Hay personas que sostienen lo que nadie quiere sostener. No porque sea justo ni porque les corresponda, sino porque si dejan de hacerlo, algo se desarma. La estabilidad que otros habitan no siempre existe por solidez, sino porque alguien la está cargando sin decirlo.

Ese sostén no se nota mientras funciona. No se agradece, no se nombra, no se vuelve historia. No produce reconocimiento ni prestigio. No sirve para explicarse ante nadie. Opera en silencio y, por eso mismo, mantiene en pie más de lo que se reconoce. No se hace para ser visto, sino para que algo no colapse.

Quien sostiene sin testigos no lo hace por nobleza ni por sacrificio consciente. Lo hace porque la alternativa es el desorden: una relación que se rompe, una familia que se fragmenta, un proyecto que deja de avanzar. No hay relato ni discurso. Hay continuidad sostenida. Y en un mundo que solo reconoce lo visible, eso no cuenta.

Esta forma de responsabilidad no busca reconocimiento porque el reconocimiento la pervierte. Cuando el sostén se convierte en gesto moral, aparece la factura: gratitud esperada, reciprocidad exigida, compensación simbólica. Aquí no. Aquí la acción se mide por lo que evita que se caiga, no por lo que produce hacia afuera. No conquista nada. Contiene. Funciona.

Sostener sin testigos implica aceptar una verdad incómoda: ser necesario sin ocupar el centro. Estar en la base sin dirigir la escena. Permitir que otros decidan, fallen o brillen mientras alguien mantiene la estructura para que eso sea posible. No por bondad ingenua, sino por claridad práctica: alguien tiene que hacerlo. Y casi nunca será quien pueda contarlo después.

Este sostén no romantiza el desgaste. No glorifica el cansancio ni convierte el aguante en identidad. Lo reconoce como costo. Un costo real que rara vez se nombra porque no encaja en los lenguajes disponibles. No es victimismo ni mérito: es una responsabilidad asumida sin coartada. Y por eso suele leerse como comodidad, como pasividad o como falta de ambición. Error frecuente: confundir silencio con ausencia.

Muchas cosas siguen en pie gracias a decisiones que nadie vio. Ajustes internos, renuncias discretas, contenciones constantes. Esa es la arquitectura invisible de lo social: no lo que se celebra, sino lo que se sostiene cuando nadie está mirando. Y cuando esa arquitectura falla, el colapso se explica con abstracciones, nunca con la ausencia de quienes cargaban sin ser nombrados.

Pero sostener sin testigos no es virtud eterna ni destino obligatorio. Tiene un límite. Cuando el sostén reemplaza de forma permanente la responsabilidad ajena, deja de ser responsabilidad y se vuelve desgaste estructural. No todo lo que se puede sostener debe sostenerse. A veces, retirar el apoyo no es abandono: es la única forma de que la fragilidad salga a la superficie.

El problema no es que esta forma de responsabilidad sea invisible. El problema es que se la explota como si no tuviera fin. Como si siempre hubiera alguien dispuesto a cargar para que otros no tengan que hacerlo. No es así. Y cuando ese sostén se retira, no deja vacío: deja evidencia. Evidencia de que lo que parecía sólido dependía de alguien que cargaba más de lo que le correspondía.

Sostener sin testigos no ennoblece ni degrada. Define. Define el tipo de responsabilidad que se ejerce cuando no hay escenario. Y deja una pregunta incómoda: ¿qué de lo que hoy sigue en pie se sostiene solo, y qué sigue ahí porque alguien —quizá tú— ha estado cargando en silencio lo que otros evitaron asumir?

Facebook: Yheraldo Martínez

Instagram: yheraldo

X: @yheraldo33

Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Comentarios