, en un mundo interdependiente, o nos protegemos juntos o fracasamos separados.

